Cine / Drama
- Crítica

“Dear Wendy”: Adios a las
armas (o no tanto)
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
(Países: Dinamarca, Alemania, Francia
y Reino Unido , 2005) Dirección: Thomas
Vinterberg. Elenco: Jamie Bell (Dick), Bill Pullman
(Krugsby), Michael Angarano (Freddie), Danso Gordon (Sebastian),
Novella Nelson (Clarabelle), Chris Owen (Huey), Alison Pill (Susan),
Mark Webber (Stevie), Trevor Cooper (Padre de Dick), William Hootkins
(Marshall Walker). Guión: Lars von Trier.
Producción: Sisse Graum Jørgensen.
Música: Benjamin Wallfisch. Fotografía:
Anthony Dod Mantle. Montaje: Mikkel E.G. Nielsen.
Diseño de producción: Karl Juliusson.
Dirección artística:
Jette Lehmann. Vestuario: Annie Perier. Duración:
101 min.
Haley: ¡Papá, las armas matan!
Stan: ¿Ah, sí? A ver… ¡mata, pistola,
mata! ¿Lo ves, Haley? Las armas no matan a la gente, la gente
mata gente
“American Dad”, Seth
Macfarlane
Es llamativa la diferencia de estilos entre
los padres del Dogma ´95 (que ya a esta altura podemos catalogar
como difunto). Mientras que el cine de Lars Von Trier está
cargado de misticismo religioso (en general y a nivel cinematográfico;
Von Trier aparece permanentemente y de forma conciente como un demiurgo
cruel con sus personajes y actores, quienes a su vez participan
de un ritual con objetivos “trascendentes”), y sistematicidad
y precisión matemáticas, el de Thomas Vinterberg se
caracteriza por una ironía más “relajada”,
por llamarla de alguna manera. En “Dear Wendy”, que
incluso proviene de un guión del propio Von Trier, hay precisión
y está esa visión extremadamente ácida del
mundo (todos los personajes están hundidos sin remedio como
en un compartimento estanco y destinados a hundirse todavía
más), pero la realización de Vinterberg le permite
a sus personajes cobrar una vida que probablemente no hubieran tenido
bajo la mano más controladora de aquel.
Dick
(Jaime Bell, que se hiciera conocido con “Billy Elliot”)
es un joven que vive en un pueblo pequeño y pobre, que todavía
subsiste en su patético estado gracias a la mina. Otra vez,
Von Trier vuelve a ubicar la acción en Estados Unidos (lugar,
que, recordemos, jamás ha pisado), un lugar al que evidentemente
ve de forma negativa (el rumbo perdido, en absoluta decadencia).
Como todo pueblo minero, todos los jóvenes tienen por destino
eventualmente trabajar ahí, pero Dick no quiere… es
demasiado sensible y desarrolla una aversión irresistible
a ese camino. Su padre, frustrado e impulsado por la criada y nodriza
del protagonista, termina por aceptar los hechos. Un muchacho solitario,
este antihéroe habrá de quedarse aun más solo
cuando su padre muera en un accidente y luego su nodriza quede senil
y deba mudarse a otra casa.
El ahora joven adulto Dick trabaja en un supermercado,
una de las pocas opciones a trabajar en la mina. Un trabajo sin
salida en un pueblo que es como un callejón igualmente cerrado.
Una existencia claustrofóbica, como la de innumerable cantidad
de films sobre adolescentes sin rumbo ni sueños (podemos
remitirnos a las paradigmáticas “The Last Picture Show”
– 1971 -, de Peter Bogdanovich y “Clerks” –
1994 -, de Kevin Smith, entre muchísimas otras); otra vez
la reversión bizarra y pesimista de la idílica versión
del “small town America”. Su jefe vive aterrado por
la omnipresencia de pandillas callejeras dispuestas a robarle (nunca
las vemos, pero lo que importa es el miedo, no la presencia real
de las pandillas), un miedo que lentamente se va apoderando de los
demás habitantes de ese rectángulo geográfico
que parece no ocupar más de unas pocas cuadras.
Todo cambia el día que se relaciona
con su compañero de trabajo Stevie (Mark Webber), quien es
un apasionado de las armas. A pesar de considerarse un pacifista,
Dick desarrolla una igual atracción por la historia, la técnica,
la mitología de las armas. Es el poder intrínseco
de la portación del arma la que le da seguridad, no su uso
efectivo. Llegan a tal punto que conforman una sociedad secreta
de tintes aristocráticos (incluso se refieren a sí
mismos como “dandies”, creando un mística de
lo que implica ser un tal). El objetivo siguiente es sumar socios
similares a ellos.
A la sociedad se suman otros perdedores, marginales,
los que quedan afuera. Pero, dentro del ámbito de la sociedad
todos cobran una nueva vida. El dandy tiene una relación
personal, casi amorosa, con su arma, la cual a su vez lo representa
y con la que se vuelven uno (de hecho el film es narrado como una
gran carta de despedida de Dick a Wendy, su revolver). El cuento
americano va rotando hacia terrenos más fantásticos,
cuando no bizarros.
La sociedad ubica su Templo en el sótano
de una sección abandonada de la mina. Debajo del pueblo moribundo,
anida esta peculiar aristocracia freak.
Vinterberg trabaja el espacio de forma realista,
pero en el fondo este pueblo cerrado sobre sí mismo funciona
igual que el galpón de “Dogville” o “Manderlay”,
de Von Trier. Los personajes se mueven como piezas en un tablero,
y la trama avanza a manera de experimento. A medida que transcurre
el tiempo, el relato se va volviendo cada vez más extraño,
estableciendo un verosímil muy propio y poniendo en evidencia
su propia artificiosidad.
Para los débiles, las armas les permitían
convertirse en caballeros fuertes y unidos, para los paranóicos
es la posibilidad de defenderse, para los violentos la forma de
obtener, para el sistema, la forma de mantener el orden. No, las
armas no matan, es la gente, pero su sola presencia modifica una
situación para transformarla en otra; su mera existencia
implica un equilibrio inestable que, al perderse, implosiona.
Este pueblo, este pequeño Macondo estadounidense
de baja estopa, vive su propio realismo mágico. Estos habitantes
pintorescos transitan su mundo paralelo en simultáneo con
la muerte diaria de esta vida urbana sin dirección ni sentido.
Lo paradójico es que, siendo todos los dandies “pacifistas”,
encuentran una motivación que los empuje en las armas que
cuidan y empuñan.
Conviviendo
con el pintoresquismo de nuestros héroes está el policía
(Bill Pullman), que oscila entre el paternalismo y la violencia
como forma de mantener el orden; un orden, por otra parte, que evidentemente
está llevando a todos sus habitantes a una vida vacía
y siempre al borde de la autodestrucción. Su desaparición
como figura probablemente no implicaría una alteración
violenta en la situación general, pero su accionar está
destinado al mantenimiento, no al cambio.
Vinterberg trata, a diferencia de su colega,
a sus personajes con cariño, y esa calidez se percibe durante
gran parte del film. Pero ese dulce transitar no implica ingenuidad,
y toda esa atmósfera risueña tiene como objetivo un
estallido final, que en definitiva resignifica el film entero a
manera de fábula, donde, obviamente, la moraleja es de una
complejidad mayor que una simple y obvia bajada de línea.
Es evidente la pluma de Von Trier, aunque de forma más sutil
que en los casos de “Dogville” o “Manderlay”.
Personajes con características muy marcadas son depositados
en una situación X, en la cual estas características
tienden a interactuar con o reaccionar contra el habitat que les
toca. Detrás de la máscara agradable que Vinterberg
coloca sobre todo el film (con un fuerte apoyo en la capacidad de
sus actores para hacer creíbles a sus personajes –
en un estilo de interpretación más tradicional que
el utilizado por Von Trier), existe el artificio cuyo único
fin es probar la hipótesis que empuja a guionista y director
a realizar la película.
El
ritmo extraño, moroso como el polvo que parece depositarse
sobre las casas y las calles del pueblo, el film transcurre amparado
en su discurso de creciente delirio y en la paciencia del espectador.
Dick, Stevie y su banda de forajidos aristócratas (porque
hay algo de western urbano en las aspiraciones épicas de
los personajes) se pierden en su propio relato, haciendo que la
narración aparezca por momentos casi como sin dirección.
Pero toda esa calma, antecede una tormenta final, trágica,
no de ópera, sino de operetta, como dice Jorge
Mauro de Pedro en su crítica del film.
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22/9/2006 |