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“El Camino de San Diego”:
Los caminos de Sorín
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
(Argentina, 2006) Dirección,
Idea original & Guión: Carlos Sorín Elenco:
Ignacio Benítez (Tati Benítez), Carlos Wagner La Bella
(Waguinho), Paola Rotela (Mujer de Tati), Silvina Fontelles (Señora
Matilde), Miguel Gonzalez Colman (Silva), José Armónico
(Gauna), Toti Rivas (El Tolo), Marisol Córdoba (Mujer del
Tolo), Hermano Otto Mosdien (Pastor Otto), Claudio Uassouf (Cura),
Lila Caceres (Madre Joven), Pascual Condito (Pascual), Juan Villegas
(Dueño Casa de Fotografía), Walter Donado (Chofer
de Ambulancia), Aníbal Maldonado (Contrabandista), Alberto
Rodríguez Mujica (Dueño Regionales), Alberto Rodríguez
(Rodríguez), María Marta Alvez (Soledad), Alfredo
Lorenzo (Guardia 1), Alfredo Valles (El Ciego) Productores:
Oscar Kramer y Hugo Sigman Productor Asociado:
José María Morales Dirección de Fotografía:
Hugo Colace A.D.F. Dirección de Arte: Margarita
Jusid / Carina Luján Dirección de Sonido:
Abbate & Díaz Compaginación:
Mohamed Rajid Música: Nicolás Sorín
Director de Producción: Marcos Barboza Supervisión
de Producción: Graciela Álvarez. Una Producción
de Guacamole Films (Argentina) y K&S Films (Argentina) En Co-producción
con Wanda Vision S.A. (España) Distribuida en Argentina por
20th CENTURY FOX Argentina Distribución Internacional: TF1
Web: www.elcaminodesandiego.com.ar
Duración: 98”
Aquella “Película del Rey”
parece eternamente presente. Han pasado casi veinte años,
y aquella película sigue apareciendo como un prólogo
anticipatorio de lo que habría de ser el cine de Sorín
desde su regreso con “Historias Mínimas”. Al
Bruno Díaz que trabaja con publicidad, le sigue el soñador
David contando sus historias épicas, persiguiendo a sus personajes
por las rutas de Argentina. El universo de “La Película
del Rey” está siempre presente, en sus dificultades,
en sus soluciones, en sus obsesiones.
En las pequeñas historias de Sorín,
en esos personajes aparentemente sin demasiada trascendencia se
oculta, sin embargo, siempre una dimensión épica.
El hombre frente a sí mismo, su necesidad de creer en algo,
reinventándose, haciendo ese último esfuerzo de redención.
En los films de Sorín no es nunca el lugar de llegada el
más importante, sino toda la línea del trayecto. Nunca
la meta es lo decisivo, porque en la vida las metas son simplemente
paradas antes de seguir caminando. En la constante utilización
de actores amateur o no-actores, el director busca asimismo una
suerte de híbrido entre realidad y ficción. ¿Será
aversión al actor profesional y sus vicios? Para Sorín,
la dirección actoral es como una suerte de alquimia, más
aun en los casos de los protagonistas no profesionales de sus films.
Hay algo, como un momento, que aparece capturado, que va más
allá de la curiosidad o el pintoresquismo (el cual parece
bordear permanentemente). Es un momento, que aparece en cada toma,
en el cual realidad y ficción encuentran ese punto de pacto.
No es el hombre haciendo un personaje, pero tampoco es el hombre
real, sino el punto de intersección entre ambos, del que
suele resultar un aire de fábula que marca los relatos de
Sorín.
Después de más de una década
de volver sobre la Patagonia, Sorín cambió la extensión
desierta del sur por el calor y la humedad del norte. La soledad,
la humanidad expuesta en su pequeñez por las desmesuradas
distancias, aparece en su contraposición. Werner Herzog,
al filmar “Fitzcarraldo”, sufría de fascinación
y terror frente a la selva amazónica. El hombre aparecía
nimio al ser superado por la vegetación y la variedad de
vida, fascinado por la diversidad, aterrado por ese mismo desconcierto.
A diferencia de lo que le ocurre a Herzog, en las primeras secuencias
de “El Camino de San Diego”, la cámara va intentando
encontrar su lugar. Así como encontrara una lógica
del extraño mundo patagónico, trata de hacer lo mismo
en el entorno misionero del motosierrero “Tati”.
Como en el camino del héroe tradicional,
los personajes de Sorín aparecen siempre en su entorno original,
viviendo su vida en cierto equilibrio precario. Es la pérdida
de este equilibrio lo que suele provocar el viaje iniciático
en el cual el héroe espera poder regresar transformado.
En “El Camino de San Diego”, Sorín
opta por un formato semi-documental para introducir a su personaje.
El aire melancólico del sur es reemplazado por un humor agridulce
que parece provenir de los propios hombres/personajes. Es un documental
que parece desde el vamos imbuido de cierto realismo mágico
propio. Tati es un fanático de Maradona, El Fanático.
No sólo parece tener empotrada al cuerpo una camiseta del
Diego, sino que, además, se ha tatuado el 10 en la espalda.
Tati es tan fanático que va replicando los nombres de los
Maradona en las hijas que tiene con su mujer y con el próximo
varoncito. Pero, justo en ese momento, cuando tener su "propio"
Diego está próximo, es despedido.
La nueva situación lo lleva a buscar
alternativas, cayendo finalmente en las manos de un artesano guaraní
de la zona. Con él va aprendiendo el oficio de la madera.
Antes, Tati se limitaba a cortar árboles, ahora, por el contrario,
debe aprender a leerlos, a interpretar sus raíces, para saber
cuál sirve para qué artesanía, cuál
tiene una forma intrínseca esperando ser sacada a la luz.
Es en medio de un temporal (el fenómeno natural es utilizado
como marca narrativa mística desde tiempos inmemoriales),
que Tati descubre una raíz de timbó con la forma de
Maradona. La lluvia torrencial, el Diego en la madera, esperándolo.
Justo es en esos días en que Tati trabaja
sobre su estatura homenaje, que el Maradona “real” entra
en la clínica Suizo-Argentina. El ídolo caído.
Por la televisión del bar del pueblo (Pozo Azul), se ve la
masiva procesión de fieles hacia la clínica. No ha
sido internado el hombre, sino el símbolo, el que funde a
la carne y al personaje en uno solo. Viendo esas imágenes,
parece evidente el mensaje. Tati debe viajar a Buenos Aires para
entregar su homenaje. Es el apoyo del fiel; cada uno aporta lo que
puede.
Sorín
fue originalmente inspirado por la anécdota de dos hacheros
que en 1952 emprenden el viaje a Buenos Aires con una raíz
de timbó para “ofrendar” a Evita, quien yace
enferma. Es en la misma época que se multiplican hechos similares,
donde hombres y mujeres comunes buscan realizar acciones extraordinarias,
homenajes, sacrificios en pos de la salvación de Evita. Cincuenta
años después, Diego Maradona es probablemente la única
otra figura en la que la idolatría bordea lo religioso. El
fenómeno del hombre que pierde su carne para, voluntaria
o involuntariamente, ofrendársela a los demás hombres.
La cuestión no es si Maradona ha deseado ese rol o no, es
el que se le ha otorgado; es San Diego y es el cordero del sacrificio
al mismo tiempo, es de carne y no lo es, es una imagen, un fantasma,
realidad y fantasía (como Evita, pero también como
las otras imágenes que pueblan el film, como el Che o el
omnipresente Gauchito Gil).
En el Camino de Santiago, tradicional procesión
rumbo a Santiago de Compostela que se inicia desde diversos lugares
de Europa, los caminantes van identificados como tales, a fin de
recibir cobijo y ayuda de los moradores u otros viajantes que puedan
encontrarse a lo largo de su travesía. Sorín repite
la misma estructura, la del fiel en su procesión, en el camino
que, pese a los reproches lógicos de su mujer, Tati emprende
hacia la capital.
El Camino es siempre el protagonista para
Sorín y sus personajes. Cada personaje, a su vez, le permite
encontrar otra voz, otros ojos, para mirar ese camino. En el sur,
es un poco la pérdida; todos transitan sus rutas buscando
encontrar, encontrarse, como si el vacío de los horizontes
lejanos pudiera responderles. En “El Camino de San Diego”,
es en la meta donde el jovial Tati espera encontrar alguna forma
de respuesta, del sueño de ver o tocar o ser tocado indirectamente
(a través de la madera de su escultura) con la intuición
de que ese mero hecho pudiera producir una diferencia positiva en
su vida.
Entre el humor (algunos encuentran a la escultura
más parecida a la Mona Giménez que a Maradona), está
la paradoja. En la selva, que pareciera ofrecer todo, incluida la
libertad, Tati está encerrado por la falta de dinero. Lo
curioso es que, pese a que los espacios se van abriendo a medida
que el camino avanza y se suceden las provincias, sus habitantes
se encuentran en el mismo encierro. País falsamente federal,
compartimentado, donde cada personaje está anclado en un
lugar que parece inamovible, país que presume una cara y
por otro lado está poblado por la pobreza, el atraso y el
quiebre.
Así,
Tati va atravesando Misiones y Corrientes, haciendo dedo o en micro,
mostrando su estatua del Diego a quien quiera verla, hasta que conoce
a Waguinho, un camionero brasilero que acepta llevarlo hasta Buenos
Aires. Para el film es un acierto, porque Waguinho le aporta la
cuota de histrionismo que complementa al silencio casi melancólico
de Tati. El brasilero es el “ayudante” que le permite
al héroe terminar de concretar su camino, ya que la inocencia
del protagonista hacía prever en el inicio de su viaje algún
hurto o alguna estafa. De todos modos, Sorín no tortura a
sus personajes con obstáculos violentos externos, los suele
hacer “zafar”, manteniendo ese aire de fábula,
concentrándose en el viaje (exterior y, sobre todo, interior).
Waguinho juega un poco como Ángel de la Guarda para Tati,
pero también él es un creyente, y ambos conectan desde
ese punto, cada uno desde su lugar. “Cada uno tiene un Orixâ
propio”, dice Waguinho… cada uno necesita poder creer
en algo. No hacen falta explicaciones extras.
El
final, que Sorín estira como si fuera un redoble de tambores
aguardando la conclusión de un equilibrista que llega a la
otra base, es a la vez pequeño y grande. En ese final, aflora
nuevamente el realismo mágico, en una extraña simetría
con el inicio del camino, que pareciera contener simultáneamente
la mirada del director y del personaje. Pero no hay explosión,
simplemente llegada a la meta, no hay un cierre de platillos y timbales,
sino una fina melodía (como esa, producto de la composición
de Nicolás Sorín, dulce y melancólica, que
acompaña todo el film, con un sonido que parece reunir pequeños
elementos de las geografías que recorre), que es, indefectiblemente,
el final de un camino y el principio de otro.
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15/9/2006 |