Cine / Drama
Bélico - Crítica

“Soldado Anónimo”:
Larga espera en el corazón de la oscuridad
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
(“Jarhead”, EEUU, 2005) Dirección:
Sam Mendes. Guión: William Broyles; basado
en el libro de Anthony Swofford. Elenco: Jake Gyllenhaal
(Tony "Swoff" Swofford), Peter Sarsgaard (Allen Troy),
Lucas Black (Chris Kruger), Jamie Foxx (Sargento Sykes), Chris Cooper
(Teniente coronel Kazinski), Evan Jones (Fowler), Brian Geraghty
(Fergus O'Donnell), Jacob Vargas (Cortez), Laz Alonso (Escobar).
Producción: Douglas Wick y Lucy Fisher.
Música: Thomas Newman. Fotografía:
Roger Deakins. Montaje: Walter Murch. Diseño
de producción: Dennis Gassner. Vestuario:
Albert Wolsky. Duración: 123 min.
“Soldado Anónimo” es el
tercer film de Sam Mendes. Su título original en realidad
es “Jarhead”, un apodo peyorativo que refiere a los
marines norteamericanos: cabeza de jarra, un envase vacío.
Basada en las memorias de un soldado de la Guerra del Golfo original,
la película de Mendes aborda el problema bélico sumándose
a la andanada de films de temáticas similares (“Munich”,
“Syriana”, “Buenas noches, buena suerte”,
las más recientes).
Anthony Swofford se enlista, con el tiempo
pasa de ser un joven crudo y verde a un francotirador que exuda
testosterona y cuyo anhelo pasa por estar en un frente de batalla
(“The Suck”, como la llama su compañero Troy,
algo así como “el fregadero”). “I was hooked”
(“me volví adicto”), dice Swoff mientras voltea
muñecos. Mendes y su director de fotografía producen
una erótica visual, concentrándose en los cuerpos
de los soldados, así como en su transformación. Ese
pequeño mundo de fantasía, donde el entrenamiento
más duro es aun percibido hasta cierto punto como un juego
violento, se termina cuando Kuwait es invadido y Estados Unidos
envía sus tropas.
Los soldados enviados no perciben una guerra,
sino la posibilidad de pasar a la acción. El viaje en avión
que los lleva a destino es el elemento de transición, el
último lugar de inocencia.
El film está dividido en tres actos:
el primero, la iniciación de Swoff, el segundo, la llegada
al lugar donde deberán esperar órdenes, el tercero,
cuando ingresan al terreno donde están tomando lugar los
hechos.
El segundo es el que ocupa más espacio:
la narración de Swoff (en todo momento lo seguimos a él)
se detiene en el momento de la espera. Ese tiempo es el centro del
relato. El calor del desierto, el constante entrenamiento para estar
preparados, el ambiente cerrado que no excede los compañeros
de carpa… la repetición infinita de este círculo
finito de acciones. La textura de la imagen se concentra en una
gama limitada de matices ocre, el brillo quemando (el sol implacable),
y las fugas del desierto en contraste con el horizonte opresivo
del campamento. A estos marines, entrenados para matar, no los vuelve
locos la guerra sino la falta de ella…
El exterior, la vida civil, sólo aparece
en la forma de fugaces flashbacks o a través de una voz en
el teléfono. Lejana, perteneciente a otro mundo. Las alusiones
bélicas, como la constante reproducción para los soldados
de films como “Apocalypse Now” (en una escena muy similar
a “1984”, los soldados festejan de forma histérica
la famosa escena del bombardeo de napalm que va acompañado
por “La Danza de las Valkirias”, de Richard Wagner),
o “El Francotirador”, colaboran a la sobrestimulación
de este universo cerrado. Curioso, además, que films antibelicistas
son resignificados en festejos de la violencia y la destrucción
Mendes se concentra sobre la mirada de Swoff.
Poco a poco, su mirada pierde brillo (aquí es en gran parte
mérito de Jake Gylenhaal).
El tercer acto, el supuesto paso a la acción,
es el que le permite a Mendes ejercitar su lado onírico.
En un reverso de los sueños fantásticos y poéticos
de “Belleza Americana”, en “Soldado Anónimo”
el director elige el camino de la pesadilla. Las imágenes
que paulatinamente se hacen cada vez más presentes parecen
sacadas de algún cuadro de El Bosco o algún sueño
loco de Goya. Un infierno de violencia anónima (la guerra
no es más la que se pelea en la tierra sino la de las bombas
inteligentes y el enemigo, por lejano, nunca termina de tener rostro),
los rodea: explosiones, ataques por error, el petróleo incendiándose
en una noche infinita.
La violencia extrema de “Soldado Anónimo”
no viene del lado de lo que se ve, sino del lado de lo que no ocurre.
Simultáneamente, es el querer huir de la situación,
de que se termine, pero también de no irse jamás…
es algo así como el Secreto del Acero de Conan ("Conan
el Bárbaro", John Millius), es el camino del guerrero.
Y, en ese terreno, el film de Mendes transita un espacio de mayor
ambigüedad que el de su contemporáneos de pantalla.
No justifica la guerra e incluso muestra su lado ridículo
y demencial, pero tampoco termina de impugnarla… quizás
es que Mendes-Swoff ven en el conflicto bélico una forma
de juego terrible, un deseo del que sus personajes no pueden librarse…
en cualquier caso, no es un sabor dulce el que queda en la boca
cuando llegan los créditos finales…
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24/2/2006 |