Cine/ Thriller
/ Segunda Guerra - Crítica

“Black Book”: Los caminos
de Verhoeven
por Alex Loust
("Zwartböek", Holanda, Reino
Unido, Alemania y Bélgica, 2006) Dirección:
Paul Verhoeven. Elenco: Carice van Houten (Rachel
Steinn/Ellis de Vries), Sebastian Koch (Ludwig Müntze), Thom
Hoffman (Hans Akkermans), Halina Reijn (Ronnie), Christian Berkel
(general Käutner), Waldemar Kobus (Günther Franken), Derek
de Lint (Gerben Kuipers), Michiel Huisman (Rob), Peter Block (Van
Gein), Dolf de Vries (Sr. Smaal), Ronald Armbrust (Tim). Guión:
Paul Verhoeven y Gerard Soeteman; basado en un argumento de Gerard
Soeteman. Producción: San Fu Maltha, Jens
Meurer, Teun Hilte, Jos van der Linden, Frans van Gestel y Jeroen
Beker. Música: Anne Dudley. Fotografía:
Karl Walter Lindenlaub. Montaje: Job ter Burg y
James Herbert. Diseño de producción:
Wilbert van Dorp. Vestuario: Yan Tax. Duración:
145 min.
Paul Verhoeven, si uno se guía
por su carrera cinematográfica, lejos está de la mesura
y el balance. Como Ridley Scott, es alguien que ha aprendido a funcionar
dentro del sistema. Tuvo a su cargo “Vengador del futuro”
(1990), con Arnold Schwarzenegger, basado en el cuento de Philip
K. Dick, también “Starship Troopers”, otro film
de ciencia ficción plagado de excesos y con un discurso extraño,
con “Bajos Instintos” en el medio. También tuvo
en ese lapso dos pasos fallidos, como la desecrada “Showgirls”
y una remake de “El Hombre Invisible” (James Whale,
1933), en forma de thriller, y que en inglés tuvo el sugestivo
título de “Hollow Man” (traducido literalmente,
“el hombre hueco/vacío”). Lo curioso es que en
el caso de las caídas, el contraste con respecto a los films
exitosos reside, si uno toma la “forma” exclusivamente,
en que el director (por elección propia o imposición
del estudio) se queda en un lugar intermedio. Son relatos que nunca
terminan de encontrar su ritmo ni su intesidad.
Entra entonces “Black Book”, un
thriller basado en hechos reales sobre eventos sucedidos durante
la Segunda Guerra en Holanda. Una chica judía, después
de pasar por intentos fallidos para esconderse y quedar absolutamente
sola en el mundo, va a dar con un grupo de la resistencia holandesa.
Ahí, acepta participar de una misión que toma una
dirección inesperada cuando ella conoce y logra introducirse
en la vida de un alto oficial nazi. El objetivo inicial que es matar
a Hitler cuando venga de visita (o, cuando menos, asestar un fuerte
golpe a los nazis), pero este, a su vez, va mutando cuando los hechos
van modificando las acciones necesarias. En el medio, también,
el deseo de Rachel / Ellis (esta valiente suerte de Mata Hari) de
encontrar al traidor que acabó con su familia.
El guión que maneja Verhoeven no está
lleno de lugares comunes, sino que está plagado de ellos.
Gran parte del film presenta diálogos, más allá
de su calidad literaria, que hacen adivinar fácilmente lo
que habrá de acontecer a continuación. Los personajes
se presentan como maquietas, cristalizados en roles preasignados
por el propio género (thriller-bélico-melodrama; el
suspenso, la guerra, los buenos y malos). La protagonista está
elegida para los espectadores masculinos, con sonrisa dulce, labios
carnosos, rubia por necesidad y cuerpo escultural. Es prácticamente
imposible no simpatizar con ella y, desde ese lugar, no humanizar
a su amante nazi, Muntze, un galán alemán elegido
para el público femenino. Los personajes secundarios masculinos
son viejos, gordos, pelados o sospechosamente ambiguos. La acción
no para desde el inicio, no hay pausa, no hay, en ese sentido, silencio
dramático; todo va sobre rieles… en apariencia.
Verhoeven hace trampa permanentemente. Utiliza
una protagonista omnipresente (sólo está fuera de
plano en alguna ocasión aislada), con lo cual posiciona al
espectador en su punto de vista. Esto, lógicamente, limita
la posibilidad de este para poder “mirar a su alrededor”.
El “Black Book” del título no es exactamente
un McGuffin hitchcockiano, pero no anda lejos. Siendo el nombre
del film, no juega un rol preponderante en lo que es la construcción
del relato como tal. La proliferación de enunciados concretos
y explícitos en todos los personajes hace que, al funcionar
de forma tan estereotipada, se anulen unos a otros. La propia protagonista
queda “alienada”, siendo una sobreviviente. Actúa
de la manera que actúa, porque esta “afuera”.
La “moral” del relato queda horizontalizada, favoreciendo
la falta de equilibrio. Detrás de la apariencia tranquilizadora
del género, está la desestabilización como
esencia.
(a partir de acá, hay elementos comentados
relacionados con el final del film)
Esto está reforzado en el último
cuarto de película, cuando los nazis se rinden (enunciativamente
se presenta así y no como que los aliados vencen; es la derrota
de alguien lo que se remarca, no la victoria – de hecho, no
existe la victoria en “Black Book”). El universo cromáticamente
gris (en el cual resaltan Ellis y Ronnie, una amiga que juega como
personaje pívot) se modifica, se vuelve dual. El exceso pasa
ahora a quienes habían sido los oprimidos. Por un lado, está
el festejo (multicolor), por otro, el deseo irrefrenable de venganza
(tan oscuro como el nazi, e igualmente violento). Ellis, por esas
vueltas de su vida, queda ahora injustamente viviendo este último.
Cuando finalmente todo parece reestablecerse
como orden, es en realidad otro punto inestable. (otra vuelta de
tuerca propia del género)
Recordar que, hasta ahora, se nos ha hecho
simpatizar con la protagonista. Es en este momento, cuando el deseo
de verla vencedora se acerca a su clímax, que la forma en
que llega esto es a través de la crueldad. No hay justicia,
sino cruda venganza, filmada con la mayor naturalidad. Los dos planos
más estables y calmos de la película ocurren durante
este episodio. En apariencia, hay un equilibrio que vuelve, pero
no es así.
“Black Book” comienza con una
excursión de turistas que para en un Kibbutz israelí.
Ahí, Ronnie (el espectador llega con ella sacando fotos)
encuentra a Ellis, ya Rachel de nuevo. Cuando se despiden, Rachel
recuerda los eventos ocurridos un poco más de 10 años
atrás. Es 1956. Prácticamente todo el relato es un
flashback. Es a través de su memoria que volvemos. Flashback
falseado, porque hay dos escenas que ocurren “más allá”
de Ellis, que ella sólo puede reconstruir desde la imaginación.
El director, en esas dos escenas, manipula descaradamente al espectador,
le muestra situaciones que lo llevan a empatizar con más
de un personaje. ¿Por qué? Porque necesita la duda,
la horizontalidad, necesita la desorientación y el vacío
de la traición. ¿Para qué todo esto?
En los planos finales, el flashback acaba.
Es otra vez 1956. Las ondas tranquilizadoras del agua (agua que,
para Rachel, siempre precedió, extrañamente, a la
tragedia, como si la tierra en que se apoya no fuera su status natural,
sino la inestabilidad de la balsa). Rachel no está más
en Holanda, ni perseguida por los nazis ni por otros, sino en un
Kibbutz, en Israel, recordando. Sus hijos y su marido la buscan.
La cámara la sigue, jugando con sus niños. Seguridad,
estabilidad, justicia. La cámara panea, deja que vayan alejándose
en el plano, quedando sobre el margen izquierdo un anuncio, “Kefar
Stein”, el nombre del kibbutz, a lo que sigue, muy relacionado
con la trama, “construido con fondos de víctimas de
la Segunda Guerra”. Ahora la cámara se eleva y abre
otro poco el plano. Llegan soldados y comienzan a dispersarse y
ubicarse en el kibbutz. Es 1956, han pasado 8 años desde
la Guerra de Independencia; ahora comienza la Guerra del Sinaí.
Rachel, al volver de su estado de ensueño,
decía “estaba recordando el pasado, pero eso ya fue”.
Verhoeven destruye ese pequeño castillo de arena sin miramientos,
con una frase igual de explícita y desesperanzada: la que
conforman el anuncio del margen izquierdo y la entrada de los jeeps.
El espectador sale de su ensueño. Es
2007, no 1956 ni 1945. Eso era el pasado… Es 2007, no hay
guerras, ni persecuciones, ni imperios que invaden o compran traiciones,
ni hambre.
www.imaginacionatrapada.com.ar
31/8/2007
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