Cine / Género
Maravilloso - Crítica

"Las Crónicas de Narnia: El
león, la bruja y el ropero": Una historia (no muy)
maravillosa
Carla
Masmun daysleepercm@yahoo.com.ar
("The Chronicles of Narnia:
The Lion, the Witch and the Wardrobe", Estados Unidos, 2005)
Dirección: Andrew Adamson. Guión:
Ann Peacock, Andrew Adamson, Christopher Markus y Stephen McFeely.
Fotografía: Donald McAlpine. Música:
Harry Gregson-Williams. Edición: Sim Evan-Jones
y Jim May. Diseño de producción:
Roger Ford. Elenco: Georgie Henley, Skandar Keynes,
William Moseley, Anna Popplewell, Tilda Swinton, James McAvoy
y Jim Broadbent. Duración: 140 minutos.
En un intento por acercarse
al éxito comercial obtenido por las sagas de “Harry
Potter” y de “El señor de los anillos”,
este nuevo film presentado por la Disney, se basa en la segunda
novela (1950) de la serie de Crónicas de Narnia , de Clive
S. Lewis. Comparte con estos films el procedimiento de trasposición
de lo literario al cine, así como también su carácter
serial y una historia maravillosa y de aventuras.
Pero a diferencia de esas otras
series, esta nueva película apunta exclusivamente a un
público infantil y adolescente que seguirá atento
las peripecias de los cuatro hermanos que durante la Segunda Guerra
Mundial son enviados por su madre a la casa de un profesor, donde
encontrarán un ropero encantado que permite entrar al mundo
de Narnia.
A partir de la oposición
entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal, planteada muy
eficazmente por Andrew Adamson en la primera visita del Lucy (la
menor de la familia) al reino de Narnia, la lucha adoptará
tintes míticos gracias a la incorporación del Cristianismo
como intertexto central para el film. Más allá del
hecho de si Lewis se basó o no en el Nuevo Testamento para
crear su obra, la vinculación con este texto fundamental
para el Catolicismo es ineludible. En la historia, un personaje
representa a Jesucristo, otros funcionan como apóstoles,
la reina es el diablo (que no está en un infierno de fuego,
sino de hielo). El problema que surge de esto es que las metáforas
se vuelven débiles, pierden la posibilidad de decir algo
más que lo que resulta obvio. Es decir, si el cuento maravilloso
muchas veces puede tener una función moralizante de fondo,
aquí aparece demasiado evidente.
Sin embargo, el “pecado”
de “Las crónicas de Narnia: El león, la bruja
y el ropero” no es la excesiva simplificación sino
su tono grandilocuente, su aparente “profundidad”
conceptual. Esto es lo que carga de pesadez a una historia que
no necesitaba más que entretener, y que lo consigue a medias.
La secuencia de la batalla final, y especialmente el trabajo de
Tilda Swinton (con una mala de antología), ofrecen los
mejores momentos de la película, combinando las escenas
de acción con los elementos maravillosos.
En “Las crónicas
de Narnia: El león, la bruja y el ropero” un interesante
planteo inicial que vinculaba lo maravilloso y lo mítico
se ve opacado por la chatura del film, que desvirtúa el
objetivo central de lo maravilloso: generar sorpresa maravillándonos
con algo que sale de lo común.