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“La Era del Ñandú”:
Recuerdos apócrifos para un país desmemoriado
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
Idea, Dirección y Edición:
Carlos Sorín. Guión: Alan Pauls.
Cámara: Pablo Rivero. Dirección
de producción: Perla Lichtenstein. Producción:
Gustavo Tiffenberg y Alejandro Grimani. Sonido:
Jorge Stavropulos. Asistente de dirección:
Cristian Pauls. Vestuario: Margarita Jusid. Diseño
Gráfico: Diego Ciardullo. Duración: 40 minutos
En el año 1987, o quizás en
el ´86, aunque podría haber sido en el ´88, tras
el escándalo de la crotoxina, Carlos Sorín recibía
el encargo, para un ciclo que, curiosamente, dirigía la Secretaría
de Ciencia y Técnica y se emitía por Canal 7 (ATC),
de realizar un programa de una hora (40 minutos, descontando publicidad)
al respecto.
La película resultante, una suerte
de mediometraje si se la ve de corrido, gira en realidad en torno
no necesariamente de la veracidad o no de lo que esgrimían
los defensores o detractores del experimento (y cuya polémica
excede estas líneas y para lo cual se pueden consultar los
links incluidos al final de la nota), sino en el propio mecanismo
de creencia que se disparó en aquel momento. Creer o no creer,
y creer a quién, y por qué creemos…
Sí, “La Era del Ñandú”
existe, no estoy inventando a medida que escribo. Algunos poseen
copias que cuidan con esmero (privados, universidades en sus videotecas),
alguna copia se presupone aún queda en Liberarte,
ahí en la calle Corrientes (chequeando en varios videoclubes,
el resultado fue negativo). Si se busca en el currículum
de Sorín que suele encontrarse en Internet, no siempre está
listada. Pero doy fe que sí existe, e incluso muchos la califican
de leyenda de la televisión argentina, aunque difieren en
su fecha de emisión (y algún distraído hasta
equivoca el canal).
Allá entrando en la década del
´60, el doctor Kurz, un peculiar personaje que pareciera homenajear
al Kurtz de Francis Ford Coppola y John Millius y su “Apocalypse
Now” por su capacidad de generar seguidores y su aura de misterio,
comenzó a ser noticia a través de una droga denominada
Bio K2. Las propiedades de la droga se centraban sobre la posibilidad
de extender la vida en un 50%. Pero, ¿quién tenía
la droga?, ¿quién la proveía? ¿dónde
podía conseguirse? ¿cómo era? ¿quién
era Kurz?
Nadie había visto ni probado la droga,
pero ante semejantes promesas, el público ya la reclamaba
y la leyenda popular se extendía y enriquecía. Para
los medios, lógicamente, podía ser una noticia de
tapa, jugar en contra o a favor. Rockefeller no venía a la
Argentina por un conflicto petrolero, sino para negociar sobre la
Bio K2 y sus derivados.
La droga era, supuestamente, al menos así
decían estudios científicos, tomada de la hipófisis
del ñandú. Si un científico aparece en televisión,
aunque fuera esa televisión blanco y negro con un decorado
sencillo, con un periodista declamando como si estuviera relatando
un partido de fútbol, debía de ser, cuando menos,
verosímil. La misma gente común entrevistada por esa
misma televisión lo decía.
El instituto donde se realizaban las pruebas
y alojaban pacientes se convirtió en lugar de culto, un templo
al que sólo ingresaban elegidos. Un templo griego o romano,
habitado sólo por los sacerdotes, no abierto al público,
conservando de esta manera su aura mágica.
Magia, ciencia. Saber, creencia.
Las imágenes en el blanco y negro gastado
de la vieja Buenos Aires en la cual ocurrieron aquellos hechos son
acompañadas por entrevistas en color a "profesionales
del presente", que tratan de entender, de explicar, estos fenómenos
que, pese a los años, no parecen tener fecha de vencimiento.
Después de todo, curanderas e histéricas fueron quemadas
en la hoguera, humilladas y torturadas por brujas y posesas. Después
de todo, científicos y librepensadores fueron quemados en
la hoguera, humillados, torturados, por probar falsas las creencias.
El ñandú se convirtió
en figura mítica, alrededor de la cual giró toda esa
época, por corta o larga que fuere. Costumbres nuevas aparecieron
(la propuesta de extender la primara hasta los 25 años, respondiendo
al nuevo nivel de vida extendida, o los nuevos problemas provisionales
que esto acarrearía), negocios pequeños e industriales.
Sorín documenta con detalle y numerosas imágenes de
archivo aquella convulsionada etapa de la historia nacional (o,
al menos, porteña). Pero, al margen de las imágenes,
el director de “La Película del Rey”, “Historias
Mínimas”, “El Perro” y “El Camino
de San Diego” no logra develar (quizás no le interesara)
la verdad ni de la droga ni de la identidad de Kurz. Entre el archivo
y las entrevistas del presente, sólo logra habitar el misterio.
Para poder estudiar un período es necesario
que quede registro (documentos, imágenes). Pero, si uno tomara
sólo el registro mediático de un proceso histórico,
sólo estaría tomando, como los antiguos escritos grecorromanos,
una construcción hasta cierto punto mítica de los
hechos. Los medios construyen un relato, está en su propia
naturaleza, independientemente de la pretensión de objetividad
que puedan detentar. Una vez, Mario Pergolini dijo al aire que Phil
Collins había muerto, y durante un par de horas, la gente
lo creyó. Orson Welles relató una invasión
extraterrestre, y quienes no había escuchado el comienzo
del programa, que anunciaba la ficción que seguía,
entraron en pánico y hasta hubo suicidios. Habitamos, indefectiblemente,
un mundo que oscila entre el saber y la creencia (el saber, curiosamente,
necesita que se crea en él, que se lo legitime como criterio
de validez).
Por eso es entendible que el ñandú
haya tenido fases “políticas” y fases “místicas”.
¿Acaso Rodrigo o Gilda no han sido popularmente canonizados?
Si una droga dice que puede extender la vida y la calidad de vida
en 50 años, ¿por qué no habría de ocurrir
lo mismo?
Sin embargo, todo mito necesita de hechos
para perpetuarse, de una continuidad del propio relato. Si no, corre
el riesgo de diluirse hasta desaparecer. Kurz apareció un
día en la ventana, aunque algunos testigos dicen que no fue
así. El ñandú fue pulverizado por un rayo en
medio de una andanada de temporales, como si el propio Dios castigara
a los mortales por su arrogancia, aunque bien podría ser
producto de alteraciones climáticas. Un día, el ñandú
dejó de ser novedad, su mito no pudo ser renovado por más
tiempo, y desapareció. Para los medios perdió interés,
ya había un nuevo fenómeno: el ula-ula.
Por más real que parezca, la Era del
Ñandú no existió, sólo su película,
aunque me pregunto qué pasaría si uno le quitara parte
de los créditos finales. El “Salariazo” tampoco
fue real, pero la gente lo creyó y un país terminó
siendo el producto de esa creencia (aunque sin “salariazo”).
Por lo pronto, aunque sea difícil de encontrar, “La
Era del Ñandú”, la película, sí
existe, yo la vi con mis propios ojos.
Recursos Web:
http://www.publimatic.com
- Es un resumen de una charla con Sorín que se dio en la
Universidad de Quilmes en el año 2003, que giró en
torno a "La Era del Ñandú"
http://www.fundacioncrotoxina.org.ar/
- Fundación fundada por expacientes y que impulsa el desarrollo
de la investigación sobre la crotoxina
http://www.asalup.org/content/view/30/27/
- Se incluye un documento que relata los hechos que rodearon al
escándalo y da detalles sobre los pasos comprobados y falsos
que dio la investigación
http://www.lacapital.com.ar/2002/08/14/articulo_199.html
- Detalla los últimos avances que tuvo la crotoxina
www.imaginacionatrapada.com.ar
6/10/2006 |