Cine / Barton
Fink - Ensayo y Análisis
El Infierno
“En el mundo hay mucha
gente que se queja. La verdad es que nadie nos garantiza nada.
No importa que se trate del Papa de Roma, el presidente de los
E.E.U.U. o el hombre más popular del año. Siempre
hay cosas que salen mal. Quéjese y cuente sus penas al
vecino, pídale ayuda y verá como no se la presta.
En Rusia las cosas son diferentes, allí unos se ayudan
a los otros, al menos eso dicen. Pero nosotros estamos en Texas,
y aquí nadie ayuda a nadie”. Esta es la cita con
la que se abre “Simplemente Sangre”, el primer film
de los Coen, y que con esa sentencia define el movimiento del
universo diegético de sus obras.
Barton Fink llega a Los Angeles
y se encuentra no con la farándula, sino con una ciudad
desierta, para nada hospitalaria, Jack Lipnick, y un hotel decadente.
Aparte de Barton, Charlie parece ser el otro único habitante
del edificio. Es el mundo vacío y extrañado que
describe la cita.
Con esto nos referimos, para
empezar, al tratamiento de los espacios. Estos son parte integral
de los personajes, de la forma que ven el mundo o su situación.
“Barton Fink”
es un peculiar descenso a los infiernos. El peso de la estructura
recae sobre el hotel Earle. Ya a su llegada, se le da al espectador
un indicio de las cosas por venir: Barton pide “Sexto, por
favor”,el lúgubre ascensorista anuncia con voz de
ultratumba “Próxima parada: sexto piso”, “Parada:
sexto piso”, además el cuarto de Barton es el 621;
es el 666, que conlleva connotaciones infernales (yendo a interpretaciones
más esotéricas, 6 es el numero del Hombre, 3 el
de Dios, 3 veces 6 es el Hombre queriendo ser Dios; Barton jugando
a ser Dios – ya en un estado de locura, en la escena del
baile, Barton grita desaforado “Soy un Creador”).
Incluso, la vida del otro escritor (Mayhew, que remite a William
Faulkner), también es un infierno – el posible futuro
de Barton-, y esta signada por el seis (su habitación es
15: 1+5 = 6).
Un timbre en la recepción
que nunca se detiene, el horrible papel floreado del corredor
(una constante a lo largo de la película), la luz mortecina
de las bombillas, el pasillo deshabitado e interminable que asemeja
la sala de espera del averno. Barton parece estar aguardando su
turno en el Purgatorio, en ese cuarto que suda, donde el papel
se despega, el calor es insoportable, donde un mosquito lo asedia
noche tras noche. La luz que ilumina el cuarto entra por dos ventanas
que ni siquiera se pueden abrir, aumentando la sensación
de ahogo.
Por otra parte, los
espacios del poder son grandes, como la oficina de Lipnick o su
casa, en los cuales Barton, fuera de su ambiente pequeño,
aparece aplastado justamente por la amplitud. Es decir, la sensación
de ahogo se genera desde una dialéctica del espacio: a
través de la opresión que producen los planos cerrados
y el pequeño cuarto de hotel, y por aplastamiento desde
los ambientes grandes del poder (Lipnick).
Asimismo,
el edificio esta corporizado en Charlie. Su infección del
oído supura como la cola de la pared, suda como el papel.
Charlie hace referencia a que escucha todo y lo atribuye a las
cañerías. El y el hotel Earle son uno mismo, escuchan
y sienten de una misma manera (como en la escena del incendio,
“¡Les voy a mostrar la vida de la mente!”, vocifera
Charlie mientras las paredes se encienden a su paso, como si el
edificio reaccionara físicamente a la ira de aquel, o cuando
Barton y Audrey hacen el amor, que el sonido viaja a través
de las cañerías como si fuera el sistema auditivo
de Charlie). Charlie es el regente del infierno, el que necesita
Barton para poder escribir. “La vida de la mente... no hay
mapas para ese territorio. Y explorarlo puede ser doloroso. Un
dolor del que la mayoría no conoce”, dice el protagonista,
y es por eso que se introduce y alimenta esa pesadilla. Barton
esta solo en Los Angeles, solo con Charlie; solo con su infierno.
Tres actos
La película esta dividida
en tres actos: el primero es la introducción a Barton hasta
su partida a LA, el segundo es desde el encargo del guión
hasta la muerte de Audrey, y el tercero de ahí hasta la
decisión de Lipnick de desechar su guión y hundir
su carrera.
El comienzo del segundo acto
está marcado por la imagen del mar chocando contra una
roca, así como también lo está el final del
tercero. Esta imagen generalmente se asocia con una resistencia,
así como también con un “el río sigue
su curso”. Desde la trama, el mar seria Barton, que, con
su llegada a LA, pretende cambiar las cosas (su búsqueda
de un “nuevo teatro”, sobre la cual él insiste
constantemente). La imagen de cierre del tercer acto es su fracaso;
la roca (Hollywood, el Sistema) sigue en el mismo lugar. Mas allá
de los altos y bajos de las experiencias de Barton, la estructura
en la que el debe moverse sigue inalterada.
Dime quién soy
En “Barton Fink”,
los hermanos Coen optan por una focalización interna fija
(vemos el mundo desde los ojos del protagonista). Asimismo, refuerzan
este efecto mediante un uso constante de planos cerrados sobre
Barton, “ahogando” al espectador, agobiándolo,
acercándonos a su sufrimiento; estamos “atrapados”
en Barton. Descendemos con él a su infierno, sentimos el
calor sofocante de LA, la presión de ese mundo agresivo
en el que el ingenuo e indefenso protagonista se sumerge. Al mismo
tiempo, vemos el mundo así porque son los ojos de Barton
los que usamos.
La falta de otra focalización,
o de un poco más de distancia con respecto al personaje,
hace que el trámite se densifique, aumentando la sensación
de “falta de aire”; no hay salida.
En todas las películas
Coen hay una inserción de determinadas imágenes
desde una focalización cero. Los Coen utilizan esta “técnica
de autor”, para lograr lo que Andre Gaudreault denomina
“focalización espectatorial”. Esto es, que
el espectador reciba información que le es vedada a los
personajes, de forma tal que ante determinadas situaciones la
ignorancia de estos frente a dichos acontecimientos genere conflictos
entre ellos y aumente la tensión en el espectador.
En “Simplemente Sangre”, por ejemplo, ocurre un asesinato
y lo presenciamos. El marido de la protagonista muere a manos
de uno de los personajes. Los dos protagonistas ignoran los hechos,
y comienzan a desconfiar uno del otro. En otro momento, aquel
personaje olvida su encendedor en la oficina del muerto, y la
cámara se acerca para mostrarnos este olvido. En “The
Hudsucker Proxy”, nos muestra cómo Mussberger (Paul
Newman) confabula contra el protagonista a sus espaldas; se nos
hace conocedores de hechos que lo afectan y de los cuales este
no tiene conocimiento. Esta utilización de la focalización
responde a que en la filmografía Coen, el entorno siempre
se cierra sobre los personajes a pesar de ellos.
Las pesadillas de Barton
En el relato clásico,
el héroe deja su hogar para embarcarse en una misión.
El camino hasta el cumplimiento de dicho objetivo es el viaje
iniciático. La misión es simplemente una excusa
para realizar el viaje, porque es este el que en definitiva afecta
realmente la vida del héroe.
Barton deja New York, su hogar, para escribir en Hollywood. Su
“misión” es un guión para una película
clase “B”, pero es el viaje iniciático resultante
lo que cuenta. ¿En que sentido es iniciático? Lo
es en el sentido del viaje interior, es como dice Barton: “La
vida de la mente... no hay mapas para ese territorio. Y explorarlo
puede ser doloroso.” Es esa exploración de su mente
para llegar a la obra su viaje iniciático.
Desde la trama, Barton explica que él considera que la
creación viene de un dolor interior. Argumentalmente, Barton
atraviesa el campo de espinas para llegar, mejorado (por eso dice
que el guión es su mejor trabajo), al otro lado.
Barton, ya lo dijimos antes,
escribe su propia historia (la obra del principio como simetría),
fabrica su propia pesadilla a través de su bloqueo creativo.
Su frustración lo lleva a la locura y a profundizar la
pesadilla. Las teclas de la maquina de escribir de la oficina
de Lipnick martillando hasta el infinito, el papel en blanco que
pareciera burlarse de él, la imagen grotesca de Charlie,
la visión de un futuro decadente en Mayhew, la soledad,
el calor. Tanto es así que cuando Barton por fin encuentra
ese dolor que él dice necesitar, ya se ha vuelto loco.
La escena del baile, con los movimientos rápidos y desprolijos
de la cámara, la actitud exaltada en contradicción
con su usual timidez, la música a un volumen altísimo;
Barton encuentra al mismo tiempo el éxtasis de su creación
y su locura (como si, en definitiva, fueran lo mismo). De hecho,
llega un momento en que el protagonista parece confundir realidad
con fantasía. Acaso la persecución kafkiana de los
policías sobre él, la imagen infernal de Charlie,
o incluso la muerte de Audrey, no sean ya producto de ese estado
alucinatorio en el que se encuentra.
De Génesis
El tema de la creación
en “Barton Fink” está constantemente presente.
Cuando el protagonista llega a Hollywood, Jack Lipnick, el dueño
de Capitol Pictures, lo recibe entusiasmado: “Queremos el
‘Barton Fink Feeling’”, “Esperamos grandes
cosas”.
Se pide la originalidad, pero
es una originalidad dirigida (“tenés que escribir
sobre tal cosa”). Por eso Barton dice “Estoy medio
perdido, quisiera que me indicaran lo que quieren”. Hay
un vacío en la comunicación, y es por eso que el
resultado a Lipnick no le gusta. El “Feeling” es Barton
escribiendo para sí mismo, pero Lipnick quiere que escriba
para él.
Desde Fink mismo, la originalidad
es considerada como alcanzar a captar esa esencia supuestamente
propia del “Hombre común”. En realidad, como
ya dijimos antes, es una falacia, porque su producción
consiste en volver todo el tiempo sobre sí. Desde ese punto
es original, en el sentido de que Barton mismo es un original.
Arcoiris esquizoide
Amarillos, verdes, ocres, etc.,
todos saturados, reforzando el calor y la sofocación que
genera el hotel, como así lo surreal del mundo en que se
mueve Barton. La prolijidad de la clase “culta” de
Broadway contrasta con la vulgaridad de Hollywood; pinceladas
gruesas, intensas, pinturas fauvistas que van aumentando su saturación
a medida que Barton profundiza su desesperación y locura.
Complementando los colores,
los ambientes están saturados de luz. La iluminación
resalta el maquillaje pálido de los actores, dándoles
una apariencia cadavérica. Solo Charlie y Barton poseen
color en las mejillas, están vivos. Hollywood es un infierno
poblado por muertos que caminan, y Barton es Dante descendiendo
círculo por círculo tentado por la pantera del éxito.
Os escucho
Voces deformadas, o caricaturescas,
refuerzan toda esta estética que apunta a lo extrañado,
a un mundo enrarecido, voces que se parecen al zumbido del mosquito
que molesta a Barton por las noches, y al que sólo conocemos
sobre el final. El papel se despega con un sonido líquido,
el timbre que no deja de sonar. Todo apunta a hacernos sentir
incómodos, hasta fastidiosos. Barton no nos dice: “Que
feo y desagradable es todo esto”. Se busca transmitir esa
sensación desde lo visual y lo auditivo, de trasladar el
universo sensible de Barton nuestros sentidos.
Ya lo hemos mencionado (esta
cuestión de decir “hemos” es medio esquizofrénica),
que vemos a través de los ojos de Barton, no tenemos forma
de comparar diferentes visiones del mundo. Y el suyo es el universo
del escritor que ha escrito su propia historia ya de antemano,
y así como la obra anticipa acciones, deseos y demás,
desde los espacios y estímulos visuales preparando al espectador,
anunciándole, lo que está por venir, ocurre lo mismo
con los sonidos.
Jamás Barton ve el
mar hasta el final (y ahí incluso dudamos de que sea verdad),
pero el sonido de las olas está presente, acompañando
el cuadrito de la habitación. Es sonido fuera de campo,
sonido que remite a. Es decir, existe como la contradicción
entre el encierro visual y la libertad que connota el rumor de
las olas. Por otro lado, tenemos los gemidos, también fuera
de campo, de la pareja haciendo el amor, que son un flash-forward
de los gemidos que luego se repiten con Barton y Audrey.
La historia ya ha sido escrita,
lo que hace Barton es “dramatizarla”, es el personaje
de su propia obra, siguiendo los caminos narrativos delineados
por él mismo. Los flash-forwards que percibe Barton, entonces,
no son más que el anticipo de una obra ya existente, la
suya. En otras palabras, podríamos decir que Barton está
encerrado en su propia obra, que reproduce hasta el infinito.
Técnica taoísta
de seducción
En
la pintura taoísta, para ponerlo de una forma un poco cruda,
se pintan las montañas arriba, una vegetación abajo,
y el medio queda vacío. El espectador es el que llena ese
lugar, dándole un sentido global al paisaje retratado.
En “Barton Fink”,
hay un elemento que es más que nada un juego con el espectador.
Barton acaba la película cargando una caja, que no sabemos,
versión oficial, si es suya o qué contiene. Ahí
tenemos un vacío. Pero como la pintura taoísta,
se ha pintado alrededor.
“Mientras tengas cabeza,
hay esperanza”, es el fallido de Charlie en un dialogo con
Barton. Audrey muere misteriosamente, y es Charlie el que se encarga
de ella (Barton se desmaya en el interín, produciendo una
elipsis en la cual no sabemos qué ha ocurrido con el cuerpo
de la musa muerta). Charlie se va y deja la caja a Barton. Más
tarde, se nos comenta que el robusto personaje es un asesino en
serie. Esas son las montañas y la vegetación alrededor
del vacío de la caja.
Así como en la pintura
taoísta vemos un río o una bruma espesa, porque
esa es la forma lógica en que se completaría un
paisaje semejante, los indicios recibidos nos llevan a suponer
que dentro del paquete podría encontrarse la cabeza de
Audrey.
Los Coen llenan todos los
espacios, de forma literal o a través de metáforas
audiovisuales. Entonces, ¿por qué dejar ese lugar
de vacío?
Lipnick ha pasado de amarlo a detestarlo, Charlie, el amistoso
vecino y asesino serial, se ha consumido junto con el hotel en
el incendio. Con el guión rechazado y un contrato esclavo
por cumplir, la escena final tiene a Barton en la playa que antes
sólo fuera una referencia sonora y visual a lo lejos. Ese
plano final, con Barton como nexo entre ambos, termina oponiendo
de forma poética el cielo abierto y el mar interminable
al espacio confinado de una caja de cartón. FIN.