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“El aura”: La obsesiva ambiguedad
de perder el control
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
(2005) Dirección y guión:
Fabián Bielinsky. Elenco: Ricardo Darín
(Espinosa), Dolores Fonzi (Diana), Alejandro Awada (Sontag), Pablo
Cedrón (Sosa), Jorge D'Elía (Urien), Manuel Rodal
(Dietrich), Rafael Castejón (Vega), Walter Reyno (Montero),
Nahuel Pérez Biscayart (Julio). Producción:
Pablo Bossi, Gerardo Herrero, Mariela Besuievsky y Samuel Hadida.
Música: Lucio Godoy. Fotografía:
Checco Varese. Montaje: Alejandro Carrillo Penovi
y Fernando Pardo. Dirección artística:
Mercedes Alfonsín. Vestuario: Marisa Urruti.
Duración: 134 min.
El aura es el momento previo al ataque de
epilepsia, el que lo anuncia como irremediable. Por un lado, es
un instante terrible, preludio de la inevitable pérdida del
control. Para Espinosa (Ricardo Darín), por el contrario,
es un momento de paz, precisamente por el mismo motivo que lo hace
angustiante; perderse en esa especie de conciencia ampliada que
precede al ataque.
Espinosa es un taxidermista, hiperobsesivo,
que trabaja para el Museo de Ciencias Naturales. Su incapacidad
de relacionarse con los demás aleja a su esposa y lo muestra
como carente de amigos. Su vida transcurre entre su trabajo y la
espera de sus ataques de epilepsia. Como contraposición a
esos instantes en que su capacidad de controlar la situación
se ve desactivada por su condición, Espinosa se pasa la vida
intentando dominar compulsivamente los demás detalles de
su vida. Semejante obsesión por el control lo lleva, a su
vez, a la imposibilidad de actuar. Fuera de su estudio, sólo
observa, no se involucra. Al margen de su esposa (con la que uno
imagina se comunicó en algún momento de alguna manera
como para casarse), Sontag (Alejandro Awada) es su único
contacto en el mundo “real”, quien cuando lo encontramos
lo invita a un fin de semana de cacería en el sur.
A poco de llegar al sitio de cacería,
los eventos se tornan bizarros. La apariencia lineal de construcción
del personaje con que había comenzado el film se complejiza,
con Espinosa involucrándose en situaciones de las cuales
se le hubiera pensado incapaz en un principio.
Bielinsky se concentra desde el comienzo en
su protagonista. Su presencia prácticamente omnipresente
nos lleva a paulatinamente ir involucrándonos en su mundo.
Nos acostumbramos lentamente a su silencio hermético. Simultáneamente,
la imposibilidad de verlo desde otro lugar (desde otro personaje,
desde una visión más “objetiva”), también
implica que no tenemos manera de juzgarlo. El mismo se nos muestra
como un observador que a partir de esa capacidad puede ver las situaciones
desde una suerte de “ojo de Dios”. La falta de una instancia
de comprobación lo convierte eventualmente en un personaje
al cual no sabemos si creerle. Esencialmente, nuestra interpretación
de sus acciones proviene de lo que el mismo nos muestra (a través
de la cámara de Bielinsky - con una fotografía creadora
de atmósferas a cargo de Checco Varese).
Los eventos disparados desde la llegada al
sur, introducen a Espinosa en un mundo que no controla, y que lo
modifica constantemente. La suspensión temporal de ese yo
reprimido, jugar a ser otro, le resulta irresistible. Como simetría,
es el momento de “aura”, la pérdida de control
que es preludio del ataque. El ataque es el final, es la epilepsia,
la realidad de su condición.
El film entero funciona una y otra vez como
metáfora del propio Espinosa. ¿Por qué va al
sur y no a la playa? La espesura del bosque, su elemento místico
y salvaje. La contraposición de la ciudad, caracterizada
como el lugar de la burocracia, de lo racional. El bosque, este
bosque, es donde Espinosa puede jugar a ser otro, como esas ficciones
que el inventa pero en las que jamás actúa. Los personajes
que lo rodean se transforman en personajes que podrían ser
dignos de esas ficciones. Como en sus historias, Espinosa los plantea,
manipula y ubica en base a sus propias construcciones.
La figura de un perro lobo, más lobo
que perro, enigmático, se repite una y otra vez. El animal
pertenece a la cabaña donde Espinosa se aloja, pero parece
ir desarrollando una relación con el conforme al avance del
film. La identidad profunda de Espinosa, desconocida aún
para él ante su falta de registro emocional de todo, aparece
lentamente extrapolada en la figura simbólica del lobo. Los
planos que utiliza Bielinsky para mostrar al personaje canino van
con el correr de la película introduciendo diferentes trazos,
rápidas pinceladas de aspectos que aparecen como desconectados,
pero que cierran en los dos planos finales.
La paleta de colores, neutra, habla del mundo
habitual de Espinosa, mientras que las alteraciones durante “el
aura”, los embellecen, como el único momento en que
Espinosa realmente se libera de sí mismo, donde fluye. La
proliferación de claroscuros, al mismo tiempo, nos habla
de cierta duplicidad en Espinosa que el mismo desconoce o, quizás,
incluso teme (¿qué pasaría si se dejara llevar
por sus emociones? ¿de qué sería capaz?). es
posible interpretar cierto infantilismo misterioso de Espinosa,
entonces, en realidad como un miedo a sí mismo. Los momentos
de “aura” son, por ende, los únicos en que esa
preocupación se desvanece. Utilizados como elipsis en el
film, muestran además los únicos instantes en que
las acciones transcurren sin que las veamos, escapan al control
de Espinosa, están más allá de él, no
hay duda porque no hay conciencia.
Ciertas argucias argumentales hacia el final
dejan algunas dudas picando, disimuladas detrás del andar
sutil de la película como totalidad. La película trabaja
simultáneamente como el producto de la construcción
significativa del cineasta y su equipo, así como de las actuaciones,
principalmente de Ricardo Darín. En vez de su usual imagen
de “buen tipo”, Darín se apoya en este caso en
la ambigüedad de un personaje que se encuentra extrañado
incluso de sí mismo. Mientras que su cuerpo actúa,
su rostro aparece permanentemente distanciado, ciego y sordo a los
seres humanos que lo rodean (escucha lo que quiere escuchar, ve
lo que quiere ver).
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21/10/2005 |