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/ Artes Marciales - Crítica

“Danny the dog”: La humanidad
de Jet Li
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
(“Danny the dog”, 2005).
Dirección: Louis Leterrier. Guión:
Luc Besson. Elenco: Jet Li (Danny), Morgan Freeman
(Sam), Bob Hoskins (Bart), Kerry Condon (Victoria), Michael Jenn
(Wyeth), Vincent Regan (Raffles), Dylan Brown (Lefty), Tamer Hassan
(Georgie), Carole Ann Wilson (Maddy), Jaclyn Tze Wey (Madre de Danny).
Producción: Luc Besson, Jet Li y Steve Chasman.
Música: Massive Attack. Fotografía:
Pierre Morel. Montaje: Nicolas Trembasiewicz. Diseño
de producción: Jacques Bufnoir. Vestuario:
Olivier Beriot. Duración: 103 min.
Cuando uno escucha Jet Li asocia inmediatamente
con un film de artes marciales; un héroe silencioso se abrirá
paso gracias a sus habilidades físicas para liberarse de
su pasado o liberar a algún ser querido. Si bien la suposición
está acertada en gran parte, “Danny the dog”
no repite la fórmula tal cual, por momentos incluso casi
corriéndose del género por completo. La dupla Leterrier-Besson
(director y guionista) utilizan a Jet Li como “personaje ensayo”
para hacerlo recorrer un camino que paradójicamente apunta
hacia la no violencia.
Danny ha sido criado por Bart, un mafioso
de poca monta, literalmente como un perro: duerme en una jaula por
las noches, y ha sido condicionado para que al sacársele
el collar que lleva permanentemente puesto ataque sin miramientos.
Es el guardaespaldas perfecto. Sus recuerdos de su pasado son borrosos,
y un objetivo en apariencia inalcanzable. El mundo que conoce es
el que le permite conocer Bart. Desconoce el exterior, visto sólo
a través de la ventana del auto (metáfora de pantalla)
que los lleva a los diferentes destinos donde Bart recoge el dinero
que se le adeuda. Las peculiaridades del destino hacen que Danny
se traslade por accidente al mundo real, donde Sam (un afinador
de pianos ciego) lo acogerá y le mostrará una alternativa
al universo que él conoce (en una relación similar
a la que entablan la criatura de Frankenstein y el hombre ciego
– al no poder ver, este percibe la esencia noble del monstruo,
al igual que Sam lo hace con Danny).
Dentro de las reglas del género, Danny
deberá luchar para conservar el lugar nuevo que ha encontrado
y que siente como propio frente al otro, frío y animal, que
le reclama Bart. Pero, sin embargo, es lo humano lo central en el
relato. Los personajes son esquemáticos (buenos y malos),
como lo exige el género, pero desde un lugar de fábula,
logrando hablar sobre la necesidad de humanizar un mundo ávido
de violencia y sangre (el que encarna Bart). Si bien las actuaciones
de Bob Hoskins y Morgan Freeman se apoyan sobre la construcción
de sus personajes (Bart y Sam, respectivamente), uno desde un villano
barroco, de una elegancia bestial y una crueldad sin culpa, el otro
desde lo paternal (especialidad de Morgan Freeman), es en realidad
Jet Li el centro del relato, y no sólo por sus habilidades
físicas. Leterrier utiliza el usual hermetismo de Li para
ir quebrándolo a medida que Danny se acerca a su pasado.
El dominio corporal de Li se pone entonces al servicio de ir dotando
paulatinamente de humanidad a un ser al que encontramos animalezco
en un principio. Incluso las coreografías de las peleas van
relacionadas a la evolución del personaje, de más
brutales y como movidas por la intuición de la caza (al comienzo)
a más estetizadas y con un mayor dominio de sí mismo
(hacia el final).
La música juega un rol central en el
film, contraponiendo música electrónica (la urbanidad)
a la música clásica (lo espiritual atemporal). Los
temas de Massive Attack se yuxtaponen a sinfonías para piano
de Mozart o Schubert. La música electrónica hablan
de la velocidad, de lo moderno y actual, de la bestialidad de Danny
en el mundo de Bart. La otra habla del pasado inocente de Danny
y de una sensibilidad con futuro. Una implica el avanzar sin pausa,
la otra lleva a la pausa de la contemplación y el placer
sensorial. En una los colores de sus escenas van de la oscuridad
de los matices de grises o blancos quemados, a los colores rabiosos
de los ambientes donde Danny debe luchar para placer de Bart y compañía;
planos relativamente alejados o incómodos. La otra gira alrededor
de colores cálidos, texturas suaves, con los planos concentrándose
sobre los gestos, sobre la piel, lo humano.
El hecho de que Sam sea ciego juega a manera
de bisagra de varios elementos. Él es negro y su hijastra
blanca, sumando a Danny que es oriental. La ceguera hace que no
vea los colores de la piel, sino la esencia. Familia heterodoxa
y por elección, los tres terminan hablando de una institución
tradicional (la familia) como necesaria por los lazos de contención
que implica, pero al mismo tiempo dinámica (el concepto de
familia refiere a una relación, no a un simple vínculo
de sangre).
Leterrier y Besson hacen un constante contrapunto
entre el mundo de Sam y el de Bart, trabajando de forma poética
el primero y haciéndolo estallar cuando entra el segundo.
El cuerpo de Li oscila, entonces, entre la suavidad y la violencia
estetizada.
En “Héroe” (Zhang Yimou,
2002), la conclusión de uno de los protagonistas es que la
síntesis final de la técnica de la espada es la desaparición
de la espada misma, de la no violencia. Es la misma conclusión
a la que llegan Leterrier y Bresson, en un film que juega sobre
los límites argumentales del género de artes marciales.
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7/10/2005 |