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Argentino / Drama - Crítica

“Géminis”: De eso no
se habla...
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
Una producción de Matanza cine, en
coproducción con Slot Machine
Con el auspicio de Incaa, Fonds Sud, y The Global Film Initiative.
Dirección Albertina Carri. Guión:
Albertina Carri y Santiago Giralt. Elenco Cristina
Banegas, Daniel Fanego, María Abadi, Lucas Escariz, Julieta
Zylberberg, Damián Ramonda, Sylvia Bayle, Beatriz Spelzini,
Gogó Andreu, Vivi Tellas y elenco. Productor
Pablo Trapero Productores Ejecutivos Martina Gusman
– Hugo Castro Fau Co Productora Marianne
Slot Dirección de Fotografía y Cámara
Guillermo Nieto Dirección de Arte Maria
Euegenia Sueiro Montaje Rosario Suarez Música
Edgardo Rudnitzky Sonido Jesica Suarez Post
Producción de Sonido Federico Esquerro Vestuario
Mónica Toschi Diseño de Peinado y Maquillaje
Oscar Mulet Jefe de Producción
Matías Miller Asistente de Dirección Emiliano
Torres Dirección de Casting Norma Angeleri
Duración: 85 min
Geminis, los gemelos, las dos caras...
“Géminis” comienza con
una extracción de sangre en plano detalle, la cual tendemos
a olvidar en el resto del film por una simple razón: nunca
más es mencionada. Sin embargo, jugará como elemento
omnipresente a través de los colores, a través de
lo sugerido, a través de lo no dicho.
Un travelling hacia delante nos introduce
al hogar de Lucía (Cristina Banegas) y Daniel (Daniel Fanego),
de Meme (María Abadi) y Jere (Lucas Escariz). Familia burguesa
que aguarda la llegada de Ezequiel (Damián Ramonda) y Montse
(Julieta Zylberberg), el otro hijo con su mujer que llegan desde
Barcelona para replicar la boda ya consumada para darle el gusto
a Lucía.
Lucía
habla todo el tiempo, ¿es la excitación del momento
o una necesidad compulsiva de llenar un vacío que todavía
no sabemos cuál es? Daniel calla todo el tiempo... Meme y
Jere desde un comienzo muestran una relación extraña
en dos hermanos. Ezequiel y Montse parecen dos extraños,
entre ellos y con los demás. Pero se hace de cuenta que todo
es normal y se sigue adelante, todas las familias tienen sus rayes.
Que “Géminis” incluye una
relación incestuosa no es noticia, pero lo que cabe preguntarse
todo el film es por qué. Nada en la tercer película
de Albertina Carri es gratuito, todo parece meticulosamente ubicado
en su lugar. Cada palabra, cada silencio (esos que hablan fuerte),
cada textura y espacio (más comunicativos y humanos que los
seres que los habitan). Géminis es por encima de todo la
duplicidad, lo que al nivel de la narración significa que
está la historia explícita y la que se encuentra detrás.
Al nivel de la superficie, es la decadencia
de la burguesía, con sus costumbres y clichés, con
sus mentiras y posturas, con sus mandatos. Es una idea extraña
de felicidad, basada en la opulencia, en la frivolidad, en el gusto
europeizado, en el simulacro. Todo se repite, de generación
en generación, descomponiéndose en cada pasaje, volviéndose
su artificialidad cada vez más evidente.
Lucía tiene una hermana, Inés
(Beatriz Spelzini), suerte de cómplice, suerte de doble invertida
(Lucía es morocha, Inés es rubia). Cada vez que se
juntan terminan borrachas, único momento en que Lucía
afloja y se relaja. Daniel nunca habla, salvo frases cortas que
no llevan a ningún lado, y esencialmente vive en la luna.
En sus conversaciones no hay pasado, sólo este presente de
plástico. Los recuerdos sobre sus hijos son siempre los mismos
y remiten siempre a los mismos momentos, como si hubieran aprendido
un discurso y no se pudieran correr de él.
Esa
decadencia se repite en Ezequiel y Montse, réplica de Daniel
y Lucía. No hablan, no intercambian, no hay piel. Asistimos
a una salida nocturna, que consiste en ir a una disco, donde suena
una música tipo trance. Extasis y otro tanto de
alcohol. Música a todo lo que da, movimiento frenético,
cero miradas, cero palabras, contacto violento. Otras frases y hechos
posteriores reforzarán el reciclaje generacional.
Meme y Jere son la historia por debajo de
la primera historia. Son lo otro que no se dice, que no se nombra,
que se sabe pero no se quiere ver. Al margen de lo anecdótico
de la relación incestuosa, la pregunta debe ser por qué,
una y otra vez. Y esa pregunta eventualmente, remitirá a
ese olvidado plano fundacional de la extracción de sangre.
Esta representa el origen, lo vital, la identidad... compartirla
implica un lazo, no hacerlo implica otro... No es una lectura unívoca
del film, pero sí una lectura posible.
Una puerta de acero, sin mirilla, es el acceso
de entrada a la casa de Lucía, como una prisión. ¿Qué
es lo que no se quiere que entre? ¿Qué es lo que no
se quiere que salga? Varias veces la cámara sigue a un personaje
hasta que se detiene y vuelve sobre sus pasos para quedarse sobre
un espacio vacío; ¿qué es lo que falta?
Las escenas más comprometedoras entre
Meme y Jere están filmadas desde la mirada del voyeur (a
través de una puerta entreabierto, de un espejo – espejos
presentes por doquier en todo el film, que duplican la realidad
una y otra vez hasta que se pierde la orientación de cuál
es cuál), es decir, ocultada a medias (oculta pero esperando
ser descubierta, castigada). Pero por otro lado está filmada
con toda la sensualidad de una relación “normal”
(de hecho, son los únicos dos personajes cuyo laso aparece
como real y profundo). Y si esto último es así, es
porque el “problema” entonces debe pasar por otro lado...
Meme en un momento busca fotos de su infancia,
¿qué busca? La sangre une, la sangre divide... la
imagen fotográfica es el residuo material de un recuerdo,
y la memoria es identidad...
Pero nunca aparece un personaje que nos explique
todo esto... Todas las situaciones ocurren delante de nuestros ojos,
pero nadie habla. Una de las primeras cosas que dice Lucía
es “hay que hablar las cosas”, pero ella misma se empeña
en no dejar resquicio para que ello ocurra.
“Géminis” abunda en metáforas
sobre la duplicidad, tanto desde lo visual como desde el relato
hablado. Todo apunta a señalar la existencia de los relatos
epidérmicos (la apariencia, el simulacro), y lo que existe
en el fondo. Lo más trágico es el silencio como ciclo,
porque todo remite una y otra vez a él. Es un personaje más,
eventualmente el que lo domina todo.
Carri se niega a cerrar con un final más
clásico, donde la crisis desataría el quiebre sobre
el ciclo de silencio, donde Meme y Jere encontrarían la causa
de su “natural relación”. Y esa negación
es lo más trágico de todo, porque no hay clausura;
todo ocurre en vano, el simulacro se mantendrá, porque por
algún motivo resulta más terrible correr los velos
que aceptar callar lo que la sangre dice una y otra y otra vez.
En “Géminis” se opta por el silencio, por ahogar
el grito en un círculo vicioso perpetuo y autodestructivo.
Santiago Giralt y la propia Albertina Carri
son los responsables del guión, que recuerda la minuciosidad
de Bergman en “Gritos y Susurros”, menos su intelectualismo.
La obsesividad de Carri en la conducción del film está
secundada por un fino y extremadamente preciso trabajo de fotografía
por parte de Guillermo Nieto y su complemento el diseño de
producción a cargo de María Eugenia Sueiro (color,
encuadres y texturas son responsabilidad tanto de la mano del fotógrafo
como de la diseñadora en este caso, expresiones vitales del
relato de Carri).
Las actuaciones están trabajadas desde
un distanciamiento que se asemeja al utilizado por Lucrecia Martel
para “La Ciénaga”, reforzando la atmósfera
de profundo extrañamiento sin que la superficie de sus acciones
deje de parecer normal y hasta familiar. Cristina Banegas utiliza
su entrenamiento corporal de “Sra Macbeth”, para lograr
transformaciones sutiles en Lucía – como si su cuerpo
hablara lo que su relato verbal no puede. María Abadi y Lucas
Escariz cargan con la pesada labor de ser el silencio y lo logran,
lo que demuestra no sólo un buen casting sino una mano segura
de Carri para guiar a sus actores.
En “Géminis” nada es lo
que parece, y es necesario aceptar el reto de ver más allá
de lo obvio, de escuchar el silencio, de hacerlo hablar. Adentro
y fuera del cine.
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24/06/2005 |