Cine / Acción
/ Espionaje / Thriller - Crítica

“Bourne Ultimatum”: Bond detrás
del espejo
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
(EEUU, 2007) Dirección:
Paul Greengrass. Elenco: Matt Damon (Jason Bourne),
Julia Stiles (Nicky Parsons), Joan Allen (Pamela Landy), David Strathairn
(Noah Vosen), Paddy Considine (Simon Ross), Scott Glenn (Ezra Kramer),
Edgar Ramírez (Paz), Albert Finney (Dr. Albert Hirsch). Guión:
Tony Gilroy, Scott Z. Burns y George Nolfi; basado en un argumento
de Tony Gilroy; sobre la novela de Robert Ludlum. Producción:
Frank Marshall, Patrick Crowley y Paul L. Sandberg. Música:
John Powell. Fotografía: Oliver Wood. Montaje:
Christopher Rouse. Diseño de producción:
Peter Wenham. Vestuario: Shay Cunliffe.
Hace dos films atrás,
nacía para la pantalla Jason Bourne, un asesino programado
de la CIA que de repente hace cortocircuito y se separa de la manada
intentando revertir el proceso de que ha sido objeto y encontrar
su verdadera identidad. Sus empleadores, lógicamente, comienzan
a esforzarse por eliminarlo, al haberse constituido en una amenaza
contra la integridad del programa secreto. Este mismo argumento
es el que se repite, con diferentes vueltas de tuerca y revelaciones,
a lo largo de la trilogía.
Dos observaciones. James Bond es el agente
secreto de la Corona Inglesa que salva al mundo. Buenos y malos
están bastante bien definidos y su utilización de
la violencia supeditada a las necesidades. Jason Bourne aparece
a principios del S.XXI, y se convierte en una bala perdida. No es
el salvador, sino un asesino de los “buenos” que recobra
la conciencia. Sus enemigos son aquellos que, supuestamente, combaten
a los “malos”. En realidad, han quedado igualados. Bourne
está solo, porque en realidad no hay “bandos”,
sino, a lo sumo, en el mejor de los casos, subgrupos dentro de los
grupos. El mundo es un lugar peligroso, pero no porque haya locos
de turbante o mafiosos rusos, sino porque los que se autoproclaman
defensores de la libertad son tan nocivos como la supuesta enfermedad
que dicen querer eliminar. Los ojos vigilantes dejan de ser protectores
para volverse potenciales victimarios; nadie está a salvo,
por más que piensa que no corre peligro.
Por otro lado, el Bourne del título
no existe. De manera simpática, Bourne suena, fonéticamente,
muy similar a “born” (nacer – nacido) y Jasón
es el nombre de un héroe mitológico que debe pasar
por múltiples pruebas para llegar a destino. En ese camino,
Jason es tanto agredido como ayudado por distintos dioses. Los dioses,
acá, son bien terrenales, y tienen su central en Langley.
La cuestión es que Bourne es una ficción nacida, un
real que existe y no existe. El protagonista se siente como la criatura
de Frankenstein, que no es nadie ni pertenece a esta tierra. El
redescubrir su conciencia no quita los asesinatos cometidos, y recuperar
su pasado se limita, en realidad, a encontrar alguna forma de explicación
para el presente, sin que esa luz ilumine algo necesariamente bonito.
Este último Bourne, del afiche más
cercano a la publicidad que a la cinematografía, no parte
de un momento de reposo, como los dos primeros. En la primer entrega,
el “orden” provenía del no cuestionamiento de
su status. En la segunda, de haber encontrado una suerte de oasis
geográfico, pero también con una mujer. Acá,
el inicio ya es el caos. No hay más resquicios donde esconderse,
ni lugares donde ir. Ya la horda persigue sin misericordia con sus
antorchas al monstruo producto de su imaginación, pero que
ahora no quieren aceptar ni mirar, porque ha quedado corrido del
eje.
Este Bourne busca llegar al punto donde todo
comienza. Para eso, como ocurre anteriormente, se cruzan personajes
conocidos con otros nuevos. Las persecuciones y las luchas se multiplican.
Bourne es como el Terminator, un cuerpo máquina que se activa
ante la necesidad de violencia, y que transporta un alma que se
ha vuelto, hasta cierto punto, anónima. En una charla, Bourne
dice “he intentado pedir disculpas a las víctimas por
lo que hice, pero no alcanza”.
Bourne corre desesperadamente hacia el origen,
como si este pudiera expiarlo de todo lo demás. Es invencible
porque tiene un propósito, un deseo, viejo recurso para diferenciar
dos fuerzas iguales. Sus pares (otros asesinos programados) sucumben
ante él porque carecen de una potencia interna que los movilice;
no tienen motor, sino simplemente alguien que los empuja. Pero,
¿qué pasaría si ese origen no fuera el esperado?
Flashbacks y personajes del pasado se entrecruzan en ese trayecto,
volviéndolo ambiguo, no definido.
El film pertenece al género acción
y espionaje (con lo cual debe cumplir con una serie de requisitos
al nivel de la trama), pero no deja de tener vueltas que lo exceden,
como contener un personaje que no encaja por ningún lado.
Se lo nombra por aquel que no es su nombre (que, además,
él ya sabe que no lo es), se lo persigue por lo que significa,
no puede vivir tranquilo porque recuerda los crímenes que
ha cometido, pero tampoco puede morir; es decir, Bourne, en ningún
momento, contempla el suicidio. Tampoco puede acudir abiertamente
a la justicia, porque esta funciona dentro del mismo sistema del
que él es producto. Lucha contra la institución que
lo creó, pero permanece vivo, como símbolo de lo que
realizó para ellos. No es posible, en ese sentido, un real
final, ni una identificación total con un asesino a sangre
fría confeso.
Por eso, el plano final es muy significativo,
pero convive con otra escena “enlatada”, utilizada ya
mil veces, donde el relato elige el camino de la explicación
de “la manzana podrida”; no es el sistema el que está
mal, sino un grupo de hombres dentro de él que lo utilizan
para propósitos non sanctos. La estructura, de esta manera,
no es alterada, sino sólo los nombres. Por eso, en algún
punto, es posible decir que, dentro de esta ficción propuesta,
Bourne no puede morir.
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7/9/2007
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