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“Infame”: Espejos y representación
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("Infamous", EEUU, 2006) Dirección:
Douglas McGrath. Elenco: Toby Jones (Truman Capote),
Sandra Bullock (Nelle Harper Lee), Gwyneth Paltrow (Kitty Dean),
Sigourney Weaver (Babe Paley), Daniel Craig (Perry Smith), Isabella
Rossellini (Marella Agnelli), Hope Davis (Slim Keith), Lee Pace
(Dick Hickock), Peter Bogdanovich (Bennett Cerf), Jeff Daniels (Alvin
Dewey), Juliet Stevenson (Diana). Guión:
Douglas McGrath; basado en un libro de George Plimpton. Producción:
Jocelyn Hayes, Christine Vachon y Anne Walker-McBay. Música:
Rachel Portman. Fotografía: Bruno Delbonnel.
Montaje: Camilla Toniolo. Diseño
de producción: Judy Becker. Vestuario:
Ruth Myers. Duración: 118 min.
Para empezar la nota, comenzaré
por aclarar que no tengo la intención de realizar comparaciones
con “Capote”, la película que tuvo a Phillip
Seymour Hoffman como protagonista.
Un club nocturno. Un hombre pequeño
entra acompañado de una mujer alta. Se sientan. Entra la
cantante y entona una letra de amor. En un momento dado se frena,
contiene las lágrimas, sigue un poco a capella, y luego vuelve
al ruedo. Ese instante de duda, de emoción (¿falsa?)
es el que capta la atención del público, que hasta
ese momento hablaba sin prestar quizás demasiada atención.
Esos segundos de silencio se habían vuelto tensos, cargados
de expectativa (¿podrá continuar? ¿no podrá?
¿por qué la cara triste?).
No importan los siguientes casi 40 minutos,
donde el film introduce el relato en el retrato de Truman Capote
y cómo este, un hombre que se codea con la alta sociedad,
estrafalario y prepotente, se va relacionando con el pueblo (curiosamente,
un pueblo muy similar a aquel donde él se crió). No,
lo esencial está en esos primeros 120 segundos. El artificio,
la máscara, el éxito de la máscara. Los 40
minutos que le siguen son para explicar eso.
Capote
es la máscara. Ya es famoso y vive rodeado de ricachones
que adoran escuchar sus historias y quedan fascinados con su eléctrica
energía. Sólo algunos pocos lo conocen o intuyen lo
que él se empeña tanto por ocultar tras esa estridencia
con la que avanza. Cuando llega al pueblo persiguiendo la historia
de cómo un crimen atroz puede modificar a una población
pacífica y confiada, cree que simplemente deberá esperar
a desarrollar su relato, como ya lo ha hecho infinidad de veces
(alterando, incluso, como le reprocha una amiga, los hechos en pos
de una narración más atractiva). Y al principio consigue
lo que busca.
El relato, en ese sentido, se encabalga sin
trabas.
Ahora, rewind… antes de encontrar la
historia del asesinato, Capote ha iniciado otra obra, “Answered
Prayers”, pero la página está en blanco. Es
en ese momento que se levanta y va en busca del diario. La historia
que encuentra es la que habrá de titular “A sangre
fría”, pero la otra queda ahí, ignorada. ¿Por
qué sí pudo comenzar algo que no sabía que
estaba ahí y no pudo con lo otro?
Capote fue en busca de la distracción,
esperando una salida fácil y otro éxito. Lo que encontró
fue aquello a lo que lo llevaba esa página en blanco: a sí
mismo. Un sí mismo que probablemente ni siquiera él
mismo esperaba, después de tantos años y tanto esfuerzo
de contruirse como el personaje verborrágico e imbatible.
Cuando los asesinos sean atrapados, el relato
de Capote toma un giro inesperado. La historia pasa de la comunidad
a los asesinos, indagar en sus mentes el por qué de sus acciones.
Y acá es cuando el film toma su primer punto de inflexión
importante. Aquellos instantes de silencio iniciales, donde el efecto
afectado de la cantante conseguía la atención y la
emoción de todos, acá se vuelve real para Truman.
Los planos más frontales o normales de la introducción
se vuelven oblicuos, los ángulos de fuga están achatados,
reforzando el efecto claustrofóbico. Truman no sólo
está encerrado en la celda con sus personajes, están
CON ellos… al menos, está con uno de ellos, Perry Smith.
Ambos actores, sobre todo Daniel Craig, tienen además un
gran parecido físico con Robert Blake y Scott Wilson, quienes
protagonizaran el primer film sobre la novela de Capote allá
por 1967, dirigido por Richard Brooks – sobre todo Craig,
que toma evidentemente elementos de la interpretación de
Blake, condensándolos a nivel corporal, ya que el relato
de 1967 abarcaba la crónica de los hechos, permitiéndole
al actor una construcción más elaborada en el tiempo,
mientras que la de Craig lo es en el espacio confinado de una celda.
Perry
es un ser físico, violento, pero cargado igualmente de una
sensibilidad visceral. En muchos aspectos, Perry da las características
de un asesino serial, pero, al mismo tiempo, es un ser humano profundamente
lastimado que sólo sabe golpear. Cuando no quiere hablar
y Truman busca convencerlo, usa permanentemente la frase “siempre
doy un retrato humano y fiel de mis personajes”, a lo que
Perry responde, enojado, “¡no soy tu personaje!”.
Entrevistas. Como si fuera un documental de
reconstrucción, McGrath incluye entrevistas insertadas a
los diferentes protagonistas, quienes hablan de Capote en pasado.
Como Rosebud, se busca al hombre detrás del texto. A diferencia
de Kane, todos parecen tener una idea bastante unificada de quién
era Capote. Sin embargo, ninguno puede explicar cómo ocurrió
la relación que ocurrió.
Capote se enamoró de su personaje…
¿lo sentía su espejo, su imagen real detrás
de la máscara? ¿le atraía su tragedia? ¿se
identificaba con el camino hacia la destrucción que bien
él podría haber seguido y por eso quería salvarlo?
Hay algo así como una burla del destino, en el sentido que
Perry destruyó la familia feliz que él nunca pudo
tener, con hijos teniendo la educación que el hubiera querido
para sí mismo (irónicamente, con respecto a Capote,
un artista frustrado). Pero Perry, quizás, también,
es aquello que el pequeño Truman podría haber sido.
La oscuridad se va imponiendo cada vez más.
Continuar el libro es como Willard adentrándose en el río
buscando a Kurtz en "Corazón de la Oscuridad",
la novela de Joseph Conrad, y más aun en "Apocalypse
Now!", el film de Francis Ford Coppola, buscando su propia
oscuridad. Capote miró al abismo y nunca más pudo
dejar de hacerlo.
Todo ese inicio simpático que linda
con cierto aire de comedia queer va siendo reemplazado por el melodrama
y el thriller. Lo que era luminoso se apaga, lo que tenía
colores, se vuelve monocromo. En el final, sólo queda el
rostro tapado de Perry Smith a punto de ser ahorcado. En el final,
ya no hay Truman Capote, sino sus restos. Escribir y terminar “A
sangre fría”, fue llegar al corazón de su propia
oscuridad…
Capote “inventó” la novela
de no-ficción (como Rodolfo Walsh, pero entrar en esa comparación
ya pertenece a otra nota). Curiosidad y paradoja, que él
mismo fuera el que, con su obra máxima, perdiera la noción
entre la novela y la realidad, convirtiéndose en un personaje
integral de su propia narración.
Por eso, la clave está en esos primeros
segundos.
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17/8/2007
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