Cine / Drama
- Crítica

“Desayuno en Plutón”:
Los velos de la fábula de Neil Jordan
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("Breakfast in Pluto", Irlanda/Reino
Unido, 2005) Dirección: Neil Jordan. Guión:
Neil Jordan / Pat McCabe (Novela) Intérpretes:
Cillian Murphy (Patrick), Liam Neeson (Padre Bernard), Ruth Negga
(Charlie), Laurence Kinlan (Irwin), Stephen Rea (Bertie), Brendan
Gleeson (Tío Bulgaria), Gavin Friday (Billy Hatchet), Ian
Hart (PC Wallis). Producción: Neil Jordan
/ Alan Moloney / Stephen Woolley Fotografía:
Declan Quinn Duración: 135 minutos
Neil Jordan es un director de caminos extraños,
habiendo dirigido films como “El Juego de las Lágrimas”,
“The Butcher Boy”, “Michael Collins”, “Entrevista
con el Vampiro”, entre otras. Un camino que oscila entre un
cine más personal, y otro que responde un poco más
a fórmulas (o trabajos por encargo, al margen del resultado
final). “Desayuno en Plutón”, por su parte, es
una película tan particular como su título.
Jordan ubica a Patrick “Kitten”
(“Gatita”) Braden como su protagonista, alrededor del
cual giran los puntos de vista y la mayor parte de las acciones.
Kitten es huérfano de padre desconocido y madre escapada.
A medida que crece, su obsesión por descubrir la identidad
de su progenitor y, sobre todo, del paradero de su madre (búsqueda
anclada en la poética y enigmática frase “Mi
madre fue a Londres y la ciudad más grande del mundo se la
tragó”), aumentan y se convierten en el motivo impulsor
de la trama. Otra vez, el tema del conflicto irlandés tiene
una fuerte presencia, implícita y explícita (como
retrato de época, como visión crítica sobre
el extremismo, la violencia, la intolerancia), filtrada a través
de los extraños ojos de Kitten.
Cillian Murphy (“Exterminio”,
“Batman Begins”, “Vuelo Nocturno”), compone
a este andrógino personaje, que detrás de su aparente
ingenuidad e indiferencia oculta una aproximación más
compleja sobre el mundo (en definitiva, el propio film, en todas
sus vueltas, es la enunciación de aquello que, salvo en contadas
ocasiones, Kitten ve, entiende, opone, pero no explicita verbalmente).
En todo su discurso hay humor superficial, ácido, burlón,
una aparente negación de los conflictos que lo/la rodean,
pero que en realidad es otra cosa (y, en este punto, Jordan elige,
en vez de explicarse a través del personaje, exponer a través
del film).
La narración, basada en una novela
de Patrick McCabe, conjuga elementos de la fábula (Kitten
transforma todo en parte de su propio relato maravilloso, desmentido
continuamente por un mundo igualmente fantástico y sórdido),
que sirven para ir estructurando el camino que recorre Kitten (su
propio y bizarro camino del héroe, donde transformación
superficial e interior juegan en contraste y balance con la imposibilidad
de otros personajes de poder lograr o admitir sus propios cambios
o los del mundo que los rodea). Jordan, a través del pintoresquismo
y la mirada irónica con el que va armando a Kitten, a partir
de, por momentos, su exacerbado travestismo, le permite echar una
mirada distinta sobre aquella realidad supuestamente más
seria… de hecho, el film pone el acento sobre aquello que
por “serio, serio, serio” transforma conflictos en guerras,
y juegos de soldaditos en bombas o muertos de verdad… En ese
sentido, tomar el mundo como juego colectivo quizás sería
más sano que tomarlo tan en serio…
“Buenos” y “Malos”
adquieren una tonalidad ambigua en “Desayuno en Plutón”.
Resulta llamativo que Jordan pinte a los terroristas del IRA como
estrictamente “malvados” y a los agentes de inteligencia
ingleses como “en el fondo buenos y comprensivos” (o
sea, una división bastante polarizada). También es
posible asignar otra valoración, aquella de que las apariencias
engañan, aquella donde el prejuicio no tiene bandera, ni
raza, ni ideología para existir y transformar una realidad
potencialmente apacible en un infierno.
Cillian Murphy va, en su construcción
de Kitten, del estereotipo histérico a la composición
más sutil, en ese orden, el mismo, casualmente, que sigue
el film, que se enriquece a medida que se va volviendo más
onírico y va permitiéndose una temporalidad más
quebrada, un mundo narrativo y visual más propio.
Neil Jordan, en otra vuelta de su camino,
produce una película con sello propio. Una fábula,
una mirada que a partir de una supuesta inocencia y fantasía
bizarra devela otra más profunda, oculta tras los velos que
el cine permite.
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10/3/2006 |