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Steven Spielberg - Crítica

“Cartas de Iwo Jima” y “La
Conquista del Honor”: Clint Eastwood y las caras de la guerra
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("Flags of our fathers", EEUU, 2006)
Dirección: Clint Eastwood. Elenco:
Ryan Phillippe (John 'Doc' Bradley), Jesse Bradford (Rene Gagnon),
Adam Beach (Ira Hayes), Barry Pepper (Mike Strank), John Benjamin
Hickey (Keyes Beech), John Slattery (Bud Gerber), Paul Walker (Hank
Hansen), Jamie Bell (Ralph Ignatowski), Robert Patrick (coronel
Chandler Johnson), Neal McDonough (capitán Severance), Melanie
Lynskey (Pauline Harnois). Guión: William
Broyles Jr. y Paul Haggis; basado en el libro de James Bradley y
Ron Powers. Producción: Clint Eastwood,
Steven Spielberg y Robert Lorenz. Música:
Clint Eastwood. Fotografía: Tom Stern. Montaje:
Joel Cox. Diseño de producción: Henry
Bumstead. Vestuario: Deborah Hopper. Duración:
132 min.
("Letters from Iwo Jima", EEUU,
2006) Dirección: Clint Eastwood. Elenco:
Ken Watanabe (general Tadamichi Kuribayashi), Kazunari Ninomiya
(Saigo), Tsuyoshi Ihara (barón Nishi), Ryo Kase (Shimizu),
Shidou Nakamura (teniente Ito), Nae (Hanako), Hiroshi Watanabe (teniente
Fujita), Takumi Bando (capitán Tanida), Yuki Matsuzaki (Nozaki).
Guión: Iris Yamashita y Paul Haggis; basado
en el libro "Picture letters from commander in chief"
de Tadamichi Kuribayashi. Producción: Clint
Eastwood, Steven Spielberg y Robert Lorenz. Música:
Kyle Eastwood y Michael Stevens. Fotografía:
Tom Stern. Montaje: Joel Cox y Gary D. Roach. Diseño
de producción: Henry Bumstead y James J. Murakami.
Vestuario: Deborah Hopper. Duración:
140 min.
Quizás el film que mejor defina el
espíritu de Clint Eastwood sea uno que, a su vez, se basó
en otro particular director: “Cazador blanco, corazón
negro” (1990), que partía de los diarios de rodaje
del film “African Queen”, del legendario y malhumorado
John Huston. Volviendo a ese relato, al personaje de John Wilson,
es como es factible entender que un republicano confeso que apoyó
a Richard Nixon tenga, sin embargo, una necesidad permanente de
hacer hincapié sobre la necesidad de la libertad y la igualdad
de derecho. John Wilson / Clint Eastwood era un director cascarrabias,
conservador, pero dispuesto sin ningún problema a tomarse
a golpes de puño para defender a quien considerara injustamente
atacado o fuera el “más débil”. Tomando
la biografía indirecta de otro, Eastwood estaba hablando
de su propia posición frente a la vida.
Es a través de esta característica
como es posible entender la necesidad de Eastwood de hacer no una,
sino dos películas, rodadas de forma consecutiva, sobre la
toma de la isla de Iwo Jima por el ejército norteamericano.
Para acercarse a la necesidad de humanizar
a soldados y héroes, es posible también remitirse
a otro film anterior: “Los Imperdonables” (1992). Durante
la década del ´60 y ´70, Eastwood se hizo famoso
por dos tipos de roles que protagonizó como actor: Harry
Callahan, alias Harry, el Sucio (en 1971, ´73, ´76,
´83 y ´88), el violento y justiciero policía,
y los varios personajes de los llamados “Spaghetti Westerns”,
como “El Bueno, el Sucio y el Malo” (1966) o, más
cerca en el tiempo, dirigida por él mismo y casi como un
homenaje, “El Jinete Pálido” (1984). Esencialmente,
pistoleros violentos, que tomaban la justicia en sus propias manos,
invulnerables, moralmente incorruptibles. Pero “Los Imperdonables”
fue, precisamente, su reivindicación a partir de su reversión.
William Munny, el protagonista, el propio Eastwood, era ahora un
viejo pistolero venido a menos, lejos de sus días de gloria
como un ebrio asesino. Espejo deformante de aquellos héroes
de mano dura. “Los Imperdonables” seguía tanto
las leyes del western como las subvertía. Género épico
de históricas redenciones, no encontraba, sin embargo, en
este caso su lado más amable. En un Oeste violento, este
terminaba siendo un episodio más, un momento más de
una historia de una no tan romántica conquista del territorio.
William Munny personificaba la burla de los grandes relatos de pistoleros
y poéticos delincuentes.
“La Conquista del Honor” está
realizada con el espíritu de William Munny…
Una famosa fotografía que tiene su
propio monumento alegórico en Washington fue clave para la
Segunda Guerra. Los Estados Unidos se hallaban en problemas económicos
para seguir financiando su presencia en el conflicto. La batalla
de Iwo Jima podía ser el símbolo de su éxito
o de su fracaso. Hasta la Segunda Guerra, es necesario recordar,
el intervencionismo de los Estados Unidos era limitado y resistido
en la sociedad. Ya en la Primera Guerra el presidente Wilson había
tenido obstáculos para sumarse al frente de batalla. El Tesoro
está a punto de lanzar unos bonos para poder seguir solventando
su presencia armada. En medio de la cruenta batalla de Iwo Jima,
una foto, una figura icónica de alto contenido simbólico,
aparece revelándose en la batea de los fotógrafos
corresponsales: un grupo de soldados levanta una bandera al tomar
el monte Suribachi; el sacrificio, la victoria, el no rendirse ante
la adversidad.
Lo que no sabrá el público norteamericano
es que esa foto es la segunda. La primera bandera, la original,
fue levantada por un batallón anterior. Pero esa foto se
perdió. La que sobrevivió es la de una bandera “suplente”
(la original fue pedida como botín en ese mismo momento por
un militar de alto rango y debió ser reemplazada por esta
otra).
El
asunto es que lo que llega al público es esta otra imagen,
que pasa a ser tomada por un original. Los medios la muestran como
la imagen de quienes fueron los primeros en tomar oficialmente el
monte Suribachi, pero no es así. El detalle parece nimio,
pero el valor icónico y simbólico para el momento
no lo es. Como todo relato fundacional, este es el del heroísmo
estadounidense en la Segunda Guerra, es el punto de inflexión
en que el conflicto podría haber tomado una u otra dirección
(si Estados Unidos, por ejemplo, por falta de fondos, hubiera debido
retirarse de la contienda). En medio de muertes, bombas, torturas
y demás, una simple foto termina cumpliendo un rol protagónico.
Pero el film no es sólo sobre el poder
de la imagen (como tampoco era en “Los Imperdonables”
el hecho de que los relatos sobre pistoleros fueron producto más
de la imaginación de un mediocre escritor que basados en
la realidad). Es un elemento importante, porque es, en definitiva,
lo que termina justificando que Clint Eastwood decida encabezar
el proyecto. Es la posibilidad, precisamente, de “hacer una
diferencia”.
Los soldados de la foto son llamados a realizar
un tour por los Estados Unidos, los héroes promocionando
al propio país. Cada uno lo vivirá a su manera, pero
es precisamente el hecho de que sean falsos héroes lo que
interesa al guión. Sería más sencillo si hubieran
sido personajes parecidos a Capitán América (un personaje
de comics surgido en aquella época que batallaba, casualidad,
a un maligno genio llamado Cráneo Rojo, una especie de cruza
maligna de comunista y nazi), pero no. El rótulo será
más un estigma que un premio.
Un héroe es alguien que está
en un nivel superior, casi sublimado. Es intocable, está
lejos. Por definición, entonces, no es real. Los héroes
son construcciones que se realizan más desde afuera que por
parte de los propios protagonistas. No se decide ser un héroe,
sino que es un rango que otorgan los otros. Como es un rango imaginario,
ningún ser humano está a ese nivel, y, por eso, está
destinado a fallar y a caer.
Los
pueblos suelen necesitar estas figuras, para inspirarse, pero también
para canibalizarlas por el mismo motivo por el cual las veneran.
En medio de una guerra que dejó millones de muertos, tres
soldados son héroes porque fueron congelados en una imagen.
En “La Conquista del Honor”, Eastwood
pasa más tiempo en Estados Unidos que en Iwo Jima (al revés
en “Cartas de Iwo Jima”). El campo de batalla es un
recuerdo permanentemente incompleto, lejano. Es, como la propia
isla, un terreno asociado con la muerte y no con el aire romántico
que algunos filósofos le otorgaran a la guerra. No es el
lugar donde los hombres se hacen hombres, sino simplemente el lugar
donde van a morir y a matar y donde cada uno hace lo que puede por
evitarlo.
Con excepción de los flashbacks, el
relato es lineal, centrándose en la relación conflictiva
de cada soldado con su nuevo y efímero status de salvadores
de la patria.
No hay exaltación, sólo la historia
de un grupo de seres humanos capaces de gestos estóicos.
El acento está puesto en humanizarlos, que pueden ser como
cualquier otro depositado en esa situación. Ninguno pasó
a la posteridad, fueron usados porque necesitaban ser usados; sirvieron
a un propósito y su futuro estuvo exento de glamour. El pueblo
necesitaba héroes de carne y hueso, y una fotografía
y el gobierno se los dieron. Pero los héroes no existen,
porque las guerras no son heróicas; sólo existen los
hombres y sus capacidades y limitaciones, por pequeñas o
grandes que sean.
Como
el otro lado de la moneda, Eastwood también dirigió
“Cartas de Iwo Jima”, hablada en japonés (con
lo que al público estadounidense le gusta leer subtítulos).
Con una estética más dura y
fría que acentúa el efecto visual de “Salvando
al soldado Ryan” (aunque, en este caso, el DF no sea Janusz
Kaminsky), “Cartas de Iwo Jima” parte de unas cartas
reales que se encontraron en la isla. El film se inicia con una
tonada de tipo oriental que se entremezcla con un aire de marcha
militar a medida que se va posando sobre el terreno (compuesta por
el hijo del propio director). Isla estéril, un terreno inservible
y hostil, cuya única utilidad es haberse convertido en un
punto estratégico para poder atacar Japón.
El ejército japonés está
perdiendo, y es entonces que los hombres depositados en Iwo Jima
se enteran que no habrán de recibir refuerzos. Han perdido
la pelea por anticipado, pero, de todos modos, habrán de
luchar mientras puedan. Un general formado en Estados Unidos los
encabeza y los lleva a elaborar estrategias que los harán
durar más, ya que conoce las formas de ataque del enemigo.
Si bien parte de la historia transcurre entre diálogos sobre
estrategia militar, traiciones, honor, las diferencias entre el
conservadurismo de la cultura imperial y su decadencia, etc., lentamente
el centro va pasando a ser la mera resistencia de los soldados japoneses.
Durante las dos horas y media que dura el
film, no hay cambio en la estética. El general Kuribayashi
(Ken Watanabe), en lugar de estar en barracas y temiendo un bombardeo,
ha ordenado cavar cuevas en el monte Suribachi. La guerra termina
estando tanto afuera con el invasor, como adentro en el drama de
la supervivencia.
Planos
cerrados, sin aire, oscuridad o luz que quema (en los exteriores
diurnos). No hay nada amable, pese a alguna gota de humor. El enemigo
no sólo tiene un rostro… Es digno de ser considerado
heróico en su resistencia concientemente infructuosa, en
saber que lucha una batalla perdida. Es tan digno de compasión
y humanidad como de monstruosidad, igual que el invasor. Hay hombres
tan comunes en el ejército japonés como los hay en
el que está atacando. En otras palabras, tiene derecho a
tener un relato (en contraposición con la historia de “los
vencedores”, que implica una posición totalitaria del
punto de vista).
El tono frío, la tierra negra, el monte
símbolo de todo y de nada, una vida defendida con uñas
y dientes para una muerte tan ridícula e insignificante como
cualquier otra. Cartas, el enemigo monstruoso que defiende Iwo Jima
era capaz de escribir cartas tan simples o poéticas como
las de cualquier otro. El mito del monstruo es necesario para ambos
bandos, porque acabar con la vida de otro hombre es sólo
posible desde su demonización.
El sonido es tan agotador como la imagen.
El permanente repiqueteo de disparos y el estruendo de las bombas
son la “música” que recorre gran parte del film.
No hay salida, no hay escape, y el sonido pasa a un continuo primer
plano agotador.
Ambas películas están producidas
por Dreamworks, y así como ambas están atravesadas
por la narrativa de Clint Eastwood, también lo están
de la línea que Steven Spielberg (el productor) ha venido
forjando desde hace ya más de una década.
Primero fue “La lista de Schindler”
(1993) y luego “Salvando al soldado Ryan” (1998). En
aquellas ocasiones, Spielberg centraba sus historias fuertemente
en individuos (Ryan, Schindler) como símbolos de determinados
valores. Oskar Schindler, protagonista de su historia, representaba
el heroísmo individual frente al nazismo, la “redención
de la humanidad” a través del sacrifico personal. James
Ryan era el símbolo de la fraternidad y la fortaleza de espíritu:
por un lado, el “espíritu de cuerpo” que hacía
arriesgar las vidas de varios para salvar la de uno (“leave
no one behind”, lema del cual incluso hay una referencia sarcástica
en “La conquista del honor”) y, por otro, la capacidad
de trascendencia de Ryan mismo para hacerse merecedor del sacrificio
de los demás. Ambos relatos (el primero guionado por Robert
Rodat, el segundo por Steven Zaillian), al anclarse sobre figuras
individuales, buscaban la clausura narrativa, poder otorgar sentido
a lo que, fuera de razones egoístas de tipo económico
o político, ha perdido todo sentido: la Guerra y el Genocidio.
Los últimos films de Spielberg han
virado de un optimismo forzado a un pesimismo desesperanzado. Esto
se puede ver, sobre todo, en “Munich”
(2005), donde lo individual se va disolviendo en un conflicto
más abarcativo y complejo. La violencia justificada deja
paso a la violencia vacía, racional, y a un círculo
de sangre al estilo de la tragedia griega, donde las generaciones
futuras heredan las deudas de sangre de las generaciones pasadas.
Spielberg, Eastwood y Paul Haggis (guionista
de “La conquista del honor”, productor ejecutivo de
“Cartas de Iwo Jima”, que ganara el Oscar con “Vidas
Cruzadas” y ya trabajara con Eastwood en “Million
Dollar Baby”) siguen la tradición hollywoodense de
“narradores de historias”. El Relato articula la forma
en que experimentamos el Tiempo, en que vivimos la historia hacia
atrás y miramos hacia delante. El relato único, unívoco,
se apoya sobre la negación de los otros puntos de vista.
El primer paso para poder matar a otro hombre, es establecer una
narración donde el Otro queda excluido, ubicado en las sombras,
monstruoso; matar al Monstruo siempre es “patriótico”.
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2/3/2007 |