Cine / Jim
Jarmusch - Crítica

“Flores Rotas”: Don Juan perdido
en su laberinto
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("Broken Flowers", Estados Unidos,
2005) Dirección y guión: Jim Jarmusch.
Elenco: Bill Murray (Don Johnston), Jeffrey Wright
(Winston), Sharon Stone (Laura), Frances Conroy (Dora), Jessica
Lange (Carmen), Tilda Swinton (Penny), Julie Delpy (Sherry), Christopher
McDonald (Ron), Chloë Sevigny (Asistente de Carmen), Mark Webber
(El chico). Producción: Jon Kilik y Stacey
Smith. Música: Mulatu Astatke. Fotografía:
Frederick Elmes. Montaje: Jay Rabinowitz. Diseño
de producción: Mark Friedberg. Dirección
artística: Sarah Frank. Vestuario:
John Dunn. Duración: 106 min.
Las primeras imágenes
de Bill Murray, remiten inevitablemente a su trabajo en “Perdidos
en Tokio” (Sofia Coppola, 2004). Gesto taciturno e indiferente,
galán venido a menos, un fondo entre melancólico y
tragicómico. De alguna manera, Jarmusch y Coppola parecerían
estar compartiendo el mismo personaje en dos lugares distintos.
Curioso es, de todas maneras, que el punto de vista que eligen sendos
directores es distinto en un sentido: Jarmusch mira desde su personaje,
que pareciera sólo poder ver hacia atrás (su tragedia
es, de algun modo, no poder construir hacia delante); Coppola, por
una cuestión generacional, lo hace desde afuera (Coppola
utiliza como interlocutora a la joven desorientada con su vida que
interpreta Scarlett Johanson, que busca en el de Murray respuestas
que su presente no le da).
Don Johnston es el nombre del protagonista
de Jarmusch, una suerte de anagrama de “Don John” (Don
Juan), que por una letra no es Don Johnson, galán emblemático
de los ´80 (década, por otra parte, en la que Johnston
parece haberse quedado, juzgando por la decoración de su
casa y la ropa que usa). Dinero no le falta (constantemente se le
recuerda, o él mismo comenta, que le ha ido bien con las
computadoras), pero fuera de eso, permanece en un limbo. Jarmusch
introduce un tema relativamente extraño a su filmografía,
que es el del proyecto personal que excede lo material, en lo cual
aparece muy fuerte el elemento de la familia y del legado (¿qué
es lo que queda cuando uno no está más? ¿de
qué sirven los logros personales?, etc.). El vagabundeo es
una característica inconfudible de sus personajes, cierta
calculada incertidumbre que los va llevando de un punto a otro.
En “Flores Rotas”, sin embargo, Jarmusch parece preguntarse
hasta qué punto se puede vagar sin ningún tipo de
lazo espiritual o afectivo. Seductor en decadencia, Johnston ha
tenido innumerable cantidad de amantes en el sentido más
donjuanesco posible, pero, a los 50 ¿qué le queda
de todo eso? La respuesta del film no deja dudas: una casa vacía.
A partir de una misteriosa carta que anuncia
la llegada sorpresiva de un supuesto hijo desconocido, Johnston,
impulsado por su vecino Winston (Jeffrey Wright)), emprende una
investigación para descubrir el origen de la carta y, por
ende, la identidad de la madre y del hijo. Eso lo llevará
a recorrer su pasado (léase, buscar a las mujeres con las
que anduvo el año que habría sido concebido su descendiente),
lo que, paulatinamente, irá hablando más de su presente
(lentamente Jarmusch lleva a su personaje del humor al drama).
Winston es el exacto opuesto de Johnston.
Casado y con múltiples hijos, debe mantener dos trabajos
para sostener a su familia. Al margen de una fascinación
por las novelas policiales (leerlas y la esperanza de escribir una),
(nombre) ve en Johnston (a quien además insiste en convencerlo
de sentar cabeza) un personaje que en cierta forma vive sus fantasías.
La situación de la carta lo hace un personaje novelesco ideal,
y eso, obviamente, estimula su imaginación y lo lleva a empujar
a su amigo hacia la investigación que él mismo ha
planificado con lujo de detalle.
Siguiendo a su personaje, entonces, Jarmusch
emprende una road movie. El camino del héroe nuevamente,
el de la iniciación y la transformación. Aeropuerto-suburbio-motel
suele ser la tríada en cada lugar, todos parecidos, ninguno
igual. Acompaña una fusión jazz-funk etíope.
Las mujeres, tan conocidas para Johnston y tan ajenas al mismo tiempo.
A pesar de los años, su imagen queda detenida en el tiempo,
cada encuentro un pequeño llamado hacia el presente. De toda
esa historia, sólo parece quedar siempre lo mismo: “me
fue bien con las computadoras”.
Jarmusch logra permanentemente crear un clima
de suave incomodidad, como algo fuera de lugar. La cámara
se queda siempre con Johnston, su aparente calma eterna, el encuadre
no se fuerza, pero se espera una reacción que parece no llegar
nunca. La repetición de planos va, a su vez, en concordancia
con el propio Johnston; en su casa, cambia de atuendos deportivos,
todos idénticos salvo por unas rayas de colores distintos.
De viaje, el mismo traje. No hay cambio. La película avanza,
pero Johnston sigue pensando que gira en vacío. Jarmusch,
en este sentido, parece plantarse como un espectador privilegiado
que espera ese click en su personaje.
Sin la interlocutora que lo despierte, como
en “Perdidos en Tokio”, Johnston permanece voluntariamente
en su andar a la deriva, mientras la cámara lo sigue observando
en ese devenir. El desenlace, y la decisión de cortar donde
Jarmusch decide cortar, de esta manera, no es casual.
“Flores Rotas” es como esas nubes
que uno ve venir de lejos, las ve aposentarse sobre nuestras cabezas,
el viento amaina, lentamente la luz se va volviendo gris; finalmente,
comienza a llover.
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14/4/2006 |