Cine / Festival
Internacional de Cine Indpendiente de Buenos Aires - Opinión

9º BAFICI: El monstruo sigue vivo
y respira
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
Hace dos años, tras la escandalosa
salida de Quintín como director artístico del BAFICI,
el trabajo de Fernando Peña se hizo cuesta arriba. En su
primer año, recibió una festival ya armado, pero con
cierto nivel de boicot a nivel invitados, que buscaban demostrar
la lealtad al director saliente. El año pasado, el primer
festival enteramente bajo su dirección, se percibieron cambios:
en la programación primaba el estilo de recuperación
de filmes asociado precisamente al trabajo que Peña viene
desarrollando en distintos ámbitos desde hace años,
en un meeting point para invitados y prensa todavía en reformación
y en cierto exclusivismo en las fiestas nocturnas. Asimismo, se
amplió la cantidad de salas y de puntos de venta de entradas.
En los filmes que no eran retrospectiva era difícil encontrar
una lógica en la curaduría, y los de retrospectiva
eran demasiados (por encima del 50% del total de filmes exhibidos).
El BAFICI se ha convertido en un pequeño monstruo que sigue
creciendo y cambiando año a año, con lo cual toda
crítica siempre debe estar relativizada por la complejidad
que implica un festival que es considerado uno de los mejores en
el mundo en su tipo.
Una de las características negativas
del BAFICI es, quizás, su falta de nexo con el público
en lo que refiere a la promoción del evento. Hay un público
cautivo que lo alimenta, que es el que lo espera todos los años
y llena las salas, pero el BAFICI no tiene una campaña efectiva
por fuera de eso. Los institucionales de este año, pese a
su simpatía, alimentaban no el derecho a la diferencia, sino
cierto sectarismo explícito. Curioso o irónico es
que el film nacional premiado fuera “UPA! Una película
argentina”, que critica con un humor ácido precisamente
ese sectarismo que cultiva parte del ambiente en sus diferentes
ramas.
Fuera de eso, la 9º Edición del
Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires ofreció
una de las más completas y parejas selecciones de filmes
en años recientes. La competencia, más allá
de lo debatible de los premios otorgados, exhibió films de
estéticas y posiciones diversas, tanto frente al cine, como
a la narrativa, como al mundo retratado. Se incluyó como
sección competitiva Cine del Futuro, cosa que puede considerarse
un acierto si tenemos en cuenta que más de una vez esa sección
ha albergado a algunas de las mejores películas del festival.
Los documentales, como siempre, presentaron algunas de las opciones
más interesantes, mostrándose nuevamente como uno
de los géneros con mayores posibilidades de exploración
estética y temática. La retrospectiva, quizás
menos fuerte que otros años, permitió, de todos modos,
tomar contacto con cineastas con los que de otra manera es muy difícil
que el público pudiera tomar contacto, o trayendo films casi
legendarios como los de Jacques Tati o "La Chinoise",
de Jean Luc Godard. En ese sentido, un festival cinematográficamente
algo solemne se dio a sí mismo un segundo aire al darle un
lugar a la comedia (interesante, además, si se tiene en cuenta
el debate actual local sobre la crisis del cine independiente o
la revitalización preculiar y lenta del cine de género
bien entendido – cuya mayor figura prometía ser Fabián
Bielinski y que quizás ahora encabecen Damián Szcifrón
y, hasta cierto punto, Daniel Burman y, desde otro lugar, Adrián
Caetano).
El debate sobre la crisis de innovación
en el cine local rondó pero, así como ocurrió
con el mote de Nuevo Nuevo Cine Argentino, esta “crisis”
también esté sobredimensionada. El cine argentino
estuvo de moda durante algunos años recientes en los festivales
internacionales. Ser siempre el nuevo sabor no es sencillo y, además,
hay que tener en cuenta que varios de esos realizadores han seguido
creciendo, profesionalizándose y, también, que de
algo hay que comer. Lo más probable sea que, en realidad,
seguimos inmersos en un proceso embrionario de cinematografía
local. Una explosión (aunque haya durado una década)
no es más que eso y, entonces, es normal que de una camada
a la otra haya períodos irregulares (más o menos pronunciados).
El camino no está en imitar estéticas anteriores,
propias o ajenas, por ejemplo, sino, en todo caso, en dialogar con
ellas. El cine local presente en el festival, además, fue
porteño… el resto del país sigue brillando por
su ausencia. Por eso, hablar de crisis significaría hablar
de un modelo de mucho tiempo que de golpe se cae. Acá no
hay nada que pueda parecerse a eso, es simplemente un cine que todavía
lucha por existir. Construir una cinematografía madura, que
permita la variedad de expresiones pero que, además, llene
las salas y dé de comer, lleva tiempo, altos y bajos, errores
y aciertos.
Por otra parte, más que crisis de ideas,
de lo que podría hablarse es de problemas a la hora de llevar
esas ideas a una concreción. Muchos filmes que buscan llegar
a la cartelera local, por más feo que pueda sonar, adolecen
de trabajo fino en ciertos aspectos esenciales, como actores y guión.
Hay cosas que ni el montaje ni la fotografía ni la dirección
de arte pueden salvar, y entonces un film muchas veces termina quedándose
en la intención. El problema pareciera pasar, quizás,
por encorsetarse en ciertos recursos y quedarse en ciertos prejuicios
a la hora de encarar las temáticas deseadas. Hay una suerte
de alergia, por no decir cierto snobismo, por ejemplo, a dialogar
con los géneros. Si uno se basa en los resultados, podría
hasta cierto punto decirse que, en el último par de años,
la mayor parte de la producción local es más pose
que sustancia, más allá del esfuerzo que toda realización
implica en sí misma.
No es extraño, por eso, que son los
films que encuentran el propio camino, independientemente de las
preconcepciones o la cáscara puramente intelectualoide (diferente
del cine con aspiraciones y planteos sinceramente intelectuales,
a veces una línea muy fina), los que consiguen plasmar mejor
sus propuestas (como en el caso de "Las
mantenidas sin sueños", la película de Vera Fogwill
y Martín Desalvo presentada durante el BAFICI). También
influye que ha ido aumentando la cantidad de producciones estrenadas.
Esto hace que se perciba, en cuanto proporción, una disminución
de calidad, cuando es probable que, en años anteriores, dicha
proporción podría haber sido la misma.
En cualquier caso, el tema es largo y complejo.
Lo positivo es que el BAFICI ha buscado ir presentándose
también como un ámbito de discusión e intercambio
con respecto al cine nacional e internacional, de nuevas poéticas
estéticas y poéticas. Es algo todavía en proceso,
pero es ya percetible que algo de ese espíritu empieza a
atravesar el festival. En este punto de la historia, no es quizás
tan importante unificarse bajo una postura (sobre qué es
cine, cómo se hace, qué se cuenta), sino poder finalmente
iniciar un debate sano, conciente, apasionado, pero respetuoso.
A diferencia de festivales anteriores, en
este caso dio la sensación que la dificultad para conseguir
entradas disminuyó (sobre todo, lógicamente, en un
cine como el Atlas Sta Fé). El meeting point volvió
a ser el lugar de reunión de otros años, donde diariamente
era posible encontrarse tanto con periodistas, programadores, directores,
actores y todo personaje que tuviera algo que ver con el BAFICI.
Ese éxito hizo que no extrañara que, este año,
Fernando Peña estuviera mucho más presente que en
la edición anterior. El reemplazo de las fiestas por los
eventos en Harrod´s (las fiestas quedaron exclusivamente a
cargo de quien quisiera organizarlas – productoras, embajadas,
etc -), donde se llenó todas las noches para escuchar desde
invitados internacionales a Babasónicos, Rosal, Gabo Ferro,
Juana Molina u otros. En este caso, la falla provino de la sobrecarga
de gente en algunos casos y la inhabilidad para lidiar con esos
aglomeramientos (como ocurrió con Yann Thiersen, donde había
gente haciendo colas de tres horas cuando ya se había decidido
que no entraría más nadie). De todos modos, puede
considerarse un problema positivo; peor sería la falta de
respuesta del público.
La nota de color (oscuro), la dio la ausencia
del INCAA, que este año se abstuvo de participar y colaborar
con el BAFICI. Las teorías conspirativas, lógicamente,
abundaron debido a eso. Lo cierto es que, por diversos motivos,
esa ausencia huele a motivos electorales (de diverso tipo) ridículamente
egoístas. El BAFICI es un evento respetado a nivel internacional,
uno de los ejemplos de trabajo constante (lo que no abunda) en nuestro
medio. Negarle el apoyo para dañarlo no sólo afecta
su posibilidad de éxito, sino que perjudica a todos aquellos
asociados al festival: realizadores que aprovechan el festival para
poder conseguir financiamientos, ofertas de exhibición, invitaciones
a otros festivalesetc, etc; toda la gente que trabaja para el festival;
el público, que se ve expuesto a otra de las tantas peleas
de conventillo, berretas, mezquinas, a que nuestro país nos
tiene acostumbrados. Es de esperar que esto quede sólo en
la anécdota.
Con lo agotador que es el BAFICI (algunos
podrán argumentar que pasarse el día viendo películas
y discutiendo de cine es una mucho mejor opción que la que
otros tienen), el final de esta novena edición (con algunas
de sus contradicciones incluidas) no hace otra cosa que generar
expectativa sobre la décima entrega y por ver cómo
algunos de los planteos discutidos durante el festival evolucionan
o no durante ese lapso.
www.imaginacionatrapada.com.ar
20/4/2007
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