Cine / Terror
- Crítica

“El exorcismo de Emily Rose”:
El Mal existe
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("The Exorcism of Emily Rose", 2005).
Dirección: Scott Derrickson. Guión:
Scott Derrickson y Paul Harris Boardman. Elenco:
Laura Linney (Erin Bruner), Tom Wilkinson (Padre Richard Moore),
Campbell Scott (Ethan Thomas), Colm Feore (Karl Gunderson), Jennifer
Carpenter (Emily Rose), Mary Beth Hurt (Jueza Brewster), Shohreh
Aghdashloo (Dra. Adani), Joshua Close (Jason), Kenneth Welsh (Dr.
Mueller), Duncan Fraser (Dr. Cartwright). Producción:
Tom Rosenberg, Gary Lucchesi, Paul Harris Boardman, Tripp Vinson
y Beau Flynn. Música: Christopher Young.
Fotografía: Tom Stern. Montaje:
Jeff Betancourt. Diseño de producción:
David Brisbin. Dirección artística:
Sandi Tanaka. Vestuario: Tish Monaghan. Duración:
119 min.
Erin Bruner (Laura Linney) es una abogada
implacable en ascenso, especializada en defensas imposibles (acaba
de liberar a un violador que iba camino a la pena de muerte). El
padre Moore (Tom Wilkinson), es un religioso acusado de haber obrado
indebidamente y ser responsable de la muerte de la joven Emily Rose
(Jennifer Carpenter).
En la secuencia inicial, un médico
forense llega a la casa de los Rose; una granja en medio del campo.
Una imagen fría se va deteniendo sobre los diferentes elementos
que conforman el lugar, deteniéndose brevemente sobre el
granero. Voces femeninas irrumpen, y finalmente se escucha el grito
que llama a la protagonista. En el interior, la cámara recorre,
silenciosa, introduciéndonos a los diferentes integrantes
de la familia a medida que avanza hasta encontrar al padre Moore.
Momentos después, el dictamen del médico da comienzo
al resto del film “Emily no murió de causas naturales”.
El clero contrata a Bruner porque no quiere
quedar en ridículo. Moore afirma que no le quedó otra
que realizar un exorcismo, y la Iglesia no quiere que esto salga
a la luz. Moore debe ser encontrado inocente, pero sin testificar
aquello que considera fue lo ocurrido.
La introducción del film permite asociarla
a más de un género, tanto el de horror, como el de
abogados como, hasta cierto punto, el thriller psicológico.
Ese comienzo, que bien podría haber sido anclado en el film
de terror, permanece sin embargo en un estado de ambigüedad
permanente. El film no termina de asegurar una dirección
u otra, sino que pone constantemente en tela de juicio la visión
única sobre la cuestión. De esta manera, de todas
formas, es como abre el abanico de posibilidades para incluir el
elemento sobrenatural como factible.
Bruner no es una creyente, pero tampoco termina
de ser una cínica. Es una escéptica buscando ser convencida.
El encuentro con el padre Moore no hará otra cosa que fortalecer
esta sensación.
El mayor artificio que logra el Diablo para
negar a Dios es convencer a las personas de que el Mal no existe.
Si no existe el Mal, entonces todo el edificio de creencias se derrumba.
Si el mal (con minúsculas) es lo que hacen los hombres, entonces
no hay una intervención externa, somos responsables de nuestros
propios actos. Los hombres son manipulables, como el sistema que
tan bien “funciona”, como dice Bruner tras liberar al
violador. Cuando el violador ataque de nuevo, la estructura de Bruner
entrará en crisis. El film evita los grises, ya que de esta
manera propone que el criminal debiera haber sido castigado con
la pena máxima, y que, en cambio, el sistema de dudas de
los hombres le permitió salir en libertad.
La abogada ve, entonces, en Moore su posibilidad
de redención. Además, a medida que se vaya involucrando
cada vez más en el caso, le irán ocurriendo cosas
cada vez más aterradoras, que la irán acercando a
Moore como única fuente de respuestas.
El constante juego de dudas que propone el
film se ve un poco opacado con el repentino y simplista cambio de
fé de Bruner. El juicio, un caso esencialmente perdido, pasa
de un argumento legal en el que se va introduciendo el elemento
místico, a una lucha de fé. Una galería de
personajes estereotípados recorren el juzgado. La abogada
debe recurrir a herramientas cada vez más irracionales e
insólitas para estirar el juicio. Evidentemente, es en este
punto más denso del desarrollo cuando el film pierde un poco
su rumbo.
La historia de Emily, relatada por diferentes
testigos, se reconstruye como un mosaico. La imagen resultante es
en sí una ambigua, ya que es producto de diversos puntos
de vista y las pruebas materiales no parecen ser concluyentes. La
fotografía de colores duros y contrastados, lo opresivo de
los exteriores y la dramática actuación de Jennifer
Carpenter colaboran a crear un clima de permanente angustia.
La reconstrucción de la historia a
través de un juicio y no de, por ejemplo, una investigación
periodística, pone en un juzgado el deber de decidir la validez
de las creencias de los protagonistas.
El film se comporta un poco como una historia
puritana, donde la fé se opone al exceso de racionalismo
por parte del mundo. Los elementos que podrían haber complejizado
este planteo aparecen sólo en función de la trama
central, para permitir un final en cierta forma simplista. Si bien
es posible leer el veredicto final como una decisión salomónica
que combina la necesidad de responsabilidad civil común a
todos con la posibilidad de vivir bajo el cielo de las creencias
que uno considere propias, también el final aparece narrado
como un “Dios existe y está del lado de los buenos”.
Por esto es por lo que en varios momentos del film, los personajes
pierden profundidad, se esquematizan.
“El exorcismo de Emily Rose” no
termina de ser “El Exorcista” (al que le debe mucho
en su aproximación a lo sobrenatural), ni “Heredarás
el viento” (en su defensa del derecho a creer y pensar distinto).
Al esquematizar los personajes, el relato serpenteante e inquietante
se disuelve y lo que queda es un producto prolijo y más o
menos entretenido pero, en definitiva, superficial.
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2/12/2005 |