Cine / Festival Internacional de Cine Indpendiente de Buenos Aires - Opinión

8º BAFICI

9º BAFICI: El monstruo sigue vivo y respira

por Diego Braude dbraude@imaginacionatrapada.com.ar

Hace dos años, tras la escandalosa salida de Quintín como director artístico del BAFICI, el trabajo de Fernando Peña se hizo cuesta arriba. En su primer año, recibió una festival ya armado, pero con cierto nivel de boicot a nivel invitados, que buscaban demostrar la lealtad al director saliente. El año pasado, el primer festival enteramente bajo su dirección, se percibieron cambios: en la programación primaba el estilo de recuperación de filmes asociado precisamente al trabajo que Peña viene desarrollando en distintos ámbitos desde hace años, en un meeting point para invitados y prensa todavía en reformación y en cierto exclusivismo en las fiestas nocturnas. Asimismo, se amplió la cantidad de salas y de puntos de venta de entradas. En los filmes que no eran retrospectiva era difícil encontrar una lógica en la curaduría, y los de retrospectiva eran demasiados (por encima del 50% del total de filmes exhibidos). El BAFICI se ha convertido en un pequeño monstruo que sigue creciendo y cambiando año a año, con lo cual toda crítica siempre debe estar relativizada por la complejidad que implica un festival que es considerado uno de los mejores en el mundo en su tipo.

Bonus Track:

--- 9º BAFICI: Cobertura

--- Balance BAFICI 2007 - por Marina Locatelli

--- Entrevista a Morten Kaplers: Realidad intervenida - por Diego Braude

Asociación Libre:

--- 8º BAFICI: Comilona de cine - por Diego Braude

--- 8º BAFICI: Cobertura Imaginación Atrapada

Una de las características negativas del BAFICI es, quizás, su falta de nexo con el público en lo que refiere a la promoción del evento. Hay un público cautivo que lo alimenta, que es el que lo espera todos los años y llena las salas, pero el BAFICI no tiene una campaña efectiva por fuera de eso. Los institucionales de este año, pese a su simpatía, alimentaban no el derecho a la diferencia, sino cierto sectarismo explícito. Curioso o irónico es que el film nacional premiado fuera “UPA! Una película argentina”, que critica con un humor ácido precisamente ese sectarismo que cultiva parte del ambiente en sus diferentes ramas.

Fuera de eso, la 9º Edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires ofreció una de las más completas y parejas selecciones de filmes en años recientes. La competencia, más allá de lo debatible de los premios otorgados, exhibió films de estéticas y posiciones diversas, tanto frente al cine, como a la narrativa, como al mundo retratado. Se incluyó como sección competitiva Cine del Futuro, cosa que puede considerarse un acierto si tenemos en cuenta que más de una vez esa sección ha albergado a algunas de las mejores películas del festival. Los documentales, como siempre, presentaron algunas de las opciones más interesantes, mostrándose nuevamente como uno de los géneros con mayores posibilidades de exploración estética y temática. La retrospectiva, quizás menos fuerte que otros años, permitió, de todos modos, tomar contacto con cineastas con los que de otra manera es muy difícil que el público pudiera tomar contacto, o trayendo films casi legendarios como los de Jacques Tati o "La Chinoise", de Jean Luc Godard. En ese sentido, un festival cinematográficamente algo solemne se dio a sí mismo un segundo aire al darle un lugar a la comedia (interesante, además, si se tiene en cuenta el debate actual local sobre la crisis del cine independiente o la revitalización preculiar y lenta del cine de género bien entendido – cuya mayor figura prometía ser Fabián Bielinski y que quizás ahora encabecen Damián Szcifrón y, hasta cierto punto, Daniel Burman y, desde otro lugar, Adrián Caetano).

El debate sobre la crisis de innovación en el cine local rondó pero, así como ocurrió con el mote de Nuevo Nuevo Cine Argentino, esta “crisis” también esté sobredimensionada. El cine argentino estuvo de moda durante algunos años recientes en los festivales internacionales. Ser siempre el nuevo sabor no es sencillo y, además, hay que tener en cuenta que varios de esos realizadores han seguido creciendo, profesionalizándose y, también, que de algo hay que comer. Lo más probable sea que, en realidad, seguimos inmersos en un proceso embrionario de cinematografía local. Una explosión (aunque haya durado una década) no es más que eso y, entonces, es normal que de una camada a la otra haya períodos irregulares (más o menos pronunciados). El camino no está en imitar estéticas anteriores, propias o ajenas, por ejemplo, sino, en todo caso, en dialogar con ellas. El cine local presente en el festival, además, fue porteño… el resto del país sigue brillando por su ausencia. Por eso, hablar de crisis significaría hablar de un modelo de mucho tiempo que de golpe se cae. Acá no hay nada que pueda parecerse a eso, es simplemente un cine que todavía lucha por existir. Construir una cinematografía madura, que permita la variedad de expresiones pero que, además, llene las salas y dé de comer, lleva tiempo, altos y bajos, errores y aciertos.

Por otra parte, más que crisis de ideas, de lo que podría hablarse es de problemas a la hora de llevar esas ideas a una concreción. Muchos filmes que buscan llegar a la cartelera local, por más feo que pueda sonar, adolecen de trabajo fino en ciertos aspectos esenciales, como actores y guión. Hay cosas que ni el montaje ni la fotografía ni la dirección de arte pueden salvar, y entonces un film muchas veces termina quedándose en la intención. El problema pareciera pasar, quizás, por encorsetarse en ciertos recursos y quedarse en ciertos prejuicios a la hora de encarar las temáticas deseadas. Hay una suerte de alergia, por no decir cierto snobismo, por ejemplo, a dialogar con los géneros. Si uno se basa en los resultados, podría hasta cierto punto decirse que, en el último par de años, la mayor parte de la producción local es más pose que sustancia, más allá del esfuerzo que toda realización implica en sí misma.

No es extraño, por eso, que son los films que encuentran el propio camino, independientemente de las preconcepciones o la cáscara puramente intelectualoide (diferente del cine con aspiraciones y planteos sinceramente intelectuales, a veces una línea muy fina), los que consiguen plasmar mejor sus propuestas (como en el caso de "Las mantenidas sin sueños", la película de Vera Fogwill y Martín Desalvo presentada durante el BAFICI). También influye que ha ido aumentando la cantidad de producciones estrenadas. Esto hace que se perciba, en cuanto proporción, una disminución de calidad, cuando es probable que, en años anteriores, dicha proporción podría haber sido la misma.

En cualquier caso, el tema es largo y complejo. Lo positivo es que el BAFICI ha buscado ir presentándose también como un ámbito de discusión e intercambio con respecto al cine nacional e internacional, de nuevas poéticas estéticas y poéticas. Es algo todavía en proceso, pero es ya percetible que algo de ese espíritu empieza a atravesar el festival. En este punto de la historia, no es quizás tan importante unificarse bajo una postura (sobre qué es cine, cómo se hace, qué se cuenta), sino poder finalmente iniciar un debate sano, conciente, apasionado, pero respetuoso.

A diferencia de festivales anteriores, en este caso dio la sensación que la dificultad para conseguir entradas disminuyó (sobre todo, lógicamente, en un cine como el Atlas Sta Fé). El meeting point volvió a ser el lugar de reunión de otros años, donde diariamente era posible encontrarse tanto con periodistas, programadores, directores, actores y todo personaje que tuviera algo que ver con el BAFICI. Ese éxito hizo que no extrañara que, este año, Fernando Peña estuviera mucho más presente que en la edición anterior. El reemplazo de las fiestas por los eventos en Harrod´s (las fiestas quedaron exclusivamente a cargo de quien quisiera organizarlas – productoras, embajadas, etc -), donde se llenó todas las noches para escuchar desde invitados internacionales a Babasónicos, Rosal, Gabo Ferro, Juana Molina u otros. En este caso, la falla provino de la sobrecarga de gente en algunos casos y la inhabilidad para lidiar con esos aglomeramientos (como ocurrió con Yann Thiersen, donde había gente haciendo colas de tres horas cuando ya se había decidido que no entraría más nadie). De todos modos, puede considerarse un problema positivo; peor sería la falta de respuesta del público.

La nota de color (oscuro), la dio la ausencia del INCAA, que este año se abstuvo de participar y colaborar con el BAFICI. Las teorías conspirativas, lógicamente, abundaron debido a eso. Lo cierto es que, por diversos motivos, esa ausencia huele a motivos electorales (de diverso tipo) ridículamente egoístas. El BAFICI es un evento respetado a nivel internacional, uno de los ejemplos de trabajo constante (lo que no abunda) en nuestro medio. Negarle el apoyo para dañarlo no sólo afecta su posibilidad de éxito, sino que perjudica a todos aquellos asociados al festival: realizadores que aprovechan el festival para poder conseguir financiamientos, ofertas de exhibición, invitaciones a otros festivalesetc, etc; toda la gente que trabaja para el festival; el público, que se ve expuesto a otra de las tantas peleas de conventillo, berretas, mezquinas, a que nuestro país nos tiene acostumbrados. Es de esperar que esto quede sólo en la anécdota.

Con lo agotador que es el BAFICI (algunos podrán argumentar que pasarse el día viendo películas y discutiendo de cine es una mucho mejor opción que la que otros tienen), el final de esta novena edición (con algunas de sus contradicciones incluidas) no hace otra cosa que generar expectativa sobre la décima entrega y por ver cómo algunos de los planteos discutidos durante el festival evolucionan o no durante ese lapso.

www.imaginacionatrapada.com.ar
20/4/2007

     
     

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