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Judíos en el espacio - Gabriel Lichtman

“Judíos en el espacio”: Como una dulce foto vieja

por Diego Braude dbraude@imaginacionatrapada.com.ar

(Argentina, 2006) Dirección y Guión: Gabriel M. Lichtmann Elenco: Fernando Rubio (Santiago “Tati”), Luna Paiva (Luciana), Verónica Llinás (Mirta), Axel Andersón (Mauricio), Beatriz Spelsini (Raquel), Romina Sznaider (Tamara), Sammy Lerner (José), Gerardo Chendo (Toledo), Alejandro Zucco (César), Celeste Martín (Bienvenida), Dirección de Fotografía: Diego Poleri Dirección de Arte: Mariela Rípodas Dirección de Sonido: Jessica Suarez Montaje: Andres Pepe Strada y Agustín Rolandelli Música: Diego Voloschin Vestuario: Charly Braile Producción Ejecutiva: Fernando Sirianni Producida por: Gabriel Lichtmann y Diego Radivoy Duración: 90 minutos

"Empecemos por un chiste clásico: un gangster judío entra al departamento de su madre baleado, desangrándose, y le pide ayuda. “Mamá, me muero” le dice “llama a mis compañeros, y por favor ni se te ocurra llamar a la ambulancia o a la policía”. La mujer indignada mira a su hijo arrastrándose por el piso, y le contesta “¿Qué forma es esa de saludar a tu madre? Primero pasá, comé algo, y después hablamos”.

Gabriel Lichtman

Un acto escolar, una peculiar performance infantil, luego una cena de Pesaj. Toda la familia unida, incluidas las tres hermanas y su respectiva progenie. Todo ocurre en un clima idílico, hasta que toma lugar un hecho que habrá aparentemente de fracturar a la familia en los años venideros.

Judíos en el espacio - Gabriel LichtmanCorte. Elipsis. Presente. El abuelo decide, tras el fallecimiento de su esposa y una caída en un pozo depresivo, suicidarse. El fallido intento, sin embargo, logra juntar a las partes de la desmembrada familia, sobre todo a las tres hermanas. Una de ellas, en conflicto con las otras dos desde hace años, reaparece y trae la noticia de que se ha casado con un ortodoxo (“preferimos ´observante´ “), así como una visión nueva y más rígida sobre el mundo (cuando antes era la más descocada de las tres). Santiago (Fernando Rubio), el protagonista de aquella performance infantil (una obra escolar para Pesaj que había recibido el título de “Judíos en el espacio”), es ahora un joven chef en el restaurante de comida tailandesa de un amigo forzadamente fashion. Su vida está un poco a la deriva entre sus sueños y su realidad y está contemplando el exilio. Las aguas borrascosas de los acontecimientos familiares traen de vuelta a Buenos Aires a la otra pata conflictiva de la familia (casualmente, hija de la ahora ortodoxa Raquel – Beatriz Spelsini -), Luciana (Luna Paiva), que vive en el exterior, estudia teatro y se ha convertido en una sensual mujer. Un “algo” inconcluso entre Santiago y Luciana parece condensar el quiebre de la familia y el conflicto a resolver.

Toda la estructura familiar grupal parece desmoronarse. El abuelo ha perdido su fé: ya no va al templo, ya no practica los ritos y, como forma de rebeldía, consume menús infantiles de comida chatarra (buscando coleccionar muñequitos de Los Simpsons, símbolos de la cultura pop) en contraposición a la kosher que antes formaba parte de su dieta. Su joyería, ahora manejada por dos de sus hijas, Tamara (Romina Sznaider) y Mirta (Verónica Llinás), está cerca de la quiebra y los primos están todos distanciados. El fallido intento de suicidio, sin embargo, logra juntarlos en la sala de hospital y acordar en organizar la cena de Pesaj para convencer al abuelo de que todavía vale la pena vivir por algo.

Judíos en el espacio - Gabriel LichtmanLa cena de Pesaj recuerda la salida de Egipto del pueblo judío. De hecho, el Éxodo encabezado por Moisés en el relato bíblico del Antiguo Testamento representa la fundación del “pueblo” judío. En el Seder (la cena acá en cuestión) los niños preguntan y los mayores responden, elaborando el relato de la salida. A los fines de este film, el seder funciona primero como tradición (en las escenas iniciales, incluso hasta por el virado sepia de las imágenes) y luego como refundación. Es esta nueva cena la que permite avizorar una nueva unión familiar, un nuevo comienzo, distinto, pero no por eso más negativo. Así como el éxodo inicial cortaba con una vieja forma de vivir, esta cena que arman Santiago y Luciana tienen por objetivo es el punto de inflexión entre la vieja tradición familiar que se hace añicos (efecto incluso reforzado por la presencia de un gran archivo fotográfico familiar que es como el pasado congelado) y un nuevo y caótico comienzo. La cena del inicio marca la partida del relato, la del final cierra, un volver hacia cero para volver a empezar.

En el hipotético caso que un director enfrentado a un poco riguroso guión sobre la vida de Bugsy Siegel u otro mafioso judío, se viera obligado a filmar esta escena, deberá tomar la difícil decisión de recurrir a la elipsis y apostar por la acción, o profundizar en las consecuencias de este encuentro. Lo más probable es que la descarte por considerarla superflua, nada más que una nota de color sin importancia; a lo sumo, si tiene sentido del humor, la incluirá en un segundo plano, para retomar luego la narración. En cambio, si este supuesto realizador hubiera sufrido los embates de la educación judía, es muy posible que se detenga en los (absurdos) diálogos entre madre e hijo, los reproches de esta por los años invertidos en su educación y desperdiciados por él en una carrera en el mundo del crimen, y por no haber encontrado aún una “buena chica judía” para casarse. Luego mostraría como el delincuente es obligado a sentarse a la mesa mientras espera la ambulancia que llamó la buena mujer a pesar de sus advertencias.

G.L.

Judíos en el espacio - Gabriel LichtmanLa familia de “Judíos en el espacio” funciona por momentos casi como una versión homenaje, en un estilo particular, a la familia de “El Padrino”. Una versión judía, clase media y sin mafia de por medio, pero la imagen de la mesa familiar y ciertas situaciones de roles, deberes y demás, pueden recordar a la trilogía de Coppola y Mario Puzo. Incluso, la escena en que vuelve Luciana está armada de forma similar a una de “El Padrino III”, que ocurría entre Andy García y Sofía Coppola (y, de hecho, Luna Paiva tiene un aire a Sofía Coppola y en esta escena usa un vestuario muy similar). Esta cuestión de lo familiar que siempre vuelve y de sus propias grandes y pequeñas tragedias y comedias.

“Judíos en el espacio” tiene un ritmo tranquilo, que va avanzando con calma, construyendo sus personajes sin olvidarse nunca de incluir una generosa dosis de comentarios propios del humor judío. Cada personaje está construido con cuidado, tanto desde lo individual actoral como en su entorno (materiales, decoraciones, texturas). Detrás del inicio conflictivo y casi trágico parece esconderse el gusto dulce y cálido del afikoman. El film entero está impregnado de ese humor (del que logran apropiarse los actores, sobre todo los “más adultos”, no sólo en las palabras, sino también con miradas y gestos), que tiene siempre la característica de darle un giro tragicómico a la vida. Por otra parte, interrumpe, hace un poco de ruido, cierta falta de química por momentos entre los actores jóvenes, y que en ocasiones el montaje aparece como “televisivo” por la abundancia en esos instantes de planos y contraplanos.

La frase “¿Porque es diferente esta noche de las demás noches?” forma parte de un rezo que dicen los hijos menores durante el Seder de Pesaj. En él los niños interrogan, sin obtener nunca una respuesta, sobre el significado de la comida de Pesaj, distinta a la de los demás días del año. Según la interpretación de mi vieja Haggadah, la importancia de este rezo está en que “Para el creyente, no hay preguntas; mientras que para el no creyente, no hay respuestas”.
Al parecer la pregunta es si todavía es posible creer, y, sobre todo, en qué creer."

G.L.

El relato familiar se suele percibir como espectador de otra manera cuando se intuye una relación afectiva con la narración. El texto genérico puede atraer y entretener, pero la diferencia la sigue marcando la presencia humana que va más allá de la fórmula. Seguramente habrá comparaciones con “Esperando el Mesías”, de Daniel Burman, pero la ópera prima de Gabriel Lichtman tiene vida propia; una gran historia sencilla en la forma de una anécdota cálida con final feliz, un vino dulce.

www.imaginacionatrapada.com.ar
8/9/2006

     
     

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