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“El Último Hombre”:
Descenso a los infiernos
por Marina Locatelli
marinal@imaginacionatrapada.com.ar
(Die letzte Mann, Alemania, 1924) Director:
Friedrich Wilhelm Murnau Guión: Carl Mayer
Producción: Erich Pommer Música:
Giuseppe Becce Cámara: Karl Freund Elenco:
Emil Jannings, Maly Delschaft, Max Hiller, Emilie Kurz, Hans Unterkircher,
Hermann Vallentin. Duración: 101 minutos
"El arte, el arte auténtico
es simple. Pero la simplicidad exige lo máximo de arte.
La cámara es el lápiz del realizador. Debería
tener la mayor movilidad posible a fin de registrar la más
figurativa armonía de atmósfera. Es importante que
el factor mecánico no se interponga entre el espectador
y el film"
F. W. Murnau (según Ludwig Gesek: Gestalter der Filmkunst,
Viena, 1848)
Si
bien la carrera de Friedrich Wilhem Plumpe, más conocido
bajo el seudónimo de F. W. Murnau, fue relativamente corta,
ya que murió abruptamente a los 42 años en un accidente
automovilístico, es, sin lugar a dudas, una de las más
interesantes que ha dado la historia del cine mundial. El corpus
de películas dirigidas por Murnau cuenta con 21 títulos.
El primero de ellos de 1919, "Der Knabe in Blau" ("The
Blue Boy"), y el último de 1931, "Tabú"
("Tabu: A Story of the South Seas"). Este director alemán
revolucionó tanto la técnica como la estética
cinematográfica y fue una gran influencia para otros cineastas.
Con "Nosferatu" de 1922, Murnau dio el puntapié
inicial para todas las películas de terror surgidas a posteriori.
Mayormente filmada en escenarios naturales, "Nosferatu"
debe en parte su fama, por un lado, al uso estilizado de la luz
que logra crear, a partir de contrastes, del uso del claroscuro,
un aura terrorífica que sobrevuela toda la historia; y por
el otro, a la utilización de efectos especiales, como, por
ejemplo, puertas que se cierran solas o ataúdes que se abren
por sí mismos, efectos que el director seguirá explorando
en "Amanecer" ("Sunrise: A Song of Two Humans",
1927), su primer largometraje en Estados Unidos.
La película "El Último
Hombre" ("Der Letzte Mann"), también conocida
como "La Última Carcajada" o "El Último",
iba a ser dirigida por Lupu Pick, famoso actor y director alemán
del período mudo, pero finalmente quedó en manos de
Murnau. Pick debía realizarla como corolario de una trilogía,
cuyas dos primeras entregas habían sido "Raíles"
("Scherbe", 1921) y "Sylvester" (1923). Estos
trabajos fueron fruto de la colaboración entre Lupu Pick
y Carl Mayer, una de las personas más importantes dentro
del cine alemán de los años ‘20 desde la aparición
del film expresionista por excelencia, El "Gabinete del Dr.
Caligari" ("Das Kabinett des Dr. Caligari", 1919),
del que fuera su co-guionista. Esta trilogía se inscribe
dentro del movimiento llamado “Kammerspielfilm”, denominación
que surge a partir de "Raíles" pero que procede
del teatro. El llamado teatro “Kammerspiel”, que literalmente
significa teatro de cámara, fue un tipo de teatro intimista,
sin gestos ampulosos, por el que bregaba, especialmente, Max Reinhardt,
otra personalidad muy influyente tanto en el arte escénico
como en el cine de la Alemania de aquella época. Se trataba
de darle a un número no muy grande de espectadores una función
intimista donde las sensaciones se magnificaran, donde la actuación
fuera contenida aunque reconocible y la iluminación estilizada.
Del teatro, el “Kammerspiel”, pasó al cine de
la mano de Lupu Pick y Carl Mayer. Se intentó dejar atrás
personajes grandilocuentes y la estética poco realista del
expresionismo para dar lugar a la representación de pequeños
problemas humanos, dramas psicológicos, realistas, con pocos
personajes, con situaciones ordinarias y en ambientes corrientes.
"El Último Hombre" es el punto cúlmine de
esta corriente y, a la vez, una muestra de los últimos coletazos
del movimiento expresionista. Es la historia de un viejo portero
de un fastuoso hotel de Berlín, para quien su uniforme representa
toda la dignidad que ha podido conseguir y, cuando se ve destituido
de su cargo y, por sobre todo, alejado de esa prenda que lo convertía
en alguien importante entre sus familiares, amigos y vecinos, su
vida se vuelve una espiral infinita de vejaciones.
La
película, estrenada en 1924, fue escrita por Carl Mayer,
quien se inspiró en el cuento de Gogol, "El Abrigo"
y, si bien su anécdota es breve, está cargada de simbolismos
y magistralmente filmada por el equipo conformado por Murnau y su
operador de cámara, Karl Freund. El productor fue Erich Pommer,
director artístico de la UFA, la mayor productora cinematográfica
alemana de ese período, y uno de los nombres asociados al
gran esplendor que el cine germano gozaba en aquel tiempo. El papel
del portero es interpretado por el clásico actor de la época,
Emil Jannings (a quien, ya por ese tiempo, Roberto Arlt elogiaba
en sus escritos sobre cine). A diferencia de su actuación
un poco desmedida y ampulosa en el papel de Mefisto en "Fausto"
("Faust", 1926), otra obra de Murnau, aquí realiza
una labor contenida y sobrecogedora. Uno de los puntos de apoyo
de la atmósfera opresiva creada por el director es el enorme
cuerpo del portero. Esa figura descalabrada y añosa, fatigada
por las constantes humillaciones, asfixia al espectador y comprime
su espíritu. "El Último Hombre" tiene tres
protagonistas excluyentes: el portero, su uniforme y la puerta giratoria
del Hotel Atlantic. Los demás personajes están apenas
trazados y sólo sirven como disparadores de acciones.
El cargar de significación los objetos,
el convertirlos en símbolos, es otra característica
de los “Kammerspielfilms”. El portero no es un hombre,
sino todos los hombres, o más específicamente cierta
clase social oprimida; el uniforme representa el poder, la autoridad,
el status; y la puerta giratoria es el devenir de la vida, sus altos
y bajos.
La ausencia de intertítulos, que era
otra de las características de los “Kammerspielfilm”,
en este largometraje en particular produce una inigualable fluidez
en la narración. El único intertítulo que posee
es el que precede al epílogo y no hace otra cosa que remarcar
el carácter paródico y burlón de ese “happy
end” al estilo americano. Sobre esto Siegfried Kracauer escribió:
“El carácter de farsa de esta secuencia final corrobora
el título introductorio, en cuanto éste expresa el
descreimiento del autor en un final feliz que implique categorías
tales como el azar y la buena suerte”. Presenciamos en esta
película la confluencia de todos los recursos que el cine
silente supo adquirir a lo largo de poco más de dos décadas.
"El Último Hombre" no tiene intertítulos
y no los necesita. Todo se hace evidente a través de las
imágenes.
Desde
el inicio mismo del film se sientan las bases sobre las que girará
toda la obra: por medio de un travelling, con la cámara instalada
dentro de un ascensor que desciende, observamos toda la agitación
del lobby del gran hotel berlinés; nuestros ojos son la cámara
y con ella salimos del ascensor y nos dirigimos hacia la puerta
de entrada, donde ya se nos presenta al portero, su uniforme y la
puerta giratoria. La cámara comienza a moverse desde los
primeros minutos y nunca dejará de hacerlo, dotando a la
película de un ritmo único y sin precedentes porque,
aunque este tipo de travelling fue utilizado por primera vez en
1913 por Pastrone y su operador Chomón en la película
italiana "Cabiria", no poseía la significación
que adquiere aquí. En "Cabiria" el travelling se
usa con el sólo objeto de dar cuenta de la fastuosa escenografia,
en "El Último Hombre", en cambio, la cámara
es el personaje, revela sus emociones y nos regala la posibilidad
de sentir lo que él siente. Esta movilidad total de la cámara,
que los alemanes llaman “cámara desencadenada”,
además de revolucionar la técnica en procedimientos
cinematográficos, le confiere a la obra un ritmo vital a
contrapunto de la atmósfera opresiva que enmarca el drama
psicológico, el cual sería muy difícil de soportar
sin la fluidez de estos movimientos.
La idea de descenso social, como consecuencia
de la pérdida del uniforme y el relegamiento a ocuparse del
baño de caballeros del hotel, está simbolizada constantemente.
La hallamos en ese ascensor que baja en la primera escena, en los
edificios que parecen derrumbarse encima del portero, en la escalera
que se debe descender para llegar al baño, el nuevo puesto
de trabajo del protagonista, en las tomas en picado con las que
se filma empequeñeciendo el cuerpo de Jannings a partir de
su destitución, en las puntas de su enorme bigote que desde
ese momento ya no se encuentran hacia arriba.
Una de las secuencias más emblemáticas
es la borrachera del portero luego de la fiesta por el casamiento
de su hija. El beodo personaje, sumido en una suerte de ensoñación,
se encuentra estático frente a la cámara mientras
ésta comienza a girar y la habitación da vueltas sin
parar. A partir de allí cae en un profundo sueño.
Murnau utiliza para esta secuencia recursos expresionistas que son,
indudablemente, la mejor herramienta que posee para representar
este tramo onírico de la historia (también los utiliza
en menor medida al mostrar las risas macabras de las vecinas cuando
se burlan del pobre hombre venido a menos). Pero no sólo
hecha mano aquí del expresionismo sino también de
la cámara en mano, o, para ser más exactos, de la
cámara ajustada con arneses al cuerpo del operador Karl Freund,
algo insólito para aquella época y más aún
si consideramos el gran peso que todavía tenían estos
aparatos. En el sueño la puerta giratoria del hotel adquiere
una altura inconmensurable y luego se torna oblicua (recordemos
que la oblicuidad era un rasgo típicamente expresionista),
los rostros y los decorados se desdibujan por momentos, el lujoso
comedor del hotel se sitúa en la pobre vecindad del portero,
la realidad se distorsiona, la cámara se vuelve titubeante,
espasmódica, mientras el protagonista levanta sin esfuerzo
y con un único brazo un enorme baúl haciendo gala
de su destreza y hombría (hombría que le fuera arrebatada
en el mismo momento en el que se ve despojado de su uniforme con
galones y es vestido con un simple guardapolvo blanco). Con recursos
expresionistas el cineasta representa la deformación del
mundo real, su estilización, tal cual la sueña el
protagonista. Es cierto que esta secuencia es la más alejada
del realismo en toda la película, pero Murnau nos deja en
claro en todo momento que la realidad no puede ser aprehendida directamente,
siempre está tamizada por el punto de vista de alguien, de
allí el gran uso que hace de la luz y las sombras, de los
espejos y las puertas de vidrio en todo el film. Los momentos más
trágicos del relato son vistos a través de puertas
vidriadas: cuando el gerente del hotel le informa a Jannings sobre
su nuevo puesto, la escena es filmada desde atrás de una
puerta de vidrio; cuando el anciano descubre a su reemplazante,
lo ve a través del panel de cristal de la puerta giratoria;
y, nuevamente, cuando la vecina descubre la verdadera tarea del
hasta entonces portero, lo hace mirando por otra puerta de vidrio.
Ni para nosotros, ni para los personajes, la realidad es asida directamente.
Siempre hay algo que se interpone entre nosotros y la verdad, y
ese algo siempre brinda una realidad distorsionada.
Murnau
juega constantemente con la iluminación y la oscuridad, con
sombras recortadas en paredes, con puertas que se abren y se cierran
dejando ver poco o mucho según el momento, con lo brilloso
y lo opaco, con la luz que desprende una linterna. Crea un clima
agobiante que se intensifica cuando llegado el epílogo feliz
todo es iluminado con mayor claridad. "El Último Hombre"
es una de las obras que más cabalmente ha aprovechado el
empleo expresivo de la luz, marca registrada del cine alemán
de los años ‘20, (empleo en parte extraído del
uso que de ella hacían los directores daneses de la década
del ‘10), y que fue sobradamente imitado como por ejemplo
en el policial negro o en las películas de terror sugerido
de la RKO.
El genio de Murnau no se circunscribe ni
se agota en "El Último Hombre". "Nosferatu",
"Fausto", "Amanecer", "Tabú",
por nombrar algunas, son obras donde es innegable la huella del
autor, la marca de un joven cineasta con una visión particular
del mundo y una estética propia, que buscó siempre
con simpleza lo máximo del arte.
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2/3/2006 |