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/ Drama - Crítica

“La vida de los otros”: Orden
y Seguridad
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("Das leben der anderen", Alemania,
2006) Dirección y guión: Florian
Henckel von Donnersmarck. Elenco: Martina Gedeck
(Christina-Maria Sieland), Ulrich Mühe (capitán Gerd
Wiesler), Sebastian Koch (Georg Dreyman), Ulrich Tukur (teniente
coronel Anton Grubitz), Thomas Thieme (ministro Bruno Hempf), Hans-Uwe
Bauer (Paul Hauser), Volkmar Kleinert (Albert Jerska), Matthias
Brenner (Karl Wallner), Herbert Knaup (Gregor Hessenstein). Producción:
Quirin Berg y Max Wiedemann. Música: Gabriel
Yared y Stéphane Moucha. Fotografía:
Hagen Bogdanski. Montaje: Patricia Rommel. Dirección
artística: Silke Buhr. Vestuario:
Gabriele Binder. Duración: 144 min.
En 1974, a apenas dos años
del escándalo de Watergate, Francis Ford Coppola rodaba “La
Conversación”, con Gene Hackman como protagonista (un
equivalente local podría ser “Los últimos días
de la víctima”, de Adolfo Aristarain, con Federico
Luppi). En ese film, Harry Caul era un especialista en grabar conversaciones
ajenas, un técnico reconocido de parca e inexistente vida
personal. Un solitario y gris personaje que mantenía una
relación con una mujer a la cual le ocultaba su trabajo y
a quien jamás veía fuera de su casa y por las noches.
Caul, en el trabajo que inauguraba las primeras imágenes
del film, descubría al revisar las cintas un posible plan
de asesinato. El avance del relato ponía en juego una meticulosa
utilización del sonido como elemento narrativo a través
del cual Caul veía su paranoia convertirse casi en delirio
hasta un final críptico.
Más de treinta años después,
Florian Henckel von Donnersmarck debuta con “La vida de los
otros”. En Alemania Oriental (República Democrática
Alemana), Gerd Wiesler es un especialista de la Stasi. Su trabajo
va del interrogatorio (el inicio del film nos introduce a un par
de las técnicas utilizadas en un interrogatorio extendido)
al de wiretapper como Harry Caul. De manera que podría tomarse
como irónica, el relato inicia en 1984 (¿referencia
a “1984”, de George Orwell?), con un interrogatorio
en el cual el especialista trabaja con un sospechoso de encubrir
a un desertor. Pero ese 1984 es un pasado reconstruido: Wiesler
está dando clase y pasa la cinta de ese procedimiento como
ejemplo para sus alumnos, futuros agentes. La imagen inicial, entonces,
es resultado de una reconstrucción imaginaria a partir del
audio (aunque el director muchas veces no se mantenga firme a esta
postura de punto de vista parcial y mueva la cámara para
mostrarle al espectador aquello que de otra manera no podría
ser visto).
Cuando el ministro de cultura decide que quiere
tener un amorío con una popular actriz de teatro que está
casada con un autor idealista, se le encarga a Wiesler vigilar
a la pareja para asegurarse que no son enemigos políticos
al régimen (de hecho, en realidad, la apuesta es descubrir
pruebas en contra del autor para sacarlo del medio). El especialista
acepta y velozmente comienza su trabajo. En una ausencia del matrimonio,
el equipo de Wiesler invade y cablea todo el departamento, para
luego instalarse en un piso superior.
Un solitario aun más solitario que
Harry Caul, Wiesler descubre en la pareja su propio espectáculo
favorito, su novela de mitad de tarde. En la sala de interrogatorio,
él se enfrentaba a un individuo para quebrarlo. Acá,
como en un reality show (hay muchas conexiones posibles con el procedimiento
del reality), Wiesler escucha y, como en la época del radioteatro,
hilvana los hilos de una historia ajena. El autor y la actriz son
seres dinámicos, sociales, apasionados y están enamorados.
Wiesler es un técnico, un obsesivo de las reglas. ¿Qué
lo motiva a aceptar en primer lugar el trabajo? ¿Interés
profesional? ¿La posibilidad de espiar en la intimidad de
la mujer que seduce desde el escenario? ¿Descubrir a un traidor?
Porque al poco tiempo Wiesler cae atrapado en la trama que escucha
diariamente, no puede identificarse, pero siente admiración
por los personajes (personajes de la ficción construida desde
el voyeurismo auditivo) abajo suyo. En esas horas de vigilancia,
Wiesler está acompañado; cuando vuelve a su casa,
está solo en un hogar aséptico donde no lo espera
nadie. Dibuja un mapa del departamento y sigue con sus pasos el
camino de los sonidos (se recuesta en el aire sobre una cama imaginaria
para abrazar y ser abrazado).
Desde la lógica del guión, hay
un salto un poco abrupto en cuanto a la velocidad con que Wiesler
es absorbido por sus vigilados. Pero, por otro lado, le sirve a
Donnersmarck para trabajar poéticamente sobre su protagonista.
En la función de teatro que es el punto de partida para su
asignación, este logra mantenerse a cierta distancia de la
obra, pero, en el momento en que se conecta y comienza a escuchar
esa vida que transcurre abajo suyo, esta distancia se quiebra. Ficción
y realidad se vuelven intercambiables, y lo que queda es la profunda
experiencia emocional frente a “una ficción”.
Para Wiesler el espacio escénico está constituido
desde la escucha, desde el no poder ver para imaginar (porque al
ver, el técnico está entrenado para descubrir la mentira
y no puede correrse de eso). En esa ficcionalización de la
vida que espía, el voyeur de la Stasi no puede más
que humanizar a sus personajes, entra en comunión con ellos.
El concepto de realidad como algo rígido, inmodificable,
trascendental (hay una verdad en el fondo, sólo es cuestión
de presionar hasta encontrarla), se derrumba. El director otorga
imagen a los personajes, para luego cruzarlos con la escucha y los
informes, en un permanente juego con la idea de puesta en escena,
representación (de hecho, aparece la referencia a Brecht
- Brecht, que denunciara al capitalismo, ahora retorna vuelto en
una obra peligrosa para el sistema que emplea a Wiesler). Alterna
una focalización más general, con la de Wiesler, al
punto de ¿cuándo mira con cada ojo?
Donnersmarck extiende el film desde el aspecto
melodramático de la trama (la historia de amor), para darle
luego un cierre “más redondo” y, quizás,
hasta más tranquilizador. De todos modos, es en los primeros
tres cuartos del film donde se encuentra el meollo del asunto.
“La Conversación”, en su
virtuosismo, tenía mucho de juego literario. Harry Caul era
un personaje condenado de principio a fin por su propia incapacidad
de superar sus propias limitaciones. Escena tras escena, Harry iba
perdiéndose cada vez más en un universo claustrofóbico
donde no podía contactar con nadie, con ningún otro
cuerpo. Wiesler logra contactarse con ese otro a través
de la experiencia de la ficción.
El film de Donnersmarck no es, de todas maneras,
del todo optimista. Su retrato de la Alemania Oriental es negativo
en cuanto a un sistema opresivo que obligaba a la pose permanente
como cuestión de supervivencia. La acción ocurre en
interiores o exteriores escogidos, con los personajes en un constante
estado fuera de balance y de paranoia (hay una utilización
reincidente de gran angulares – observables en los planos
donde los bordes y las esquinas tienden como a doblarse -, simulando
un ojo omnipresente e invasor de la privacidad). Frases dogmática
repetidas mecánicamente, como “este es el mejor país”,
comportamientos autovigilantes, una iluminación permanente
de los espacios (no hay sombras, y sólo en contadas ocasiones
la intensidad de la luz disminuye). Pero, por otro lado, pasado
el tiempo y ya dentro de la Alemania unificada, la nueva situación
también implica un vaciamiento. Por un lado, libertades del
sistema democrático, por otro, la necesidad de construir
sueños ideológicos nuevos y una responsabilidad individual
todavía a formarse.
Como mirada retrospectiva, “La vida
de los otros” es en este sentido una advertencia ante el ceder
derechos civiles en pos de Orden y Seguridad (que sólo lo
es para algunos, como expresa repetidamente el film), como muchos
salen ahora a prometer cuando muchas voces asustadas piden protección.
Porque así como es de romántico el protagonista, el
técnico devenido humano, redimido, lo cierto es que originalmente
es un espía buscando información, con los otros personajes
a su merced sin saberlo. Wiesler hace su gran cambio cuando se
individualiza de la maquinaria de la que participa y toma partido
aceptando las posibles consecuencias de esa separación. Pero,
de todas maneras, es que los personajes espiados, en cierta medida
y exagerando, dependen de la bondad del torturador.
Recursos Web:
http://www.uwm.edu/~wash/livesofothers.htm
- Otras miradas interesantes sobre y a partir del film (en inglés).
Recomendado
www.imaginacionatrapada.com.ar
22/6/2007
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