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Amadeus - Milos Forman

"Amadeus": La narración musical en el film de Milos Forman

por Carolina Sol Miori csmiori@imaginacionatrapada.com.ar

(EEUU, 1984) Dirección: Milos Forman.Elenco: F. Murray Abraham (Antonio Salieri), Tom Hulce (Wolfgang Amadeus Mozart), Elizabeth Berridge (Constanze Mozart), Simon Callow (Emanuel Schikaneder), Roy Dotrice (Leopold Mozart), Christine Ebersole (Caterina Cavalieri), Jeffrey Jones (Emperador José II), Charles Kay (Conde Orsini-Rosenberg), Kenneth McMillan (Michael Schlumberg). Guión: Peter Shaffer. Producción: Saul Zaentz. Música: Wolfgang Amadeus Mozart.Interpretada por Neville Marriner, dirigiendo a la orquesta británica The Academy of St. Martin in the Fields. Fotografía: Miroslav Ondricek.Montaje original: Nena Danevic y Michael Chandler. Diseño de producción: Patrizia von Brandenstein. Dirección artística: Karel Cerny. Vestuario: Theodor Pistek. Decorados: Josef Svoboda. Coreografía: Twyla Tharp. Duración original: 158 min.

El film, regido por la naturaleza mozartiana, derrama música como así también lo hace el recuerdo de un afiebrado Salieri  prendado por aquella. Con una pantalla  negra, el relato comienza con un arrebato furioso por  un  sonido enérgico, penetrante y  urgente, es el primer acorde de “Don Giovanni”. Le continúa la imagen de una calle, en una noche donde la nieve cae persistentemente y un carruaje negro está estacionado.  Escuchamos un grito masculino: “¡ Mozart”! y  por corte directo un farol  abre  la oscuridad de la intersección de otras dos  calles, y esta nueva imagen recibe a otro acorde pariente de aquel primero, pero  apenas una cuarta  nota más grave, otro carruaje cruza la calle, una pareja con un perro camina apurada y mientras escuchamos otra vez en off “¡Mozart!,  ¡perdona a tu asesino!, ¡confieso te he matado! Perdóname!” dos sirvientes suben las escaleras en el  interior de un palacio  hacia una recámara  para llevarle la cena al dueño de la voz. La puerta de la habitación está cerrada mientras se escucha el lamento que no termina y cuando los sirvientes ya cansados de  pedir que el señor Salieri les abra, escuchan un grito, un golpe de teclas de un piano, una caída y cuando no pueden abrir la puerta cerrada con llave, uno de ellos la  empuja y la abre.  Otro punzante sonido, pero esta vez de las cuerdas que dan comienzo a la “Sinfonía nº 25” de Mozart,  inunda la imagen del viejo, que en su culpa se cortó el cuello del cual  brota  sangre y todavía sentado en el piso, mirando a la cámara, vencido, se deja caer de espaldas al  suelo. Salieri es llevado raudamente en camilla por la calle al tempo de la música sinfónica y cuando pasa por un salón de baile la gente danza la misma  melodía que  escuchamos y que también él escucha.

Los   créditos ocupan las imágenes y  la presentación del film concluye con la llegada un hospital y  la imagen del frente que pasa de la noche al día junto con las  últimas notas de la repetición del primer tema de la sinfonía.

Un sacerdote se  dirige hacia el edificio y  cuando entra, vemos que es un manicomio, plagado de enfermos mentales, y persignándose se aparta a una celda donde se encuentra Salieri, abstraído tocando una delicada melodía  en el piano. El cura se acerca, se sienta y cuando el anciano lo ve, deja inconcluso lo que venía ejecutando. En el diálogo que inician,  el cura al no reconocer a Salieri como un músico importante, el viejo toca en el piano forte una antigua melodía popular suya para ver si su confesor la recuerda, como esto no sucede, empieza a tocar otra que continúa con una voz soprano en off, en el recuerdo auditivo del compositor, quién ha dado la orden- a modo de director de orquesta- para que la voz empiece a cantar y  sigue dirigiendo en su mente y con  su cuerpo la música que se escucha. Este deíctico da paso a un flash back en el cual vemos a la dueña de la voz, una coreuta que baja las escalinatas de una escenografía en un teatro,  donde tiene lugar la opera que dirige un hombre de espaldas y    difuso, pero  cuando  gira para conducir a los músicos, la imagen se vuelve nítida y ahí vemos que es Salieri joven cerrando el final del acto. El viejo en el presente repite el movimiento de brazos, recordando su éxito y los aplausos ahora en off.

De nuevo, ante el repetido  desconocimiento del sacerdote y ante la decepción del músico, el viejo le hace escuchar otra melodía que esta vez sí recuerda el religioso, y es “Pequeña  música nocturna”, de Wolfang Amadeus Mozart. Cuando Salieri le aclara ante la falsa creencia del cura que no es de él, sino de Amadeus, el clérigo irrumpe con la pregunta de sí es cierto que él  lo asesinó como dice haberlo hecho.

Salieri empieza a contar su historia y cómo  deseaba ser como Mozart cuando era niño. Milos Forman eligió como elemento comparativo entre los dos infantes la imagen de Mozart-niño tocando en el  clavicordio  una melodía que hace girar repetidamente sus sonidos, con tanta habilidad  que lo puede hacer con los ojos tapados por un pañuelo, esto  se contrapone con la de un Salieri –niño que no sólo es más grande en edad, sino que con los ojos tapados gira, pero para jugar al gallito ciego. De esta manera la música también une las dos escenas.

Amadeus - Milos FormanEl recuerdo de la  súplica de Antonio Salieri –púber, rezándole a Dios  para ser compositor, es referida por un contrapicado en el cual el joven mira hacia arriba a un coro de niños que cantan el “Stabat Mater” de Giovanni B. Pergolesi.  Su gran obstáculo era su padre, quien no tenía sensibilidad para la música  ni para  el deseo de su hijo. El padre muere y el joven Salieri al contentarse con ese descenlace, la imagen del padre atragantándose,  se condice con el final de la obra coral que venimos escuchando, la cual repite amén, amén, amén, en un final jubiloso, así como la aceleración entre imágenes que resuelven el sentido que le da el niño a ese final, el coro, el Cristo, el ataúd. La respuesta de Dios a su deseo.

La vuelta al presente en la narración cinematográfica  tiene poco tiempo, ya que su relato cuenta que cuando llegó a Viena, se hizo músico de la corte y empezó a enseñar al emperador, quien es el que toca el piano forte que escuchamos antes que aparezcan las imágenes del pasado. El recuerdo del primer encuentro con Mozart en Viena tiene la música de ambiente que los músicos ejecutan en palacio del arzobispo de Salzburgo, es una melodía gitana del siglo XIII, la cual va acelerando su ritmo a medida que  va repitiendo sus frases musicales. Mientras el anciano  va contando con voz over el acontecimiento, vemos como el ansioso Salieri busca a su ídolo por el salón.  A medida que lo va buscando la música se va acelerando así como el encuentro. A su vez vemos a un joven corriendo a una chica entre la gente, que luego descubriremos que es Amadeus.

La música está presente hasta en las confituras, que por medio de un primer plano de las exquisiteces,  la cámara de Forman muestra una clave de Sol de color negro  en una torta  blanca y rosa, cuando Salieri entra a la sala donde se encuentran las delikattessen.

El personaje de Mozart es señalado junto con su música y su risa a la vez musical, después de jugar eróticamente con Constanza  Weber. El corte del juego lo da el comienzo de una Serenata para  vientos en off, ya que sucede en otro ambiente del palacio. Al escucharla,  Mozart  interrumpe su pasión amorosa para darle lugar a su otra pasión, la música. Dice: “empezaron sin mí”, y luego empieza a correr hasta la sala del concierto donde el volumen  de un oboe sube y la música llena la imagen protagonizando ese momento, hasta que  Amadeus llega justo para empezar a dirigirla. La melodía se repite en el recuerdo de Salieri en el presente, quien muestra cada parte de las frases de la obra así como cada instrumento que les corresponde, cual musicólogo explicando la estructura polifónica. Y en su vuelta al pasado, cuando Salieri joven lee la música en un atril,  se interrumpe abruptamente en el momento en que Mozart  le cierra  la partitura en la cara y se la lleva con él, celoso de su creación y dejándolo a su colega suspendido y deseoso de seguir deleitándose con tanta belleza y perfección.

Otro deleite es la escena del primer  encuentro con el emperador y los músicos de la corte,  donde la melodía que Salieri compuso para dar la bienvenida a Mozart es jugada por los personajes  en la puesta  en escena. Los momentos son jugados rítmicamente desde que la pieza es ejecutada por el emperador, donde Amadeus va caminando a tempo hacia la sala de la reunión. Mientras el piano forte emite una marcha, una suspensión melódica coincide con la acción de dos guardias que  parecen regidos por la música, ya que en ese momento  le  cierran  el paso a Mozart, quien no puede acceder hacia el interior de la  sala. La frase musical que concluye es a su vez marcada por el  báculo  de un paje,  y a su vez el siguiente  tempo fuerte, es paralelamente seguido por el movimiento corporal de Mozart, quien inicia su caminar no sólo dando el primer paso en el tiempo fuerte de la nueva oración musical sino que arranca su deslizamiento con un ímpetu con el que continúa entrando al salón y saludando a sus colegas. Cuando le señalan mesura a su apresurado andar, él responde sosegando su impulso, y a su vez el movimiento gestual y ocular a distintas direcciones en las que se encuentran los hombres, se corresponde con cada nota que va surgiendo de las teclas. La última mirada que marca el ritmo recae en el lugar donde está el emperador tocando el piano.

Luego en el devenir del diálogo escuchamos la risa de Mozart. Lo más sobresaliente en el reír, no es sólo lo exuberante, sino que además está miméticamente emparentada a una escala musical descendente.

Cuando Amadeus toca al piano la misma melodía, los personajes hacen un juego rítmico  entre ellos articulando gestos y miradas junto con la música. El mismo Mozart gesticula  y gime un fragmento de su risa mientras  toca, la cual es vuelta a emitir por completo como remate final al completar la  pieza  musical por él  mismo ampliada y perfeccionada.

Imagen y música están tan unidas que en la escena del ensayo de la soprano con Salieri la vocalización da pie a la escena siguiente, siendo a la vez la ligazón que justifica la elipsis para pasar a otra secuencia. Una misma nota sutura los dos tiempos, el pasaje del presente al futuro,  Forman utiliza un zoom hacia la boca de la coreuta que indica  el paso del ensayo al estreno de una opera de Mozart.

La escena en que Leopoldo Mozart pide al arzobispo de Salzburgo otra oportunidad para su hijo, cuando   el cardenal da la orden de que le abran la puerta para retirarse, levanta el brazo a la vez que la música se hace presente con el Kyrie de la “Misa en Do menor”. El golpe de otro báculo que  un paje deja caer en el suelo marca el tempo de la siguiente frase musical y la consiguiente introducción de un  coro, y por corte directo un contrapicado inagura la siguiente escena donde la cámara recorre la cúpula de la dorada basílica bajando hacia el altar en el cual Mozart y Constanza están casándose. El coro continúa la melodía, la cual termina su primer frase cuando la cámara se instala detrás de los novios en un punto fijo central del cuadro.

Un momento sanguíneo es cuando Salieri lee las obras de Mozart que le lleva Constanza. La cámara  atestigua la música que escuchamos por medio de la mirada del italiano. Con cada cambio de hoja pentagramada, cada pieza musical nueva asalta la banda sonora, de la misma manera que   Salieri es arrebatado y perturbado por tanta genialidad y hermosura que los sonidos irradian de esas páginas. Cuando ya no puede soportar más la  embriaguez y el asombro, agotado y derrotado por la música mozartiana, deja caer las hojas, las cuales tomadas para ser el portavoz de una sonoridad gloriosa y sobrehumana, cuando van cayendo, así como cuando tocan el piso, no sólo cortan la música equilibrada,  sino que además dan cuenta del sonido que llevan como papel. Todo ese desborde anterior de sonido armonioso  termina condensado en el crujir de las hojas, que todas juntas, van  cayendo caóticamente una arriba de la otra y así mismo de golpe, todas caídas en el piso,   resuelven el vibrato de la última coreuta.

En la siguiente secuencia Mozart va caminando por las calles de Viena y escuchamos un pasaje de otra obra sinfónica clásica la cual es marcada por los movimientos corporales del personaje. Llegando a su casa, la melodía va concluyendo un tema y Amadeus va abriendo las puertas al son de los instrumentos, donde en el  tiempo final  cierra la última puerta. En el silencio pisa el primer escalón de la escalera y al  detenerse impresionado, el primer acorde sinfónico del principio del film  vuelve a aparecer. Le sigue un contrapicado que registra a un hombre vestido de negro el cual abre su capa al mismo tiempo que continúa el siguiente acorde.

Este elemento se repetirá cada vez que aparezca la figura del padre en la temática de la película y su relación con Don Giovanni, ya que el film vincula la ópera mencionada con la figura paterna del genial músico y a su vez esto es  aprovechado por Salieri como incentivo para hundir a Mozart, al cual lo  visita  con la misma máscara que el padre usó en una fiesta, y de esta manera lo lleva a vivir  en la angustia, la paranoia,  la culpa y la  locura.

Amadeus - Milos FormanEn la  primera visita del mensajero –Salieri vestido como Leopoldo- cuando se retira,  al girar la máscara de trágica a cómica, empiezan los primeros sonidos de la introducción del “Réquiem” de Mozart, siendo ésta la obra que le acaba de encargar. El silencio en el  presente irrumpe cuando el anciano le cuanta  al párroco las ideas que imaginaba acerca de cómo matarlo y en el momento en que dice la palabra ” music”,   irrumpe el coro de la misa de difuntos, para seguir entre el parlamento de Salieri y  la introducción del  Requiem se articula de manera que el discurso verbal del viejo dialoga con la música, las voces suben dibujando la melodía y Salieri abre sus brazos, mueve los dedos, y a medida que la sonoridad va in crescendo el anciano aumenta el volumen de su voz, la intensidad de sus brazos para señalar lo que dice, la música se hace más punzante.

Otra musicalización significativa similar a la mencionada más arriba, es la que une los gritos de la  suegra de Mozart quien lo reprende  por su conducta. La mujer empieza a subir el volumen de la voz así como los agudos, Mozart absorto la mira hasta que la imagen de su suegra sermoneándolo recae en la representación de “La flauta mágica” en medio del aria de la reina de la noche, la escena en que ordena a su hija matar a Zoroastro.

El cierre de la puerta del carruaje en que Amadeus es rescatado por Salieri luego del desmayo en medio de la función,  marca el tiempo de la nota que corresponde al comienzo instrumental del aria de Papageno y Papagena. Al ritmo y tempo Salieri salta detrás de carruaje y se sienta a medida que las cuerdas van desplegando la juguetona melodía.

Vale destacar las escenas en que Amadeus compone sus obras como “Las bodas de Fígaro” y el “Dies Irae” del Requiem en las cuales mientras está garabateando los pentagramas escuchamos lo que inventa en su cabeza y lo singular que se puede apreciar, es el momento en que  otro personaje lo interrumpe en la acción, donde   la música que “concibe” se corta bruscamente. La escena del dictado del Requiem, -Mozart dicta a Salieri- que es un hallazgo, donde la subjetividad del genio, la traducción de la música que va llegando a su cabeza y  el desglose de voces e  instrumentos en un relato de  pasión, de  creación, que el espectador está invitado a apreciar. El cortejo fúnebre de Mozart es escoltado por el “Lacrimosa” y el amén concluye el entierro. El silencio y una vil carcajada del anciano salda el racconto cuando  termina de contar  al sacerdote su historia y la de su Mozart,  y subrayando que su música quedó en el olvido pero  la  de Amadeus  sobrevivió a los años, es cuando un piano travieso y saltarín  se cuela en la imagen que muestra a un  Salieri riéndose de sí mismo y autodenominándose mediocre, y   al párroco, a quien deja extenuado y mudo, lo despide cuando  un enfermero viene a buscarlo para ir a tomar un baño. Mientras recorre el pasillo del pabellón lleno de dementes, en una silla de ruedas, después de dirigirse a los locos y absolviéndolos de la mediocridad de la son víctimas, considerándose él mismo el Santo Patrono y el campeón de los mediocres,  termina su parlamento llevándose las manos al corazón y cerrando los ojos para seguir recordando a su amado Amadeus y a su musical risa, la cual se escurre entre   una orquesta que le contesta a un  pícaro y encantador piano.

Recursos Web:

http://www.mozart.cat/cast/inicio.htm - Sitio dedicado a Wolfgang Amadeus Mozart

http://es.wikipedia.org/wiki/Antonio_Salieri - Wiki sobre Antonio Salieri

www.imaginacionatrapada.com.ar
14/05/2008

     
     

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