Arte
y Tecnología / Fotografía / Cultura Digital - Análisis
y Opinión

Marcus Hansson: Polvo en el viento
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
Lugar: http://www.marcushansson.com/index2.html#photoalbum
Desde sus inicios, la fotografía produce
fascinación por su capacidad de registro. Durante miles de
años, la imagen había atravesado el filtro estrictamente
humano del arte pictórico. Si bien la relación con
la realidad (realismo vs idealismo, por ejemplo) estaba presente,
y en Grecia o China se alababa a aquellos artistas que lograban
tal ilusión de verismo que era posible confundir la obra
con un fragmento del mundo. Así está la anécdota
de un gran artista griego que, habiendo pintado una fuente con tan
grande exactitud que las aves la confundieron con una fuente real
y se estrellaron contra la pared. O también está el
cuento del artista chino que inundó un palacio cuando un
monarca le pidió que le demostrara su habilidad pintando
un río de verdad.
La fotografía distanció la mano
de la obra, al menos en apariencia, haciéndola pasar por
un dispositivo mecánico, inhumano. Pese a poseer un “autor”,
la imagen parecía provenir de la nada, extraída literalmente
de la realidad (tal es así que en algunas culturas al día
de hoy la fotografía tiene connotaciones negativas y prefieren
no ser fotografiados por miedo a que un fragmento quede atrapado
por siempre en el papel). Pero, además, dicha sensación
de despersonalización (hasta cierto punto falsa, por otro
lado), era (y sigue siéndolo) absolutamente coherente con
un modelo de mundo cada vez más tecnificado. El fordismo
y su masificación extrema de la producción habrían
de marcar el sello que identifica gran parte de la filosofía
intrínseca del siglo XX. Al sistema de autor del arte se
le opone, necesariamente, el del extremo anonimato de la cultura
hipermasiva. Al día de hoy, seguimos en un conflicto producto
de una de las tantas contradicciones del sistema: por un lado, vivimos
entre la masa (necesaria para la supervivencia del modelo actual),
pero por otro se nos estimula para superarla, porque la masa está
plagada de connotaciones negativas – quien no lo intente,
es un mediocre, quien no lo logre, un fracasado promedio.
Somos seres que desde épocas antiquísimas
consumimos imágenes. Todo grupo humano parecería encontrarse
siempre ante una necesidad de generar un imaginario concreto y de
poblarlo que habrá de tener una función identitaria
para ese grupo, y que incluso habrá de interactuar con el
individuo. Nos explicamos a través de nuestros relatos, de
nuestras imágenes. Si desaparecen los relatos, si desaparecen
las imágenes, desaparecemos, nos perdemos. Nuestra mitología
es parte de nuestro cuerpo. Ahora bien, la cultura de masas produce
un doble efecto, constructivo y destructivo (o “reconstructivo”).
Nos provee quizás con la mayor enciclopedia icónica
desde el auge del arte cristiano, y, al mismo tiempo, juega siempre
al borde de disolvernos en esa gran lava cultural.
Las tecnologías actuales, como
señalamos en una nota anterior, permiten el acceso a
la imagen de un número cada vez mayor de individuos. La web
se puebla de microtestimonios así como de obras. Pero ante
el entusiasmo por el efecto democrático, también está
la posibilidad de sentir que el mundo como está produce una
disolución del individuo. También puede ser que, a
pesar de la desesperación por el registro, este sea por esencia
frágil; una foto mal sacada borra un momento, una persona.
Nos obsesionamos con el registro de nuestras acciones y de nuestras
fantasías, corriendo en definitiva siempre contra las arenas
del tiempo y del olvido.
Para Marcus Hansson esto puede plasmarse en
forma de obra. La paradoja actual permite que podamos ver la obra
en Internet de un artista que trabaja primordialmente desde la instalación
fotográfica. Un formato que implica necesariamente la fisicalidad
de la obra, se traspasa a la virtualidad. Lo positivo, en todo caso,
es que podemos acceder a… bueno, no a la obra en sí
(posible únicamente estando presente), pero sí a…
versión virtual no es el término exacto. El traspaso
de un formato a otro implica que la obra se transforma y se convierte
en una nueva, hasta cierto punto resignificándose. Lo cierto
es que, de las opciones colgadas en su sitio, una serie de albums
de fotos polaroid y otra de autorretratos plasman de forma bastante
concreta la visión de Hansson.
El álbum de fotos es uno de tres exhibidos,
que en total suman 640 imágenes. Hansson hace uso de la ya
de por sí textura ambigua de la foto polaroid, poblando el
álbum con tomas sacadas de la televisión, y que incluyen
series policiales, documentales, películas porno varias,
etc. Descontextualizadas y con abundancia de retratos, conforman
un mundo. Anotaciones con nombres y fechas en el margen inferior,
como si pertenecieran a un diario personal, las hacen propias. El
espectador desprevenido tranquilamente puede confundirlas con un
álbum real de una persona, y no un tejido de ficciones. Es
que, además, se produce una doble reproducción. Si
es televisión, la mayoría de los protagonistas son
entonces actores jugando un rol. Ante la cámara de Hansson,
pasan involuntariamente a jugar otro, y quedan ya dos veces alejados
de su original. No son la historia del fotógrafo, pero tampoco
la propia… como un cadáver exquisito, se convierten
en otro relato nuevo. Desprendido de toda individualidad, sólo
queda ese relato.
La
serie de autorretratos, por su parte, es el ejemplo que mencionaba
hace unos párrafos. La potencia del flash y la cercanía
de la cámara borran permanentemente las facciones reconocibles
del protagonista. En una serie de autorretratos, el retratado está,
pero sólo como una huella lejana. El epígrafe ubica
cronología y geografía de cada toma y, sin embargo,
no hay registro en el tiempo de esa presencia individual. Sólo
queda la silueta de alguien. La gracia del autorretrato es el “yo
estuve aquí”, pero ¿qué ocurre cuando
el registro es incompleto o resulta fallado? El “yo”
se pierde, se disuelve…
Las obras de Hansson, entonces, se convierten
en una pequeña paradoja. Su mitología fotográfica,
que posee una marca autoral, se apoya precisamente en una especie
de desesperanzada despersonalización. Los relatos de la cultura
de masas nos atraviesan, nos escriben e inscriben, hasta convertirse
por momentos incluso en parte de nuestra vida, como las vivencias
físicas (los medios, el “new media” – la
televisión, los celulares, la computadora -, tienen cada
vez más un lugar dentro de todo hogar), nos permiten también
multiplicarnos y multiplicar las formas de registro de nuestros
pasos. La fotografía, desde siempre identificada primordialmente
con esa capacidad de “almacenar” la realidad, archiva
en este caso la fragmentación de los cuerpos, el borramiento
del relato personal.
La obra de Marcus Hansson, que ve de algún
modo el vacío como fondo, parece recordar de algún
modo al tema de Bob Dylan, “Dust in the wind”:
“Cierro los ojos, sólo
por un momento, y el momento se ha ido”
www.imaginacionatrapada.com.ar
15/9/2006 |