Cine / Ciencia
Ficción / Steven Spielberg - Crítica

“La Guerra de los Mundos”:
Spielberg pierde la inocencia, y está bien
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
Dirección: Steven
Spielberg. Intérpretes: Tom Cruise (Ray
Ferrier), Dakota Fanning (Rachel), Miranda Otto (Mary Ann), Justin
Chatwin (Robbie), Tim Robbins (Ogilvy). Guión:
Josh Friedman y David Koepp; basado en la novela de H.G. Wells.
Producción: Kathleen Kennedy y Colin Wilson.
Música: John Williams. Fotografía:
Janusz Kaminski.
Montaje: Michael Kahn. Diseño de
producción: Rick Carter. Vestuario:
Joanna Johnston. Duración: 116 min.
“La Guerra de los Mundos” es en
este caso un título engañoso. El film tiene todas
las características del entretenimiento propios del género
(una cruza entre ciencia ficción apocalítica y cine
catástrofe), con mucha acción, efectos especiales,
un héroe carismático (Tom Cruise), algo de suspenso...
Pero detrás de eso, no demasiado oculto, hay más...
Las superproducciones de Hollywood no son
inocentes productos de entretenimiento. Suelen cumplir, tras su
función de espectáculo, una misión didáctica.
A través de sus diversos relatos, se suelen encontrar pautas
morales, mitos, tendencias ideológicas (siempre a través
del contraste entre las características del héroe
y las de sus antagonistas). Si se hace un seguimiento, será
bastante fácil distinguir valores positivos y negativos sobre
la sexualidad, conceptos de femineidad, masculinidad y homosexualidad,
marcadas diferencias entre el “nosotros” y “el
otro” (aunque ocurra en plural, la abstracción de otro
antagonista es siempre individual y genérico). Dicho esto,
en estos films eventualmente no cabe duda sobre quiénes son
los triunfadores y quiénes los perdedores, siempre con cierto
elemento de predeterminación (quien gana estaba destinado
a ganar, quien pierde lo estaba a fracasar). Las diversas formas
que toma “el otro” siempre, sin embargo, apuntan desde
lejos a un “enemigo real” (la URSS, Medio Oriente, la
invasión latina, etc). Por un lado se exorciza (se sublima
diría Freud) el miedo a través de la película,
pero simultáneamente se está imponiendo una pauta
sobre dónde está el enemigo y sobre la idea de raza
victoriosa (¿o es casualidad que siempre sea Estados Unidos
quien salva al mundo? Y lo que es peor, siempre es algún
individuo de lo más común; es decir, hasta el hombre
más pequeño “nuestro” es superior al del
resto del mundo).
Solemos dejar todas estas consideraciones
momentáneamente de lado para poder disfrutar los films. De
otra manera, no podríamos ver nada, porque siempre estaríamos
viendo fantasmas por todos lados. Sin embargo, teniendo en cuenta
la convulsionada época en que vivimos, no está de
más prestar atención a estos detalles.
“La Guerra de los Mundos” es engañosa
en su título, ¿por qué? Por una simple razón:
no hay guerra. Es lisa y llanamente una aniquilación de la
raza humana por un enemigo imposiblemente superior. Es una invasión
de una superpotencia (¿se entiende por dónde vamos?).
Sencillamente no hay posibilidad de una oposición real por
los humanos, salvo seguir intentando y no perder la esperanza de
poder echar al invasor. No hay guerra, porque la ofensiva es unilateral
e indefendible.
El primer film, el de la década del
´50, era anticomunista claramente. ¿A qué se
referían con esos extraterrestres que de golpe salían
del fondo de la tierra? Quien haya leído novelas de espionaje
durante la época de la Guerra Fría (o Paz Armada como
la llaman algunos historiadores), sabe que solía abundar
la teoría del “topo” (un agente infiltrado en
las filas de Occidente, parte de su sociedad, involucrado en las
altas esferas, pero que en realidad trabajaba para el diablillo
de Oriente). El senador Macarthy veía comunistas por todos
lados, lo mismo que Hoover (la cabeza del FBI) y el fiscal Cohn
(uno de los brazos legales de esta caza de brujas). La idea, entonces,
era que el enemigo podía estar oculto entre la población,
esperando el momento adecuado para atacar... El film era desde la
ficción un claro reforzamiento de toda esta campaña.
En esta nueva versión las cosas cambian
debajo de la superficie. Ese enemigo oculto puede ser inmediatamente
identificado como el elemento terrorista tan de moda hoy en día
(curiosamente originalmente fomentado por el propio país
– entre otros -, que ahora supuestamente pretende eliminarlo
– más fácil era para el rabino de Praga de Borges
matar a su Golem - ). Hasta los mismos personajes arriesgan esa
teoría en principio. Pero justamente por tan evidente es
que queda desestimada (fuera del film, ya que en su interior es
rechazada por el simple hecho de ser monstruos gigantes cuyos pilotos
cayeron del cielo).
Si el film original no era inocente, es lógico
afirmar que la elección de Spielberg por su reposición
tampoco lo es. Un film que es la esencia de la paranoia hacia “el
otro” invisible y peligroso es tomado por Spielberg para convertirlo
en su reverso.
Al comienzo del film, se menciona de forma
anecdótica que el hijo de Ray (Tom Cruise) debe realizar
un escrito sobre la invasión francesa en Argelia. Sin meternos
demasiado en detalle, dicha ocupación eventualmente terminó
en un desastre para ambos países y para Francia el costo
político y social duró décadas. El asunto no
es ignorar a los argelinos, sino tomar en cuenta el detalle que
la potencia francesa fracasó estrepitosamente. ¿elemento
anecdótico? Es muy probable que Spielberg haya optado por
la mención de Francia como forma de distanciamiento, ya que
otro ejemplo de ocupación fallida es la hipermencionada guerra
de Vietnam (la “guerra” de Irak no se estudiará
hasta dentro de 20 años aproximadamente). La idea general
detrás de dicha mención que se verá repetida
en el final de la película es que toda ocupación,
toda invasión, es esencialmente ridícula en tanto
se considera así misma infalible e invencible, y la Historia
ha demostrado una y otra y otra vez que no es así.
Si bien los invasores en “La Guerra
de los Mundos” aparecen por todo el mundo, la acción
toma lugar en Estados Unidos, y acá Tom Cruise no es un militar,
sino un ciudadano bastante común, mediocre incluso. Poner
la acción en Estados Unidos es, de esta manera, invertir
la situación de invasión en el mundo fuera de la pantalla,
igualar la posición del ciudadano americano a la de cualquier
otro invadido en vez de posicionarlo en el rol de salvador de la
democracia y la humanidad entera. El rotundo fracaso de la maquinaria
militar como defensa es ridiculizar la extrema militarización
del país desde el 2001. La intención de Spielberg
no parece ser aumentar la paranoia frente a un posible ataque, sino
al contrario, mostrar las fortalezas y debilidades humanas como
inherentes a todos.
El camino del héroe implica una transformación,
en la que el personaje crece, madura, aprende. En la superproducción
hollywoodense este camino suele culminar cuando la aceptación
del héroe de su rol de liderazgo lo lleva a tomar el toro
por las astas y salvar el mundo. Ray, sin embargo, rompe con dicho
paradigma. Lo que quizás lo enfrente como personaje con un
sector de la audiencia que resista estos corrimientos del género,
lo convierte en realidad en un ser más interesante y profundo.
Quien se creía invencible, quien se creía al margen
del mundo, de golpe se encuentra en el más violento e inverosímil
de los universos posibles que podría imaginarse. Su transformación
no va hacia salvar el mundo (de lo que obviamente forma parte por
una cuestión, sí, de género). De hecho, no
hay salvación en el sentido típico para Ray, sino
un aprendizaje duro y vertiginoso sobre su condición humana.
El protagonista sigue el camino del héroe en su forma más
básica y olvidada, que es la de aprender a ser un Hombre.
Todos los personajes que aparecen no apuntan
a la grandeza de Estados Unidos, sino que caen en heroísmos
equivocados, son patéticos o desesperados... igual que cualquier
otro ser humano sobre la faz de la Tierra. Ray no descubre su espíritu
de supervivencia cuando su país es atacado, sino cuando se
enfrenta por primera vez con la posibilidad de ver morir a sus hijos
(tanto a mano de los invasores como de sus propios congéneres
en medio del caos y el pánico). No hay Resistencia, sino
resistencia. No es un “modo de vida” el amenazado (la
democracia, “la libertad”, como repiten una y otra vez
desde los medios estadounidenses fuera de la pantalla), sino la
vida misma, propiedad de todos y cada uno de los hombres sin distinción
de raza, credo o status socio-económico.
“La Guerra de los mundos” es un
perfecto inverso de su original. No es una declaración a
favor de la paranoia xenófoba que abunda hoy en día
(que promovía el film de los ´50), sino la denuncia
de su estupidez total y su indefectible destino de decadencia y
muerte si no aprende de los errores de la Historia.
Siendo un film de Spielberg, no son de extrañar
las correctas actuaciones, con Tom Cruise a la cabeza de forma efectiva
(sobre todo porque deja de lado sus manierismos para concentrarse
detalles menos llamativos pero más efectivos en el resultado
global). Dakota Fanning sigue sumando a su currículum y parecería
ser una de esas aves raras que va creciendo como actriz a medida
que crece en edad (los niños actores suelen entrar en crisis
a medida que les llega la adolescencia). Mención aparte merece
la aparición de Tim Robbins, en un rol tan perturbador como
clave para la propuesta de Spielberg.
La fotografía de Janusz Kaminsky es
impecable, como siempre, combinándose con el diseño
de arte y los efectos especiales. La creación de un mundo
apocalíptico que recuerda estética pictóricas
que van del Bosco al Greco toman en este caso un aire siniestro
(siniestro entendido como ese mundo cotidiano que repentinamente
se ve corrido... sigue siendo en apariencia el mismo de siempre,
pero dado vuelta en 180 grados, volviendo extraño lo que
antes era normal y normal lo que era imposible, generando la sensación
de angustia correspondiente).
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1/07/2005 |