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140 caracteres

Alrededor del minuto veintitrés del video incluido a continuación (tiene opción de subtítulos en español), Clay Shirky plantea que las tecnologías suelen volverse “interesantes socialmente”, sólo cuando se tornan “aburridas tecnológicamente”. Es decir, sólo cuando deja de ser un chiche y queda la herramienta, aparece su uso “real” por parte de la gente.

Como Shirky, tomemos a Twitter, que ahora está tan de moda por estas partes. Es muy probable que su integración a celulares y su similitud de uso con los mensajes sms esté algo ligada a su popularidad, porque lo hace más maleable que Facebook, por ejemplo.

La integración a celulares es clave. Hace unos años, había una publi donde un flaco caminaba como estúpido, mirando sólo la pantalla de su celular mientras escribía y recibía continuamente mensajes. “Estar conectado a toda hora, en cualquier lugar”. Ahora, como vivimos en una era de exposición masiva y pública de cualquier estupidez que se nos ocurra, siempre y cuando sea breve e impactante, es más atractivo aun cuando hay muchas gentes siguiendo ese minievento.

Twitter ha quedado ligado, con el correr del tiempo, a dos usos principales. Tiene más, pero estos dos son los más populares y, sobre todo, los de mayor ingerencia e impacto. La influencia de una tecnología la vemos cuando incide sobre nuestra vida cotidiana y, entonces, está el uso de Twitter en función de las noticias y su uso más cercano al “reality” de personajes tanto de la farándula como de la política.

Por Twitter se puede enviar sólo lo esencial, pero su integración a celulares permite al usuario una suerte de ubicuidad. Si hay una noticia, puede reportarla al instante. La herramienta es simple, rápida, básica; la velocidad es lo importante. Es un poco la misma lógica que en buscadores encontró Google hace ya varios años. En países como China, con un aparato de censura históricamente muy eficaz, el twiteo consiguió hacer escapar, como menciona Shirky, noticias que antes no llegaban.

También está la noción de “fuente”. El que twitea una noticia suele instituirse como fuente, sin mediaciones. Cuando la semana pasada un edificio se derrumbó en Villa Urquiza, miembros del gabinete de Mauricio Macri twitearon apenas llegados al sitio de la tragedia. Y este es un punto de bisagra que conecta los dos usos de Twitter, porque se buscaba transmitir información – un fin que terminó ocupando un segundísimo plano – y afirmar “estamos aquí, en el lugar, estamos presentes y ponemos el cuerpo”.

El otro uso popular de Twitter es el de “seguir personalidades”. Se busca lo “real”, lo “vivo”, el “detrás de cámara” donde los tipos se sacan el cassette. Cada movimiento, cada acción, cada pensamiento, es transmitido de manera sintética. En el caso particular de los políticos es más interesante aún, porque aparece aquello que no puede ser dicho delante de las cámaras pero que, sin embargo, es dicho en otro medio igualmente masivo donde, es más, se busca generar reacción en los usuarios. Es necesario ser breve, veloz y potente. Compramos esas microficciones (porque no dejan de estar muy teñidas de lo ficcional) y las disputas entre ellas y se las vive de manera tan apasionada como cuando se toma la puesta en escena grotesca de “Bailando por un sueño” como verdad.

Lo que pocos tienen en cuenta es que las interfaces producen también prácticas. Así como aprendimos a buscar en Google, lo que implica un aprendizaje de cómo utilizar el lenguaje de otra manera, ajustar el pensamiento al twiteo, significa ajustarnos a 140 caracteres que apuntan a generar impacto para producir una reacción – no hay que olvidarse que todas las herramientas de redes sociales están pensadas en función de acciones y reacciones; si nuestras acciones no generan reacciones, se tiende a percibirlas en mayor o menor medida como un fracaso -. Toda cuestión elaborada se deshecha por lenta y, sencillamente, porque no entra.

Supongo que vivimos una época donde predomina fuertemente el uso de una herramienta por encima de la reflexión sobre ella y sobre si realmente tenemos ganas de utilizar esa herramienta. Al apoyarnos tanto en el vértigo solemos perder de vista esto.

Si la imagen de nuestra política nacional es un grupo de tipitos caminando sin dejar de mirar la pantalla y pensando en función de una frase de 140 caracteres que provoque una respuesta, estamos fritos.

Para contactar a Diego Braude, clickear aquí

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