Cine / Drama - Crítica

“Hamaca Paraguaya”: Esperando a Máximo
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
(Paraguay, Argentina, Países Bajos, Francia, Austria y Alemania, 2006) Dirección y guión: Paz Encina.Elenco: Ramón del Río (Ramón), Georgina Genes (Cándida).Producción: Marianne Slot, Lita Stantic e Ilse Hughan.Música: Óscar Cardozo Ocampo. Fotografía: Willi Behnisch. Montaje: Miguel Schverdfinger. Diseño de producción: Carlo Spatuzza. Duración: 78 min.
Un plano amplio que habrá de repetirse. La cámara quieta. Los personajes, pequeños, en el fondo. Su diálogo, anodino, sin dirección alguna, pura espera, en primer plano. Cándida y Ramón esperan el regreso de su hijo de “la guerra”. Vladimiro y Estragón esperando a Beckett.
En la selva paraguaya, estos dos seres sencillos reconstruyen y deconstruyen el momento de la partida de su hijo. Su rostro no lo vemos jamás. De hecho, los planos son absolutamente despojados, como lejanas fotografías en movimiento donde se sobre impone un texto dicho, voces que remiten al pasado.
En medio de las palabras, aparecen figuras como la “patria”, dichas en medio de un área donde esa misma patria no parece saber ni importarle demasiado quiénes son sus ocupantes. En ese aislamiento y sencillez hay un aire romántico, pero también algo muy melancólico y trágico, que tiene que ver con el abandono y la propagación de discursos instaurados que tienen por únicos perdedores a los mismos personajes de siempre.
En ningún momento “la guerra” deja de ser algo genérico; es algo que está ahí afuera y que llama a los ciudadanos a cumplir con su deber. Es un imperativo. Lo anónimo de los rostros fotografiados como planos vivientes por Paz Encina los vuelve uno y muchos; no hay anclaje en una individualidad particular, sino un relato repetible en múltiples cuerpos.
El ritmo es cansino, acompañado por los ruidos de la zona en que viven los protagonistas (si es que se los puede llamar así), y por el ladrido de la perra que perteneciera a su hijo. Ella es un permanente recordatorio, es la herida viva y presente. Incluso cuando está a punto de morir, porque la han dejado estar sin alimentarla ni darle de beber, la curan, la resitituyen. Simultáneamente quisieran matarla, porque es el recuerdo de lo que ya no está, pero, por ese mismo motivo, tampoco pueden ni quieren terminar de eliminarla.
Como Vladimiro y Estragón, los antihéroes de Beckett que están eternamente “Esperando a Godot”, Cándida y Ramón, ya viejos, ya solos, siguen esperando el retorno de Máximo. Si ha muerto realmente o no, poco importa, porque es la construcción que ellos hacen de eso perdido. Lo mantienen vivo como memoria, porque la otra posibilidad es demasiado terrible; no sólo que Máximo haya muerto, sino que ellos mismos lo hayan enviado a su muerte. Y, lo curioso, es que en ningún momento culpan realmente a la guerra, eso que está ahí afuera. Son ellos, las víctimas, quienes, en cierta manera, terminan construyéndose como victimarios.
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21/12/2007 |