Cine / Thriller - Crítica

“Amores Asesinos”: Protagonismos revertidos
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("Lonely Hearts", EEUU, 2006) Dirección y guión: Todd Robinson. Elenco: John Travolta (Elmer C. Robinson), James Gandolfini (Charles Hildebrandt), Jared Leto (Raymond Fernandez), Salma Hayek (Martha Beck), Scott Caan (detective Reilly), Laura Dern (Rene Fodie), Michael Gaston (Hunt), Dan Byrd (Eddie Robinson), Bruce MacVittie (Eastman), Andrew Wheeler (detective Tooley), Alice Krige (Janet). Producción: Holly Wiersma y Boaz Davidson. Música: Mychael Danna. Fotografía: Peter Levy. Montaje: Kathryn Himoff. Diseño de producción: Jon Gary Steele. Vestuario: Jacqueline West. Duración: 108 min.
Arturo Ripstein había tomado la historia previamente retratada por “The Honeymoon Killers” y había realizado uno de sus peculiares subversiones del melodrama, en este caso tiñéndolo de thriller de asesinos seriales. Mezcla rara, propia de una poética como la del mexicano. En este caso, el film dirigido y escrito por Todd Robinson divide la acción, dándole más espacio a quien fuera el oficial que, finalmente, capturó a la pareja de criminales.
Entonces, por un lado tenemos a Ray Fernandez y Martha Beck. El primero, un estafador de amas de casa desesperadas y afines. La segunda, una de sus potenciales víctimas. Cuando se conocieron, lo que no contaba Fernandez era que Martha fuera una loquilla cercana a sus intereses, algo posesiva, pero dispuesta a ayudarlo en su juego con tal de permanecer juntos. Sus felonías empeoraron cuando Martha empezó a eliminar, por cuestiones de celos, a las presas de Ray una vez consumada la estafa. La vuelta de tuerca está en que Ray no sólo no huyó, sino que ambos terminaron retroalimentándose.
Una de las víctimas de la pareja apareció muerta como producto de un suicidio (falso, por supuesto). El detective Elmer Robinson (abuelo del director del film, lo que explica su mayor protagonismo en la trama) había sufrido la muerte de su esposa de manera similar. Obsesionado por la culpa, se emperra en descubrir lo oculto del caso hasta sus últimas consecuencias. Así es como irá siguiendo la pista hasta dar con los “asesinos de los corazones solitarios”, como fueron en su momento bautizados.
A todo el trabajo estético refinado y brutal de la película de Ripstein, Robinson opone un estilo mucho más sobrio y de reconstrucción de época. El relato acá comienza por el final, con lo cual la sorpresa está eliminada. Lo que se presencia es el racconto de los hechos.
El contraste de personalidades aparece desde una secuencia de planos más estables en el policía, y más oblicuos o inestables en Beck y Fernandez. Lo mismo con las actuaciones, artificiosas y caricaturescas para unos, naturalista para el otro.
La objeción es que, al dividir el centro de atención entre asesinos y policía, Robinson también produce que la tensión afloje. El detective Robinson tiene problemas de comunicación con su hijo y con su nueva pero no asumida pareja, instancias a las cuales la narración presta varios minutos de atención. Frente a las aberraciones de Beck y Fernandez, el director Robinson prefiere detenerse con mayor atención sobre la humanidad del policía y su dificultad para elaborar su propio duelo. En ese sentido, entonces, si bien probablemente funcione como un homenaje a su abuelo, la tensión del relato como thriller queda suavizada.
La obra termina con una suerte de “nos encontramos el mes que viene” porque, como buena velada, ya tiene sus habitués. En lugar de lo trágico, acá el teatro aparece en su ritual de espectáculo, de entretenimiento. En Villa Malcolm, además, se juntaron años pasados y años presentes. Raro, pero para nada en el mal sentido.
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30/11/2007 |