Cine / Drama
- Crítica

“Un amor, dos destinos”: Dulce
redención
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
(“An unfinished life”, 2005) Dirección:
Lasse Hallström. Guión: Mark Spragg
y Virginia Korus Spragg. Elenco: Robert Redford
(Einar Gilkyson), Jennifer Lopez (Jean Gilkyson), Morgan Freeman
(Mitch Bradley), Josh Lucas (Crane Curtis), Damian Lewis (Gary),
Camryn Manheim (Nina), Becca Gardner (Griff Gilkyson). Producción:
Leslie Holleran, Alan Ladd Jr. y Kelliann Ladd. Música:
Christopher Young. Fotografía: Oliver Stapleton.
Montaje: Andrew Mondshein. Diseño
de producción: David Gropman. Dirección
artística: Karen Schulz Gropman. Vestuario:
Tish Monaghan. Duración: 107 minutos
Lässe Halstrom tiene en su haber, de
las que han sido conocidas por los espectadores locales, “Chocolate”
(2000), “Las reglas de la vida” (1999), ¿”A
quién ama Gilbert Grape”? (1993), entre otras. El común
denominador parecería ser una inclinación por historias
sencillas, cuando no pintorescas, donde los conflictos giran alrededor
de diferentes formas de entorno familiar y donde la idea de redención
siempre está presente.
“Un amor, dos destinos” (cuyo
más atinado título en inglés es “An unfinished
life”, “Una vida sin terminar”, que remite a los
conflictos y transiciones por las que pasan sus protagonistas),
se centra sobre los errores de la vida y la posibilidad, no de enmendarlos,
sino de poder seguir adelante a pesar de ello. Las familias rotas
o atípicas suelen conformar el universo de Hallstrom, y este
film no es la excepción. Eynar Gilkyson es un granjero rudo,
medio bruto, pero inteligente y de buen corazón. Su vida
ha quedado varada en el día que su hijo falleció en
un accidente automovilístico. Quien manejaba era su nuera
Jean, a quien el ha considerado responsable de esa muerte, y quien
debido a eso ha estado “exiliada” y cuya vida, en su
estilo, también se encontró cortada a la mitad desde
esa fatídica noche. Mitch es el amigo fiel de Eynar, postrado
debido a un ataque de oso, del que Eynar se siente culpable. En
las esquinas, como metáforas que hablan a estos personajes
en diferentes lenguajes con un mismo mensaje, aparecen Griff, la
hija de 9 años de Jean (Griff suena como grief, “pena”
en inglés, que también puede interpretarse como “duelo”),
y el oso del ataque (y que es, en realidad, un animal-metáfora).
Para completar el envoltorio aparecen dos personajes masculinos
que se acercan a Jean.
“Un amor…” es, de todas
maneras, lo que en Hollywood llaman una “feel-good-story”,
“una historia para sentirse bien”. Mediante un guión
prolijo, sencillo desde el relato pero que como estructura narrativa
se toma el tiempo de desarrollar y darle forma a los personajes,
el film busca el costado humano, el no convertir todo en negro o
blanco. La posibilidad de errar y de reconstruirse, de que todo
ser humano es, en definitiva, no un alto contraste sino una escala
de grises. Una imagen precisa, apoyada en un montaje que se detiene
en los momentos precisos y acelera sin apresurarse de más
en otros, permiten a Hallstrom armar el film como por cuadros, utilizando
los espacios como elementos a veces metafóricos, a veces
simplemente de transición, pero rara vez forzando la cuestión.
Los actores seleccionados aparecen como figuras icónicas
tanto por nombre (Robert Redford, Morgan Freeman y Jennifer Lopez
están asociados en mayor o menor medida a roles de determinadas
características) como físicamente (su apariencia física
remite a estereotipos sociales y/o narrativos en un punto), a lo
que le suman la interpretación acorde.
La película no carece de lugares comunes,
situaciones pintorescas incluidas para hacer más queribles
a los personajes o simplemente como elementos introducidos para
alivianar un poco la densidad de la trama y hacerla más “amigable”.
Estas instancias se amalgaman al film sin problemas (o, en todo
caso, aceptadas como parte del verosímil de la propuesta).
Suavemente, como en sus otros films, Hallstrom narra su historia,
una historia para sentise bien.
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20/1/2006 |