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“La Maldición de la Flor
Dorada”: Entre la ópera y la eternidad
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("Man cheng jin dai huang jin jia",
China, 2006) Dirección: Zhang Yimou. Elenco:
Chow Yun Fat (emperador Ping), Gong Li (emperatriz Fénix),
Jay Chou (príncipe Jai), Liu Ye (príncipe Wan), Chen
Jin (mujer del médico imperial), Ni Dahong (médico
imperial), Li Man (Chan), Qin Junjie (príncipe Yu). Guión:
Zhang Yimou, Wu Nan y Bian Zhihong; a partir de la obra de Cao Yu.
Producción: Bill Kong y Zhang Weiping. Música:
Shigeru Umebayashi. Fotografía: Zhao Xiaoding.
Montaje: Cheng Long. Diseño de producción:
Huo Tingxiao. Vestuario: Yee Chung Man. Duración:
114 min.
Fastuosidad. Opulencia. “Oro
y jade por fuera, podredumbre y decadencia por dentro”, reza
un viejo dicho chino. Es el siglo X, en China reina la dinastía
Tang Posterior, ya en su última etapa. En la dinastía,
sin embargo, todo es eterno. La eternidad, se insiste, es la dinastía.
Ambas se envuelven, conformando un circuito cerrado.
En palacio, en la Ciudad Prohibida,
por pasillos sin fin ornamentados hasta el vómito de colores
y brillos, se inicia el día. Mientras se gritan coralmente
las enseñanzas de Confucio por fantasmas sin rostro que recorren
esos mismos pasillos, doncellas despiertan al unísono, se
visten al unísono, se maquillan al unísono, respiran
al unísono, febrilmente. En una habitación, la emperatriz
repite la misma maquinal operación de todas sus mañanas,
es la puesta en escena de la emperatriz… hasta que sus manos
tiemblan y el sudor aparece en su frente.
En otro lugar un ejército
avanza, el galope de los caballos. Llegan, se detienen.
La
emperatriz visita al “Príncipe Heredero”, su
hijo… no, su amante. Todo ha terminado, el emperador regresa.
Entre los pasillos, sonriente,
invisible, el hijo menor.
En donde el emperador, el otro
hijo, el guerrero rebelde enviado a la frontera a luchar. “Nunca
quieras tomar por la fuerza lo que yo no te he dado”.
La emperatriz tiembla, sudor
en su frente, toma la medicina que sus damas desconocidas y sin
nombre le traen.
La Ciudad Prohibida, el Festival
Chong Yang, con miles de crisantemos preparándose para inundar
su geografía, los pasillos brillantes, los techos altos,
las masas que asienten y obedecen los designios de reglas de tiempo
ya inmemorial.
En medio de una atmósfera
operística, el emperador es un siniestro acaparador de poder,
su primogénito un débil de carácter, el del
medio un rebelde, el menor una sorpresa esperando ocurrir, su esposa
una víctima intrigante, el médico un alfil cómplice,
y dos secretos no demasiado ocultos. Los entrecruzamientos de estos
personajes producen los accelerandos y rallentandos en la acción.
El festival se acerca, como el reloj que está a punto de
dar las 12 después de mucho tiempo.
La parafernalia dicta asesinos
de rostro cubierto, casi espíritus, una escena bélica
de cuidada y espectacular coreografía (la pantalla se convierte
en un lienzo pintado por cuerpos y sangre). La grandiosidad dicta
grandes planos, elegantes y danzadas luchas, enorme reconstrucción,
donde la luz de la fotografía resalta los colores de paneles
y telas obsesivamente creados y seleccionados. Lo operístico
y lo melodramático indican amores imposibles, gestos ampliados,
muecas de dolor que se transforman en máscaras, muertes interminables
y violentas, y un malvado.
En
el medio, un círculo que rodea a una mesa cuadrada, el perfecto
balance que mantiene la tradición, el ritual, la permanencia.
Dentro del círculo, el cuadrado es la estabilidad (este puede
girar sobre aquel, y siempre será igual). En esa mesa cena
la familia imperial. La forma se mantiene, aunque el interior esté
ya podrido. El ritual se repite, mecánicamente, maquinalmente.
El imperio, su forma, se reproduce cada mañana, a cada hora
del día (con las doncellas que se despiertan, con la cocina
que prepara la comida, con los soldados uniformados... rostros,
tan distintos, tan iguales, igualados). Las reglas, los límites,
las enseñanzas que los recuerda, que los recuerden para no
ser nunca transgredidos.
Pero la emperatriz (la primera
que se fuga de la puesta en escena, cuando su cabello aparece suelto
y su paso va más rápido y abierto que lo indicado
para una mujer) intriga. En medio del reglamento, es una mujer quien
busca eliminar a su marido… la sola intención implica
la decapitación. Pero son precisamente las mujeres, las madres
(porque hay otra, que aparece vestida de hombre y es mujer, oculta,
marcada) las que empujan el intento. En una nación donde
la mujer es objeto de placer, de deseo, objeto por sobre todo, son
ellas en el film las que llevan adelante la traición. La
emperatriz Phoenix la juega de Electra, esperando que Jai (el príncipe
rebelde) sea su Orestes y la vengue antes del final.
Es que el cambio parece sólo
poder venir desde arriba. Los Otros son cabezas de alfiler miradas
desde arriba, peones descartables sin nombre, reemplazables. Como
si la nobleza hubiera existido desde siempre, los plebeyos tienen
prohibido el acceso social a los roles primordiales, so pena de
castigo. Miles y miles de sirvientes para que la familia real cene
e intrigue desde su mesa cuadrada rodeada por el círculo.
El cambio es imposible. El cambio es inevitable.
¿Es un festejo de Zhang
Yimou de esta clase gobernante tan podrida? ¿Es su final
pesimista una reivindación del Poder y el Orden? (porque
los terribles emperadores eran también quienes aseguraban
en su figura la unidad de China, exceden su propio valor individual
para volverse aglutinantes simbólicos, como es explicado
en un diálogo final de “Héroe”, también
de Zhang).
Que todo cambie para que todo
siga igual. Los amores prohibidos esperando destaparse, las muertes
esperando ocurrir. La emperatriz ha sido la primera en perder, emboscada
desde antes por su propio marido, medicada para volverse loca en
poco tiempo, desheredada, desbancada. La emperatriz rebelándose
antes de perder la chaveta. La emperatriz enfrentando la realidad
con la locura como única salida.
No es un film alegre de Zhang
Yimou. No es un film con final poético. El final es trágico,
pero lo trágico habla de lo inevitable. Ahí es donde
parece haber trampa.
En medio de los brillos, las
coreografías, la brutal fotografía y la gigantesca
dirección de arte, no están los personajes, están
la historia y la Historia.
En
la historia, triunfa la maquinaria, gana la frase de Bernarda Alba:
“aquí no ha pasado nada”. Después del
despliegue de tecnología, el director resuelve con un par
de planos que dan cuenta de forma sencilla del terrible mecanismo
victorioso. “Aquí no ha pasado nada”. No estoy
arruinando el final, se ve venir, está anunciado en los diálogos,
está anunciado en las primeras escenas. De forma sutil, de
forma evidente, ahí está. El resto es la dilatación
de la espera del momento. El desenlace es previsible, el suspenso
está en aguardar su llegada y la manera en que lo hará.
El emperador se sabe imbatible, porque por eso es emperador. Sus
súbditos leales lo saben, porque es el destino del emperador
prevalecer. El melodrama, además, indica que el final es
el restablecimiento del orden castigando al propulsor del caos.
Y, cuando lo haga, el despliegue, la ostentación, los angulares
con fugas hacia el infinito de los pasillos intercambiables (el
palacio no tiene planos de referencia internos, haciendo que todos
estos ambientes flotan por encima de los demás espacios,
como aparte, como la familia real cenando por encima de los plebeyos),
simplemente desaparecerán. En su lugar, planos simples, frontales,
encerrados; todo quedará resumido en una terrible sencillez.
Pero la Historia está
por fuera del film. La dinastía Tang murió, como también
las que le siguieron, hasta Mao. Y hoy en día China ya ha
cambiado (de hecho lo viene haciendo desde hace años). Ese
emperador invencible y todopoderoso se encontraba en los finales
de su época, aunque no lo sabía. Es Pasado, el Tiempo
ocurrió. Su triunfo, consecuentemente, se vuelve pequeño,
casi superfluo, por más que se erija gigante en el plano.
Ese final trágico, bien de ópera, deja en pie, en
realidad, a un muerto que todavía no sabía que ya
lo era. De hecho, el tema musical final, después de tanta
sobriedad y grandiosidad, es tristemente Light y olvidable, en un
contraste tan notable como llamativo porque descoloca y distancia
(¿error garrafal o intencionalidad?).
“La Maldición de
la Flor Dorada” está tomada en parte de una obra de
teatro, “Thuderstorm”, de Cao Yu, originalmente ambientada
en los años ´30 y que tiene a una familia adinerada
de industriales. ¿Zhang Yimou plantea concientemente una
crisis? No lo sé ¿”La Maldición de la
Flor Dorada” expresa desde un film de género una crisis
que la excede a pesar suyo? Tampoco puedo asegurarlo. Pero la lectura
está ahí, posible… lo eterno no existe, al menos
no es de este mundo, y la tragedia no está en no aceptar
el destino, sino en tomar a este como algo escrito, cerrado y sellado.
Una vieja maldición china
reza “Que vivas tiempos interesantes”
Recursos Web:
http://www.labutaca.net/films/49/curseofthegoldenflower1.htm
- Notas de producción
www.imaginacionatrapada.com.ar
22/6/2007 |