Cine / Drama
- Crítica

“Como mariposas en la luz”:
Irse, quedarse, nada es tan fácil, nada es tan imposible
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
(Argentina/España, 2005) Director
y Guión:Diego Yaker Elenco: Lucas
Ferraro (Diego), Josefina Viton (Vanesa), Pepe Novoa (Enrique),
Lidia Catalano (Teresa), Atilio Pozzobón (Felipe), Cristina
Brondo (Laia), Gonzalo Freijo (Pablito), Producción:
José Antonio Ciancaglini Asistente de Dirección:
Adrián Tagliabue Fotografía: Lucas
Schiaffi Cámara: Federico Rivares Dirección
de arte: Didac Bono Sonido: Nerina Valido
Jefe de Producción: Pablo Morgavi Vestuario:
María Reyes Duración: 106 min.
El éxodo ha sido una constante de este
país, ya por décadas. La sensación de un lugar
que no sólo no cuida a su propia gente, sino que, eventualmente,
se las ingenia para echarla. Frente a ese panorama están
quienes confían en, con esfuerzo, resistencia y creatividad,
pelearla para ir cambiando la cultura. Y también están
quienes ven en el exilio la única posibilidad de progreso.
Estados Unidos y Europa suelen ser los destinos elegidos, con las
ilusiones como zanahorias que guían el camino. Con tantas
historias de éxito, sin embargo, comenzaron a llegar también
las de aquellos que no sólo no se hallaban, sino que tampoco
lograban nada que se asemejara a una consolidación económica,
estando expuestos a las vicisitudes de cualquier inmigrante sudaca
que quiera colarse por la puerta de atrás del Primer Mundo.
Ya Juan José Jusid había ensayado
con la obra de Nelly Fernández Tiscornia, “Made in
Lanús”, esta cuestión del exilio visto como
venturoso (o, a veces, incluso como traición) por los que
se quedan, y enfrentado de otra manera por los que lo viven. Más
recientemente, la maltratada (por los encargados de la programación
de canal 13) miniserie de Campanella, “Vientos de Agua”,
puso precisamente el tema como eje central (y de cómo los
procesos migratorios se habían invertido). Un país
conformado esencialmente por inmigrantes que, con el tiempo, se
ha convertido en uno de emigrantes. Diego Yaker, en su ópera
prima, lo aborda desde su natal Mar del Plata y con personajes que
oscilan entre la reconstrucción, el costumbrismo, y una suerte
de road movie (donde el “road”, el camino, es el propio
proceso de emigración).
Diego es un joven que ha quedado desempleado
y va juntando changas como forma de sumar unos pesos. Es el 2001,
la crisis está en su punto de clímax. Mar del Plata,
inundada de turistas durante el verano, es un lugar donde el resto
del año es un permanente proyecto de ciudad a medio terminar.
La empresa pesquera de la cual viven gran parte de los habitantes
está a punto de declararse en quiebra. Muchos han sido despedidos
y la acción ha levantado una ola de protestas que culmina
con la creación de una carpa permanente en la puerta de la
pesquera. Están aquellos que se adhieren a la protesta casi
piquete y aquellos que siguen entrando a trabajar, como Enrique
y Vanesa (padre y hermana de Diego). El conflicto entre compañeros
y colaboracionistas, entre posturas ideológicas y/o estratégicas.
Nada es blanco o negro. Lo único claro, es que en el horizonte
de Diego parecen haber pocas posibilidades. Su mira está
puesta, entonces, en un viaje a Barcelona, para el cual viene ahorrando;
irse a España para empezar de nuevo, como su abuelo catalán
cuando llegó a la Argentina.
Yaker va construyendo a sus personajes en
esta primera mitad de película a partir de los detalles (trabajar
con el mundo que se conoce en lugar de inventar uno lejano y distante),
de la “noia” o abulia de los personajes jóvenes
(al punto que el mejor amigo de Diego acepta enrolarse en el ejército
español con tal de acelerar el trámite), sin expectativas
de ningún tipo más que sobrevivir. Mar del Plata llegó
a ser uno de los grandes focos de desocupación y emigración,
sobre todo de las generaciones jóvenes.
Los adultos se encuentran con un renacer del
compromiso a partir de estar contra la espada y la pared, pero sin
reales esperanzas de cambio. Recuperar los puestos de trabajo no
quita que, de todos modos, sean mal pagos, en condiciones insalubres
y sin posibilidades de crecimiento. En el medio, aparecen también
los inmigrantes del resto de Sudamérica que han venido a
la Argentina precisamente buscando mejorar su situación y
se encuentran ubicados (representado de forma algo estereotipada)
muchas veces en los trabajos que los locales prefieren no tomar.
Todos, como pueden, tratando de mantener una idea de dignidad y
humanidad pese a todo, como si fuera el último resquicio
que no debe perderse, y con la esperanza de eventualmente poder
construir algo hacia delante.
En todo este primer tramo, Yaker deambula
con sus personajes, humanizándolos, observándolos.
Trata a partir de los diálogos de extraer sus características
y aquellos prejuicios casi cliché que forman parte de nuestro
hablar y de las concepciones que nos conforman (de hecho, ya son
generaciones que crecen con la imagen de que sólo se puede
triunfar en el exterior, y que esto, a su vez, es relativamente
sencillo). A pesar de la calidez de las imágenes y de los
actores, toda esta primera mitad tiene como contra también
ser un poco didáctica. Es el producto de tener que, más
o menos, simplificar para la trama un momento histórico muy
complejo sin querer dejar de plasmar una pintura de situación
tan detallada como se pueda.
La segunda parte, tiene ya a Diego en Barcelona,
resultado del sacrificio de su padre y su hermana para hacer su
sueño realidad frente al recrudecimiento de la situación
local. Pero, como es de imaginar, todo aquello que Diego imaginaba
no es tan así. De hecho, es probable argumentar que la mayor
parte del tiempo está peor que como estaba en Mar del Plata,
sumado al hecho de que es un ilegal y que, entonces, empleos en
blanco ni hablar hasta que no le salga la doble nacionalidad y tenga
su pasaporte comunitario. En medio de tanta negrura, todo parece
mejorar, con la aparición de Laia, una española picante
e idealista de la que se enamora.
En Barcelona, Yaker oscurece la imagen (salvo
por las escenas diurnas que incluyen a Laia), con predominio de
los grises y los colores fríos, así como prevalecen
los planos cerrados y encerrados en contraposición con los
amplios de Mar del Plata. En definitiva, son dos formas de desierto.
Yaker parece encaminar su film a un “Vientos
de Agua” dixit, hasta que todo va barranca abajo. La única
posibilidad de supervivencia de su padre pasa a ser la resurrección
de un viejo negocio familiar (la que recuperación de la historia
propia, de la identidad). Pero conseguir ese dinero implica para
Diego arriesgarlo todo. Así más o menos incluso lo
plantea la gacetilla. Yaker decide terminar de forma agridulce (más
agria que dulce), reiterando visualmente la metáfora del
título, el de las mariposas que son atraídas por la
luz (cuando no mueren quemadas al acercarse demasiado al espejismo
lumínico).
Ambiciosa como ópera prima, prolija
en todos sus rubros (habrá quienes gusten más o menos
de la historia), salvo en el caso del montaje, con tiempos y tempos
irregulares, que distraen innecesariamente y tampoco agregan demasiado.
“Como mariposas en la luz” se inscribe, podría
arriesgarse, en la misma línea de films como “Buena
Vida Delivery”, al margen de su particular punto de vista.
Cada película es, en alguna medida, una pieza visual de un
rompecabezas de un fragmento de historia de este país. Casualmente,
es ese fragmento crítico el que devolvió la conciencia
(o, al menos, la intención de recuperarla) sobre el pasado
y el devenir histórico y la construcción y destrucción
identitaria que viene atravesando la Argentina ya pareciera desde
siempre.
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8/12/2006 |