Cine - Ensayo

Cine y Genocidio: Sobre la (im)posibilidad
de representación
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
y Florencia Guglielmotti florenciagu@gmail.com
Imagen por Diego Braude
La deshumanización sistemática
de los campos de concentración, el horror indescriptible
de lo que implica el genocidio, parecen caer en un hueco dentro
de la experiencia humana. Partiendo de los planteos de Tzvetan Todorov
y de Slavoj Zizek, de necesidad e imposibilidad de representación,
abordamos cuatro films y sus formas de aproximación a la
historia como hecho concreto y narrable o como pensamiento simbólico
a construir a través del relato: “Noche y Niebla”,
de Alain Resnais, “La Lista de Schindler”, de Steven
Spielberg, “El tren de la vida”, de Radu Mihaileanu,
y “Ararat”, de Atom Egoyan
“La mente humana reclama la forma”,
dicen David Bordwell y Kristin Thompson (1996, 41). Desde siempre,
el hombre ha intentado darle forma a sus ideas, a sus sentimientos,
a sus experiencias. La imposibilidad de la forma era para los griegos
el horror vacui (el horror al vacío). En el Antiguo Testamento,
Jehová dice “Soy el que Soy”, dando a entender
su irrepresentabilidad, pero es el propio texto bíblico el
que le da un “envase”, una existencia concreta que los
lectores o los creyentes puedan entender. Como religión nueva,
el Cristianismo, a pesar de seguir los lineamientos originales del
Judaísmo, adoptó las múltiples imágenes
paganas para sumarlas a su propia mitología. Los horrores
de, por ejemplo, la Inquisición, tomaron forma a partir de
los relatos o de obras como las de Goya, pero entraban en cierta
lógica social, religiosa y política, reprochable pero
evidentemente aceptada hasta cierto punto.
Ahora bien, el problema lo encontramos cuando
llegamos a lo que se cataloga como “genocidio” (la eliminación
masiva, planificada y sistemática de una población,
etnia o grupos puntuales). Dentro del relato humano moderno, el
hombre evoluciona, crece, madura. El Iluminismo y el Positivismo
del S XIX, al margen de convivir con posturas etnocentristas, propugnaban
el progreso humano (social, económico, político, cultural).
La idea de genocidio dentro de este mundo moderno estaba, por ende,
dentro de lo inconcebible. La Primera Guerra Mundial, bautizada
“la guerra que acabaría con todas las guerras”,
produjo tal desilusión bélica entre las personas que
no era esperable otro conflicto aun peor dos décadas después.
Ricoeur (1995) afirma que la historia (en
tanto tiempo transcurrido) sólo es posible a través
del relato y la memoria es el lugar de ese relato, es el lugar simultáneamente
subjetivo y colectivo de la narración que forja la identidad
particular y grupal. Los dos grandes genocidios del S XX, no los
únicos, pero los bautismales, son el Genocidio Armenio y
el Holocausto Judío (principalmente judío, aunque
la lista de objetivos de “limpieza” incluyó presos
políticos, homosexuales, enfermos, viejos, niños,
mujeres embarazadas, gitanos, etc., etc., etc.). El primero, particularmente,
encarna lo que quiso ser el segundo, el ejemplo de la desmemoria,
de la ausencia de relato, es decir, retomando lo que dice Ricoeur,
la inexistencia de esa porción de historia. No simplemente
de una tergiversación sino de su simple exclusión
de la narración colectiva.
Por medio de la construcción del relato
aparece la obra, en nuestro caso la cinematográfica. Para
Bordwell y Thompson (1996), forma y contenido son parte de una estructura
global (la forma) que necesariamente debe interactuar con el espectador,
formando entre ambos un circuito cerrado. La obra ofrece pistas,
organizadas en sistemas, para que el espectador pueda decodificarla.
Dentro de un film se pueden reconocer elementos narratrivos (conforman
la historia de la película) y elementos estilísticos
(modo de utilización del lenguaje cinematográfico).
En el caso que nos compete, podríamos decir que los elementos
narrativos son básicamente los mismos: el Holocausto (la
lucha por la supervivencia, el horror, etc.), y que la gran diferencia
se encuentra a nivel de los elementos estilísticos (variedad
de géneros, uso de la cámara, del color, etc.).
En términos de Christian Metz (1972)
serían las propiedades substanciales del contenido de los
films (esencialmente, el tema) y la organización formal de
las mismas (no es lo mismo tratar el Holocausto en tono de comedia
que en forma de melodrama o tragedia, por ejemplo). Al mismo tiempo,
los films difieren en la organización formal de los medios
de expresión (los movimientos de cámara, el montaje,
etc.).
Entonces, el conflicto que genera el genocidio
moderno es que, precisamente, por sus características y por
la mística que se ha generado sobre sí mismo, se ubica
dentro de lo irrepresentable. Así, el autor, el realizador,
se enfrenta a la disyuntiva de cómo representar, como darle
forma a aquello que en realidad, por inexplicable, estaría
dentro del horror vacui griego.
Aquí es necesario realizar un excursus
para aclarar qué se entiende por representación. En
“Pensar la imagen”, Santos Zunzunegui (1992) afirma
que en todo acto perceptivo se involucra el sujeto perceptor. Así,
la decodificación de las imágenes se enfrenta al problema
de los condicionamientos culturales. En cualquier mente humana el
proceso de percepción es idéntico, lo que difiere
es el contenido debido a que éste refleja “hábitos
inferenciales preceptuales diferentes”; por ejemplo:
poder simbolizar tres dimensiones en dos (como en el caso del cine,
la perspectiva pictórica o la fotografía), las diferencias
en la percepción del color, etc.
Ahora bien, conviene diferenciar la percepción
del espacio de su representación, pues la representación
del espacio no deriva unívocamente de la percepción
del mismo. El método dominante de representación del
espacio impuesto en la historia moderna de la cultura occidental,
la perspectiva artificialis, posee, sin lugar a dudas, un carácter
convencional. La primera definición de perspectiva artificialis
hace referencia al arte de representar los objetos sobre una superficie
plana de manera que la representación sea similar a la percepción
visual de dicho objeto (representación de la tridimensión
en la bidimensión). Sin embargo, las dos hipótesis
subyacentes de la representación en perspectiva, con la que
se busca la representación de un espacio racional, homogéneo,
infinito y constante, son falsas: la primera de estas hipótesis
afirma que se mira con un sólo ojo inmóvil cuando,
en realidad, nuestra visión es binocular; la segunda, sostiene
que la intersección de la pirámide visual es plana
perdiendo de vista que nuestra retina es curva. De este modo se
confirma el carácter convencional de nuestra forma de representar
el espacio.
Además, tal como sostiene Ángel
Quintana (2003) las leyes culturales de cada época imponen
formas concretas de construcción de la realidad. La representación
pictórica (u otro tipo de representación) parte de
un proceso de implicación del creador frente a la realidad:
el sujeto selecciona la porción de realidad a ser representada,
la ordena y la ubica en un universo simbólico coherente.
Así, la representación de la realidad no se halla
determinada por la verdad del mundo que sirve de referente, sino
por las convenciones representativas y los recursos estilísticos
que caracterizan a cada cultura, a cada período y a cada
realizador. Es decir que ningún film constituye una garantía
de verdad del mundo ya que desde el momento que el artista manipula
el mundo mediante la puesta en escena y el montaje, se pierde la
relación analógica con el referente (mundo) para crear
un universo nuevo y verosímil. Fin del excursus.
El relato novelesco, que caracteriza a la
mayoría del cine de preguerra y gran parte del de posguerra,
no puede abarcar el horror del genocidio. Los géneros no
pueden incluir aquello que los supera… las estructuras narrativas
que los conforman no tienen cómo contener la complejidad
del tema, excede la posibilidad de lexicalización del hombre
y, por eso mismo, resulta irrepresentable en toda su magnitud, en
todo su horror, más allá del género con el
que se intente representarlo(1) . Obviamente, la
simplificación típica del cine hollywoodense permite
la producción de numerosos films bélicos donde el
enemigo es claramente identificable como “el nazi malo”
en lucha contra “el aliado bueno”, “el judío
víctima”, etc. El asunto es que en esos casos, el “tema”
no es el genocidio sino la guerra, ubicándonos en el género
bélico. Abordar el Holocausto implica preguntas mucho más
amplias y un tratamiento que a su vez permita la construcción
de un relato de lo inenarrable.
Nuestra selección de films muestra
diferentes tomas de posición con respecto al tema del genocidio.
Un documental, un drama, una comedia, y un film que atraviesa a
los otros tres, planteando explícitamente las preguntas que
los otros incluyen en sí mismos pero prefieren no pronunciar,
o simplemente ignorar.
“Noche y Niebla”, Resnais y
el documental
Por un lado, el documental, “Noche y
Niebla” (Alain Resnais, 1955), el más próximo
a los eventos de la Segunda Guerra, se plantea de la mano de su
director precisamente cómo representar lo irrepresentable.
El género elegido está en correlación directa
con lo que habitualmente se entiende por la construcción
o reconstrucción “objetiva” de un relato(2)
. Filmado en 1955, el film regresa con la cámara color a
los campos de concentración resignificándolos o, mejor
aun, enmarcándolos en un contexto de sentido. A ello Resnais
opone el material de archivo, en blanco y negro, y una voz en off,
que relata, pregunta, opina, a partir de un texto poético.
La mirada color sobre los campos vacíos expresan la imposibilidad
de recuperar la realidad del tiempo pasado.
El
material de archivo en blanco y negro, fragmentos de memoria, voyeurismo
sobre el horror, mucho ha sido filmado o fotografiado por los propios
nazis (así como hoy en Irak los marines norteamericanos se
sacan fotos con cadáveres o con presos torturados). El blanco
y negro es, en contraposición con el color, el archivo, lo
“objetivo”, lo “real”, pero conserva en
sí mismo también un dejo de irrealidad qenerado por
el propio formato (a partir, nuevamente, del contraste con el color).
La alternancia generada por el montaje entre los espacios vacíos
en color y los llenos del monocromático produce cierta construcción
onírica… ¿cómo explicar que todo eso
realmente sucedió? No hay entrevistas en presente, como si
el director considerara que el mero relato humano no puede reproducir
lo que las imágenes muestran. En este sentido, al mostrar
el interior de los barracones el relator afirma: “Ninguna
descripción ni ninguna imagen pueden revelar su verdadera
dimensión, sólo un temor interrumpido”.
Por lo tanto, a pesar de tratar al tema desde el documental Resnais
sostiene manifiestamente la imposibilidad de representación
del Holocausto.
Así, las palabras de construcción
poética del narrador chocan con la dureza de las imágenes,
las cargan de sentido o, por el contrario, hacen explotar, precisamente,
su sinsentido. Son una toma de posición, es la orientación
de la narrativa en una determinada dirección. El documental,
por definición, no tanto ahora pero sí en el momento
de la realización del film, es el género más
“objetivo”, el que recupera en forma más pura
los acontecimientos para otorgarles alguna forma de racionalidad.
Resnais pareciera dar a entender que dicha racionalidad es imposible,
que no es factible dar forma al horror sin tomar una posición
frente a él. Quiebra las reglas del género e impone
las propias. El contraste absurdo que producen las palabras literarias
frente a las imágenes que discurren (la dialéctica
entre el “cómo se debe realizar un documental”
y la postura personal frente a esas reglas), es precisamente la
síntesis de lo que estaría buscando Resnais.
“La Lista de Schindler”, el
héroe salvador y la necesidad de un relato contenedor
Realizada cuarenta años después,
“La Lista de Schindler” (Steven Spielberg, 1993), produce
otro tipo de juego dialéctico. Ya para ese entonces, otros
films, entre el documental, el drama bélico y el testimonial,
han modelado una manera de aproximación al tema. Como punto
de partida, tenemos un relato individual (el de un “salvador”,
como diría Tzvetan Todorov; 1993), y una resolución
formal que opta por el blanco y negro estilizado. El blanco y negro
está asociado, por anacrónico, con el testimonio (con
lo “objetivo”, como en el caso del documental de Resnais),
pero también con el pasado. Fuera de eso, desde lo narrativo
particular, más allá de si es real o ficticio, el
camino de Oskar Schindler está entre el del héroe
tradicional (que lucha por abstracciones) y el de la caridad (dar
sin esperar nada a cambio). De individuo egoísta pasa a perder
su fortuna para salvar a todos los judíos que pueda, de capitalista
a altruista.
Lo terrible, el horror, encuentra entonces
su forma en el relato de Schindler, y Spielberg logra construir
la oposición, como en los viejos films bélicos, entre
los nazis malvados y los buenos o reformados como Schindler. Tanto
Todorov (y los testigos a quienes él cita) como Zizek coinciden
en que la experiencia del campo de concentración entra en
otro terreno, mucho más complejo, donde se construyen y se
destruyen individuos. La simplificación implica la subestimación
del proceso. De hecho, ambos autores señalan que lo que causaría
más horror (visto en perspectiva) es que Hitler y sus subalternos
no tendrían nada extraño en su personalidad, sino
que serían gente común. Todorov cita a Primo Levi:
“Los monstruos existen pero son demasiado poco numerosos
para ser verdaderamente peligrosos; los que son realmente peligrosos
son los hombres comunes”.
Puede
argüirse que el fin último de Spielberg no es realmente
el abordaje del genocidio como tema (la anécdota de un héroe
puntual en este caso lo exime de la generalidad, sólo boceteada
a través de los frescos de crueldad nazi que abundan en el
film), sino llegar al espectador (recordemos que la obra sin espectador
es una falta) en forma didáctica, apelando a través
de códigos probados a la emocionalidad del público
(la niña del saco bordó, saco que luego aparece en
una pila de cadáveres; el intento infructuoso de fusilamiento
del Rabbi; el manierismo de Ralph Fiennes). No tiene que ver con
una idea de verismo, todos los elementos anecdóticos del
film, de hecho, pueden ser reales. Tiene más que ver con
que el director elige detenerse en esto (en los código efectivos),
sin explorar lo que se halla detrás. Ver a un ser siniestro
es, hasta cierto punto, tranquilizador, porque el Mal toma cuerpo.
El dilema del genocidio es, precisamente, su descorporeización,
al margen de la práctica concreta de la crueldad y la violencia.
En este sentido, “La lista de Schindler”
elige la linealidad, la construcción paulatina de un relato
que en el fondo no tiene obstáculos, sino simplemente puntos
de stop. El propio título refiere a lo puntual y no a lo
colectivo oculto detrás. Hay una decisión expresa
de darle forma en esta dirección. La fragmentación,
la contradicción que perturba a Resnais, en Spielberg se
hace coherente al estructurarse como narración lineal y causal.
La escena final, en color y con los sobrevivientes yendo a la tumba
real de Schindler, busca reafirmar precisamente la idea de testimonio,
resaltando aun más la figura del salvador. La memoria que
construye Spielberg está basada en una necesidad imperiosa
de dar forma coherente al vacío. Al polarizar los personajes
(la arquetípica distinción entre buenos y malos) y
centrarse sobre el camino del héroe, consigue su objetivo,
encuentra la explicación lógica para la narración.
Ante el horror él opone la figura del salvador y los demás
personajes giran y crecen en torno a su capacidad de virtud, a su
capacidad de inspirarlos, a su intención de salvarlos.
“El tren de la vida”, la risa
como resistencia, el relato como hiato
“El tren de la vida” (Radu Mihaileanu,
1998) si bien no es la primera en su tipo, de todos modos cabe la
pregunta de cómo es posible hacer una comedia sobre el Holocausto,
cómo es posible reír frente al abismo. El documental
se apoya en su status de documento como forma de memoria, incluso
dentro de la postura expresamente subjetiva que adopta con Resnais.
El drama, como en el caso de Spielberg, busca envasar lo terrible
dentro de una linealidad narrativa que permita cierta coherencia
racional aun dentro de lo extremo (así como en su momento
lo hiciera la miniserie Shoá). La comedia, por contraposición,
se apoya en el absurdo; en vez de renegar de lo inexplicable, es
en ese lugar precisamente donde arma su base. En el caso de “El
Tren de la vida” y como manera de resaltar este hecho, el
narrador es el loco del pueblo (no el idiota, sino el loco) quien
inicia el relato diciendo: “Estos son los hechos verdaderos
que ocurrieron en mi pueblo en 1941”. Contradicción
en sí misma, puesto que partimos de la base de que un loco,
por definición, tiene una visión muy particular sobre
aquello que se dice verdadero o sobre lo que es la realidad. El
resto de la narración, con mucho absurdo y mucho humor judío
(que suelen ir de la mano, puesto que el humor judío suele
apoyarse en las paradojas de su propia idiosincrasia), transcurre
casi sin problemas. Lógicamente, no es de esperar de un loco
un relato serio y coherente.
Pero, desde el momento en que Schlomo explicita
su decisión racional de aparecer como loco (él mismo
afirma: “el puesto de Rabbi ya estaba ocupado”)
como una forma de evasión (el loco no tiene lazos emocionales,
por ende está exento de sufrimiento), el punto de vista sobre
la historia necesariamente cambia. En un mundo absurdo (la violencia
que es violencia por el color de piel, por el uniforme, por el acento,
donde los hombres parecerían niños jugando a los soldaditos),
es únicamente el loco el que puede ver las cosas con otros
ojos. Comunistas, nazis, judíos, gitanos, la resistencia
francesa, niños crueles envueltos en conflictos ridículos
donde todos terminan muertos. Afirma Schlomo: “La pregunta
no es si existe Dios, sino si existe el Hombre”…
la mirada del loco es subversiva. La forma de aproximarse al Holocausto
es a través de la subversión de su relato; no pudiendo
aprehenderlo desde lo racional, desde la reflexión, llega
a ésta desde el ridículo.
El
film juega permanentemente con las máscaras. Uniformes, incluso
simples gorros, como en los dibujos animados de Bugs Bunny con Elmer
Fudd, permiten o parecen implicar el cambio de personalidad. Los
terribles nazis de golpe se transforman en meros hombres vestidos
de uniforme, el discurso de un improvisado stalinista en un complejo
de inferioridad. El mal, como dice Todorov, no es algo supraterrenal,
sino que se halla potencialmente en cada uno de nosotros, algo absolutamente
humano, mortal y finito. Como en un espejo, esto no sólo
funciona para desacralizar la figura malvada del Nazi, sino que
opera al construir un mayor nivel de responsabilidad frente a la
Historia y a la historia de cada uno de nosotros. Siendo un ser
potencial, el ser humano entonces no puede escapar a la responsabilidad
de sus elecciones y decisiones frente a la vida.
Sin embargo, no sólo se utiliza el
absurdo como salida para hablar del vacío. Frente al campo
de concentración que deshumaniza, que despersonaliza, la
risa es muestra de humanidad, de voluntad, de resistencia. Frente
al vacío del campo, el relato absurdo escapa de los alambres
de púa; frente al borramiento del rastro humano, la risa
lo devuelve, precisamente por imposible. Forma de resistencia, puesto
que permanecer como individuo es exponerse al castigo. Subversión
y burla de los guardianes, como el carnaval medieval lo era de los
valores oficiales. La risa, el relato apoyado en el ridículo
no es, como en el documental, la memoria-archivo de los hechos,
ni tampoco el recuerdo de lo sucedido como en el drama, sino la
memoria del ser.
La escena final, con un zoom out, finalmente
contextualiza el lugar desde donde Schlomo relata la historia: un
campo de concentración. No es el recuerdo de un pasado, sino
la construcción de un presente alternativo. Schlomo no es
depositado al final de la guerra, sino en el medio, sin saber siquiera
qué habrá de ocurrir, lo que refuerza la idea de resistencia
frente a lo insoportable. Es la locura no sólo como evasión,
sino como decisión hasta ideológica y política
frente al campo que lo apresa, que lo destruye como ser humano.
Principio y final, de esta manera, pasan a funcionar simbólicamente
como un claroscuro con respecto a todo el desarrollo, resignificándolo
y potenciándolo. El desarrollo, por ende, se convierte, de
alguna manera, concientemente o no, como resistencia, en una falta.
“Ararat”, los mil caminos de
la memoria
Finalmente, “Ararat”
(Atom Egoyan, 2002), por su parte, atraviesa a los otros tres films.
Egoyan desiste de la linealidad, de hecho pareciera, en lo que a
la construcción de la memoria se refiere, que la considera
una imposibilidad. El montaje lineal de Spielberg que busca hasta
cierto punto borrar la idea de autor (de hecho, en una entrevista
que se le realizó en Cuba hace unos años, Spielberg
se mostró sorprendido cuando alguien le mencionó que
se lo consideraba tal), pretende dejar una falsa idea de objetividad,
de relato que avanza sólo, con un narrador omnisciente, montaje
transparente y todos los atributos de una verdadera película
hollywoodense. Egoyan, en cambio, hace estallar esa estructura.
En “Ararat”, los relatos se yuxtaponen y superponen
todo el tiempo, impidiendo alejarse de la idea de tejido narrativo(3)
. Los hechos particulares remiten, ineludiblemente, a los colectivos
y estos, a su vez, regresan y le hablan nuevamente a lo particular.
Los personajes de “Ararat” son individualidades pero
al mismo tiempo figuras que funcionan simbólicamente entre
sí.
Las
preguntas que se hacen Todorov y Zizek están precisamente
en el centro de la construcción del film. En la película,
otra película intenta aproximarse a los eventos del genocidio
armenio, poniendo en la superficie el problema de la reconstrucción.
¿Qué se trae de vuelta? ¿Los hechos? ¿Su
esencia? ¿No debería imperar la búsqueda de
la verdad? Pero, ¿cómo representar una verdad que
es irrepresentable? Martin Heidegger a través de los conceptos
de Tierra y Mundo explica que la obra debe ocultar para poder mostrar,
porque si realmente deseara mostrar, terminaría ocultando.
Es como cuando Antonin Artaud atacaba el exceso de texto en el teatro
a favor de una menor cantidad y de una mayor capacidad poética
del mismo.
Egoyan se coloca como bisagra de todas las
puertas que abre el pintor Arshille Gorky. Siempre nos queda claro
cuándo se está en la ficción construida y cuándo
en la ficción del primer nivel (las de los personajes “reales”),
pero con el artista nunca lo sabemos: es un tercer nivel de representación,
es enunciación pura, es el realizador (Egoyan) hablando de
la obra a través de la obra. Ninguno de los personajes puede
entender realmente por qué Gorky borró las manos de
su madre. Egoyan ensaya una respuesta, sabiendo que es una interpretación,
que la construcción de la memoria no trae respuestas absolutas
y que ahí radica su tragedia. Recordar su holocausto a través
de las distintas líneas narrativas que propone no le traen
ninguna solución cien por ciento concreta, ninguna es tampoco
un callejón sin salida; todas no hacen otra cosa más
que abrir nuevas puertas, simultáneamente hacia el pasado
y hacia el presente.
Aquello que Resnais planteaba dialécticamente
enfrentando imagen y texto, Egoyan lo busca a partir de la confrontación
de los diferentes textos y de la inclusión, voluntaria o
involuntariamente, de la dimensión mítica como esencial
para la estructuración del relato colectivo. La particularidad
del genocidio armenio, a diferencia del holocausto judío,
es que durante varias décadas fue ignorado y que al día
de hoy el gobierno turco lo sigue negando. La no aceptación
implica la no clausura de la narración. Si no hay clausura,
el horror sigue transitando fuera del relato, no sublimado, sin
capacidad ni posibilidad de ser lexicalizado.
A través de la fragmentación
poética, Egoyan plantea precisamente la dificultad de unir
todos esos trozos para conformar una estructura coherente. Y, sin
embargo, no logra encontrar respuestas a todas sus preguntas. El
film dentro del film, que también se llama “Ararat”,
tiene su premier, su puesta en escena, en una franca contradicción
con su contenido (es un festejo, ¿pero festejo de qué?),
y tampoco queda del todo claro hasta dónde la licencia poética
respondió a una necesidad de la obra(4)
(darle forma inteligible a lo informe) o simplemente a una estructura
dramática para generar el interés en el espectador
(como el saco bordó de Spielberg). Si es así, ¿significa
que es imposible, como dice Zizek, la representación del
holocausto y entonces sólo se puede aspirar a utilizarlo
como motivo narrativo?
La historia de Rafi y de Celia se centra en
la búsqueda de sentido del relato personal, en el caso de
Rafi a través de la conexión con el colectivo que
le es ajeno (son las generaciones de los hijos de los hijos del
holocausto). Pero ese sentido, ¿hasta dónde es una
conexión con el pasado y el holocausto, y hasta dónde
es una explicación que permite sublimarlo para seguir adelante?
Sin la sublimación, sin embargo, parecería que sólo
subsistiese el vacío (en forma de odio, en forma de temor),
la imposibilidad de comunicación, la fractura.
Salvo
la comedia, Egoyan incluye numerosos géneros en “Ararat”,
confrontándolos en tanto organización formal que dan
forma al contenido (propiedades substanciales). Y acá, nuevamente,
tampoco encuentra una respuesta definitiva. Cada género le
permite abordar un ángulo distinto, pero en ninguno puede
terminar de explicar, de dar forma, a la experiencia del genocidio.
Exactamente como afirma Zizek, no hay género (ni relato en
general) capaz de permitir la representación de algo que
cae fuera de la organización simbólica de un sujeto;
porque si nos enfrentamos a un horror tal como el del genocidio
nos convertimos en una especie de muerto en vida, sujeto aniquilado
cuyo universo simbólico (lo que nos sostiene como sujetos
de una sociedad) se desbarata, el grado cero de la humanidad…
quién ve algo así ya no puede ver: en el film, una
testigo le relata al Dr. un episodio en el que los turcos toman
a un grupo de mujeres para obligarlas a bailar semidesnudas y, finalmente,
quemarlas vivas; al finalizar el relato la testigo le pregunta al
Dr: “¿Qué haré con mis ojos?”.
Egoyan no da respuesta en su film, los testigos de los genocidios
tampoco hallaron salida… salvo en algunos casos: el suicidio.
Es quizás a partir de esta angustia de imposibilidad que
el film llega, precisamente, a encontrar su forma en el relato:
el relato imposible.
1- Seguimos, en este sentido,
lo expresado por Slavoj Zizek (2002) acerca de lo inapropiado e
insuficiente que encuentra tanto a la comedia como al drama cinematográficos
para abarcar la inconmensurabilidad del genocidio.
2- Jaques Aumont afirmar que
la imagen documental también participa del placer de la creación
y la invención: los realizadores nos muestran su mirada a
la vez que nos muestran el mundo. De este modo se confirma que la
transparencia, que la objetividad de este tipo de imágenes
es una ilusión.
3- En este sentido, siguiendo
a Roland Barthes (1987), estaríamos frente a un texto y no
a una obra.
4- Saroyan (el director del film
que se realiza dentro de la película) se niega a retirar
al monte Ararat (es un fondo pintado) de una imagen de Van: lo interpelan
diciendo que no se ve desde Van (es decir que no sería verdadera
dicha vista) pero al director no le interesa si es o no verdad,
en su visión de mundo, en la que está plasmando en
la obra, puede estar el monte Ararat: es una “licencia poética”,
afirma; dentro de la ficción es verosímil.
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www.imaginacionatrapada.com.ar
28/7/2006 |