Cine / Policial
Negro / Film Noir - Crítica

“La Señal”: La ciudad
del claroscuro
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
(España / Argentina, 2007) Dirección:
Ricardo Darín y Martín Hodara
Guión: Eduardo Mignogna, Ricardo Darín,
Martín Hodara y Diego Peretti, sobre la novela homónima
de Eduardo Mignogna. Elenco: Ricardo Darín
(Corvalán), Diego Peretti (Santana), Julieta Díaz,
Andrea Pietra, Walter Santa Ana, Vando Villamil, Enrique Porcellana
Jefe de Producción: Pedro D'Angelo Fotografía:
Marcelo Camorino Dirección de arte: Margarita
Jusid Música: Andrés Goldstein y
Daniel Tarrab Dirección musical:
Juan Ponce de León.Web: http://www.lasenalfilm.com/
Duración: 95 minutos
Quizás es demasiado pronto
para decir esto, pero parecería haber una tendencia reciente
hacia una recuperación del policial negro como género
cinematográfico local. Lo curioso no es sólo la inserción
del género como tal, sino que dicho proceso se da desde un
lugar de restauración de época. Estas obras se ubican
en períodos del pasado y, desde ese lugar y su ficción
específica, establecen una nueva relación con el presente.
“El niño de barro”,
estrenada también recientemente, actúa más
como thriller, pero el detalle es que está ubicada a principios
del siglo XX en Buenos Aires, período que sirve para establecer
algún tipo de simetría con el actual. “Antes
Muerto”, en teatro, también estrenada este año,
apuntaba, desde un lugar “no político”, a trabajar
sobre elementos genéricos del cine negro. Los documentales
de Lorena Muñoz responden también a códigos
del policial negro y del cine negro en general. Volviendo a la época
del nacimiento del film noir, la década del ´30, nos
encontramos con una era punto de inflexión a nivel histórico
y de crisis de los valores individuales y, sobre todo, sociales
(dentro de lo cual se encuadra un grave quiebre en la credibilidad
y validez de las instituciones). Dicho esto, estas obras, caracterizadas
además, en el caso de “El niño…”
y “La Señal”, por ser producciones importantes
en presupuesto, aparecen en un momento en que tanto la sociedad
como la Institución parecerían elegir olvidar el pasado
reciente; hoy en día, nuevamente, se vive un proceso acentuado
de glorificación del individualismo extremo, del éxito
a cualquier costo y de la opulencia como muestra de status. Interesante,
en ese sentido, que el género de la decadencia, en este país,
venga de la mano de la gran producción; el deterioro espectacularizado.
“La Señal” se rige por varios de los códigos
archiconocidos del policial negro: un hombre de pasado oscuro devenido
detective, Corvalán, recibe un encargo de parte de una bella
y misteriosa mujer. Mientras con su socio siguen trabajando en otros
clientes (maridos cornudos, violadores de perros, etc), que son
lo que les da de comer, avanzan con el pedido de la morocha intrigante.
Como es de imaginar, la cosa se va poniendo densa y nada es lo que
parece. Como dice Santana, el socio de Corvalán: “cuando
algo parece muy cierto, es dudoso. Cuando parece dudoso, es dudoso”.
Mujeres, crímenes, deseo, dinero, deudas pendientes, los
valores morales y qué significan… La trama va envolviendo
al lacónico personaje en el conflicto externo, que juega
de contrapunto con el interno… Atravesando todo esto, los
últimos días de Eva Duarte. Mientras muere la primera
dama, mientras “los fieles” se juntan frente a altares
improvisados para rezar por su salud en una conmovedora muestra
de pasión, pero también de… Corvalán,
en un momento dado: “pesa 40 kilos, está sufriendo
de dolor, por qué no la dejan morir en paz, pobre mujer”.
El mismo mundo visual pareciera justificarlo, oscilando entre una
apagada gama de colores ocre (cubiertos por una pátina de
igual dominante) durante el día y duros negros de las sombras
por la noche.
Corvalán pareciera corporeizar los tangos de Discépolo
(“Yira Yira”, “Cambalache”). Su visión
del mundo lo lleva a ser pesimista. Eva no es Santa Evita, sino
una mujer que está muriendo. Ese nihilismo es, precisamente,
el que lo lleva a jugarse. Oculto en la distancia, a través
del teleobjetivo de su cámara o de un largavistas, jamás
pone el cuerpo (ni siquiera cuando está en la cama con su
novia, abriendo los brazos, evitando el contacto más allá
de lo indispensable). Acertado o errado, es la necesidad de entregarse
a algo para sentirse menos deshumanizado lo que lo lleva a "actuar".
No parece casual, tampoco, que la mayoría de las acciones
ocurra, durante el día, en el centro de la ciudad, donde
abunda la arquitectura francesa o italiana, conviviendo ya con elementos
(como los puentes o el edificio del Banco Central), que hacen pensar
en Chicago. La sofisticación, la elegancia, junto al crimen
y la decadencia. Las noches transcurren en espacios indeterminados,
como si la ciudad se sumergiera en universo alterno que, irónicamente,
permite ver su eclecticismo y oscuridad real. Es el tiempo de los
rezos y las balas sin rostro, de las mujeres fatales, de los engaños.
“La Señal”, como buen policial negro, también
es un permanente juego de espejos. El problema de Corvalán
es que ha perdido el suyo.
El final, casi en completo silencio, opone la historia micro a la
historia macro. Detrás de la macro, la mitificada y mistificada,
que queda para el debate de los libros, queda la micro, la que se
multiplica por cada noche, por cada día. En este policial
negro no hay lugar para el optimismo, sino que sólo queda
seguir viviendo, un contraste marcado con respecto a films anteriores
que tenían la rúbrica de Mignona, donde se inclinaba
siempre por un final, sino feliz, al menos más esperanzado.
Es muy pronto para afirmarlo, pero son los géneros los que
suelen hablar mejor del presente histórico
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21/9/2007
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