Cine / Ciencia
Ficción - Crítica

“La Isla”: Los clones se divierten
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
Dirección: Michael
Bay. Guión: Caspian Tredwell-Owen, Alex
Kurtzman y Roberto Orci; basado en un argumento de Caspian Tredwell-Owen.
Elenco: Ewan McGregor (Lincoln Eco-Seis/Tom Lincoln),
Scarlett Johansson (Jordan Delta-Dos/Sarah Jordan), Djimon Hounsou
(Albert Laurent), Sean Bean (Merrick), Steve Buscemi (McCord), Michael
Clarke Duncan (Starkweather), Ethan Phillips (Jones Eco-Tres), Brian
Stepanek (Gandu Alfa-Tres), Siobhan Flynn (Lima Alfa-Uno), Max Baker
(Carnes).
Producción: Walter F. Parkes, Michael Bay
e Ian Bryce. Música: Steve Jablonsky. Fotografía:
Mauro Fiore. Montaje: Paul Rubell y Christian Wagner.
Diseño de producción: Nigel Phelps.
Dirección artística: Jon Billington,
Sean Haworth y Martin Whist. Vestuario: Deborah
L. Scott. Duración: 127 minutos.
La ciencia ficción, desde los tiempos
de Julio Verne, nunca ha pasado de moda y, como lo dijeron Spielberg
y Tom Cruise recientemente, es un género que permite hablar
del mundo a través de la distancia que pone con él.
Recuérdese, además, que la ciencia ficción,
por definición, posee elementos tanto fantásticos
como científicamente posibles.
“La Isla”, como totalidad, en
realidad no pretende ser más que un efectivo entretenimiento
con dos actores respetados como protagonistas (Ewan Mcgregor y Scarlett
Johanson), ya que el tiempo de los “héroes de acción”
(Stallone, Schwarzenegger, Kurt Rusell) esencialmente es pasado.
El argumento: una población de hombres
y mujeres viven en un mundo cerrado, resultado de una supuesta extrema
contaminación que ha vuelto el mundo exterior inhabitable.
Todos los días llegan individuos nuevos en estado de absoluto
atontamiento, sobrevivientes de la contaminación. No hay
niños, y los seres de este mundo tienen reglamentada la proximidad
física. Sin embargo, periódicamente una lotería
envía a los ganadores a La Isla, el paraíso prometido.
Lo que no saben es que La Isla no existe y que todos ellos no son
otra cosa que clones, fuente de órganos para sus originales,
quienes habitan el mundo exterior (que, obviamente, no está
tan contaminado como les cuentan), y que su destino es morir relativamente
pronto en un quirófano. Con lo que no cuentan los científicos
a cargo del proyecto es con que estas “copias”, a pesar
de todos sus controles, desarrollen instintos “humanos”
como la curiosidad o la rebeldía. Lincoln 6 Echo habrá
de demostrarles la falla en sus cálculos.
Con estos elementos, “La Isla”
parece un emparchado de “1984” y “Rebelión
en la granja” (George Orwell), “Un mundo feliz”
(Aldous Huxley) y varios textos más de ciencia ficción
(referencias a "Matrix", incluídas). A la mezcla
se le suma la preocupación por los controles frente a la
experimentación con células madre y el cuestionamiento
sobre cuándo comienza la vida. Pero como film de estudio
que es “La Isla”, detenerse en la discusión supondría
poner en peligro el entretenimiento, así que una vez que
Lincoln descubre la verdad a los pocos minutos de comenzada la película
la persecución da comienzo.
A partir de ese momento, la acción
no para y adquiere un ritmo frenético donde secuencias similares
en “Star Wars: El regreso del Jedi” y “Matrix:
Reloaded” quedan como testeos frente a todo lo que vuela en
este caso.
La pareja Jordan-Lincoln se enfrenta al científico
y el militar encargado de traerlos de vuelta o simplemente hacerlos
desaparecer. El producto antagoniza a su creador. El científico
busca ser Dios, así se presenta, pero más se parece
a Prometeo, quien eventualmente fue castigado, o a Ícaro,
cuyas alas al acercarse al sol se quemaron dejándolo estrellarse
contra el suelo. Pero el Dr Frankenstein que encarna Merrick es
mucho más lineal, y entonces este conflicto, como tal, también
es secundario.
Entretenimiento sin tregua, “La Isla”
no tiene demasiadas pretensiones en la profundidad de su contenido
y en ese sentido no hay que buscarle demasiadas vueltas. Pero como
perteneciente a la ciencia ficción, presenta un universo
posible que con o sin intención la lleva a tomar una posición
ideológica, con la que uno como espectador puede estar de
acuerdo o no. En este caso, curiosamente, este lineamiento se inscribe
en la posición cada vez más dura del gobierno de George
Bush con respecto a temas que considera entran en colisión
con sus casi extremas creencias religiosas; en este caso, la ciencia.
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12/08/2005 |