Cine / Thriller
- Crítica

“El Código Da Vinci”:
Cuando la censura aumenta el rating
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
Dirección: Ron Howard.
Guión: Akiva Goldsman; basado en la novela
de Dan Brown. Elenco: Tom Hanks (Robert Langdon),
Audrey Tautou (Sophie Neveu), Ian McKellen (Sir Leigh Teabing),
Alfred Molina (Obispo Aringarosa), Jürgen Prochnow (Vernet),
Paul Bettany (Silas), Jean Reno (Capitán Fache), Etienne
Chicot (Teniente Collet), Jean-Yves Berteloot (Remy Jean), Jean-Pierre
Marielle (Jacques Saunière), Marie-Françoise Audollent
(Hermana Sandrine), Seth Gabel (Michael). Producción:
Brian Grazer y John Calley. Producción ejecutiva:
Dan Brown y Todd Hallowell. Música: Hans
Zimmer. Fotografía: Salvatore Totino. Montaje:
Dan Hanley y Mike Hill. Diseño de producción:
Allan Cameron. Dirección artística:
Giles Masters y Tony Reading. Vestuario: Daniel
Orlandi. Duración: 149 min.
Así como ocurrió, desde otro
lugar, con “La Pasión de Cristo”, de Mel Gibson,
“El Código Da Vinci”, de Ron Howard, se alimenta
de la controversia, de la propia y de la que acompaña al
best-seller homónimo de Dan Brown. De todas maneras, primera
distinción: mientras que la aproximación de Gibson
al relato de Jesucristo tenía ambiciones místicas
conservadoras detrás de una narrativa esquemática
que trataba el relato bíblico de manera literal, el film
de Howard no pretende mucho más que ser un thriller con contenido
religioso (de hecho, gran parte de los contenidos más polémicos
del libro han sido suprimidos). Desde el trailer hasta el elenco
seleccionado indican esta dirección, al haber elegido como
protagonistas a Tom Hanks, ícono del cine bienpensante de
Hollywood, y Audrey Tatou, la protagonista de “Amelie”,
reconocida más por sus personajes simpáticos que por
su presencia en films comprometidos. Jean Reno e Ian McKellen aportan
su cuota de prestigio actoral, así como el propio Ron Howard
trae consigo determinada asociación cinematográfica.
Esta introducción no es para decir que “El Código
Da Vinci” es “buena” o “mala”, sino
simplemente para indicar las aspiraciones del film.
La película de Howard se apoya, sobre
todo, en la línea narrativa de suspenso del libro, eliminando
los tiempos muertos, y simplificando o simplemente modificando las
explicaciones más complejas o comprometedoras (más
allá de haberse resistido a las presiones para quitar ciertas
referencias puntuales), y dejando más que nada el relato
de acción. Rápidamente se nos introduce a los personajes
principales y su conflicto, así como a sus oponentes. Como
personajes bisagra aparecen el detective Bezu Fache (Jean Reno)
y Leigh Teabing (Ian McKellen), el millonario historiador obsesionado
con el Grial y amigo de Langdon (Tom Hanks), que aparecen, en el
film, como espejos uno del otro. Establecido el esquema de personajes,
lo que queda es la trama, la “búsqueda del tesoro”
por parte de protagonistas y oponentes, que sirve como excusa para
ir contando la historia del Grial y mechar con algunos elementos
más simbólicos que hacen referencia a los conceptos
de “religión”, “creencia”, “mitología”,
etc.
En este punto, el narrativo, la principal
crítica que puede hacerse es que el film de Howard parece
dar por sentado que el espectador ha leído el libro, y que
lo que busca es ver ese texto transformado en imágenes. Muchas
escenas, entonces, carecen del suspenso necesario y simplemente
aparecen como resoluciones lineales o como escenas transicionales.
Esto le quita profundidad a las propias palabras de los personajes,
que hubieran necesitado de una elaboración cinematográfica
mayor. En definitiva, por momentos, “El Código Da Vinci”
deja de narrar y se limita a “avanzar”. Tampoco ayuda
que desde el plano actoral, Hanks no le aporte mayor profundidad
a su personaje (falta del actor o del director), o que Audrey Tatou
se muestre incómoda a un parlamento en inglés que
a veces busca algo más de densidad, pero que evidentemente
le resulta ajeno.
Por otro lado, la resolución visual
y el eficaz montaje logran que el film de dos horas y media rara
vez decaiga en su ritmo. La fotografía de Salvatore Totino
se orienta hacia las texturas superpuestas y logra (ayudado también
por un posprocesado digital) por momentos crear un pequeño
mundo narrativo, donde presente y pasado no son algo separado, sino
relatos entrecruzados e interdependientes. La paleta de colores,
apoyada en composiciones pictóricas predominantemente renacentistas
(período al que perteneció Leonardo Da Vinci), incluyendo
la utilización de colores artificialmente pasteles, trabajan
desde la estética las imágenes clavadas inconscientemente
en el imaginario colectivo.
Un tratamiento más complejo y profundo
por parte de Howard hubiera dado como resultado, definitivamente,
otro film. “El Código Da Vinci” se presenta como
un entretenimiento con algo de contenido extra que sugiere un “algo
más”, pero que se cuida de no cruzar demasiadas barreras.
La referencia al Opus Dei, elemento principal del texto de Brown,
aparece acá casi como elemento anecdótico, y tanto
los personajes que se identifican como pertenecientes a ese grupo,
Aringarosa (Alfred Molina) y Silas (Paul Bettany), los malvados,
se muestran más como casos individuales y confundidos que
como representantes de una postura. La censura previa que se le
ha querido imponer, por ende, al margen de cuestionable (comenzando
por querer prohibir lo que ni siquiera se conoce o incluso agredir
físicamente, situación que se sufrió acá
el año pasado frente a la muestra de León Ferrari
en el Centro Cultural Recoleta y posteriormente en la intervención
audiovisual "Tertulia" del cementerio de la Recoleta durante
el Festival de Teatro, así como anteriormente con el film
“La última tentación de Cristo”, de Martin
Scorsese), no tiene demasiados fundamentos desde el reclamo específico.
“El Código Da Vinci”, en
definitiva, es un producto que busca principalmente entretener,
con fallas en el tratamiento del suspenso, pero que, de todos modos,
logra su objetivo. Quienes busquen mayor complejidad, lógicamente,
deberán remitirse al libro de Dan Brown, o, hilando más
fino, a alguno de religiones comparadas (por ejemplo, alguno del
reconocido especialista Joseph Campbell), o en ficción a
“El Péndulo de Foucault”, de Humberto Eco, etc.
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19/5/2006 |