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Las mantenidas sin sueños - Vera Fogwill y Martín Desalvo

“Las Mantenidas sin Sueños”: Almodóvar criolla

por Diego Braude dbraude@imaginacionatrapada.com.ar

(Argentina, 2005) Dirección: Martín Desalvo y Vera Fogwill.Guíon: Vera Fogwill Elenco: Lucía Snieg (Eugenia), Vera Fogwill (Florencia), Mía Maestro (Celina), Mirta Busnelli (Sara), Edda Díaz (Olga), Elsa Berenguer (Lola), Gastón Pauls (Martín), Julián Krakov (Santiago), Pascual Cóndito (Octavio). Producción ejecutiva: Axel Pauls. Música: Babasónicos. Fotografía: Nicolás Trovato. Montaje: Rosario Suárez. Dirección artística: Daniela Podcaminsky. Vestuario: Luisina Troncoso y Manuel Morales. Duración: 97 minutos

Fuera de la pantalla, un film sufrido, que por motivos ajenos a los realizadores vio demorado su estreno, que estuvo muy cerca de desaparecer. Así como en el 2006 Lorena Muñoz había presentado “Los Próximos Pasados” rastreando el mural de Diego Rivera, hasta hace no mucho tiempo era muy factible que lo mismo terminara ocurriendo con la película de Vera Fogwill y Martín Desalvo. Por eso cuando el miércoles 11 de abril fue el estreno en el BAFICI, podían verse muchos rostros conocidos entre los espectadores, y podía sentirse la atmósfera de “evento”.

Dentro de la pantalla, un film que tiene vida propia. “Las mantenidas…” construye un universo femenino peculiar, cerrado sobre sí mismo (es decir, puede ocurrir la identificación y reconocerse el mundo retratado, pero al mismo tiempo vuelve siempre sobre sí mismo, logrando permitirse de esta manera libertades poéticas que generan sentido hacia afuera). En el inicio, en una noche oscura, una joven sube, bamboleándose medio grogui, al auto de su madre. Rápidamente inferimos que la charla alude a un aborto. Acto seguido, también se nos brinda el dato de que la joven no se ha realizado el aborto y que el dinero va a parar a otro consumo. La secuencia es artificiosa, teatral, pero, al mismo tiempo, prepara lo que sigue.

Eugenia, de 9, es la hija de Florencia, pero parece la madre (por eso habrá de decir en algún momento “voy a tener una hermanita, voy a ser abuela”). Florencia se dedica a drogarse, tener sexo ocasionalmente, y querer a Eugenia pero oficiar de cualquier cosa menos de madre. Sara es la madre de Florencia, terapeuta. Olga es otra madre, cuyos hijos han emigrado y “adopta” a Flor y a Eugenia como suyas. Celina es una vieja amiga de Florencia, de la secundaria (iban al Buenos Aires, y “Florchi” era brillante…). Celina vive en la opulencia, pero, fuera de eso, es un exacto reverso de Flor. Martín es el padre ausente de Eugenia, y Lola su madre.

Salvo el personaje de Martín, el resto son todas mujeres. Y, en todas, aparecen permanentemente las relaciones entre madres e hijas, entre generaciones y la idea de lazos, unión, familia, amistad y compromiso. Florencia, Celina y Martín son una generación perdida, a la deriva y con fobia a cualquier tipo de compromiso profundo, como si fuera imposible. Pero, a diferencia de sus contemporáneos, este vagabundeo, esta desidia, no se ven a través de una abulia visual, sino que aparecen a partir de sus relaciones con los demás y desde el humor. Aparecen por contraste con la hiperactividad de Eugenia, o el reinventarse de Olga (Lola y Sara se muestran, cada una a su manera, en principio, como elementos derrotados o desilusionados, y su mayor conflicto es aceptar a sus hijos en lugar de "tolerarlos").

Los espacios se repiten, pero sin que las referencias puedan ser identificadas con seguridad. Podrían ser en cualquier lugar. Los lugares que habitan terminan siendo, en algún punto, intercambiables (no es lo mismo superficialmente la casa de Celina que la de Florencia, pero sí lo son en que operan como escondites). Estos espacios se modifican únicamente en la medida que los personajes se modifican a sí mismos.

Los personajes se amparan en discursos superficiales o anacrónicos para sostener su posición de inacción, de no modificarse. Es que soltar los discursos con los que vienen, o que han adquirido y construido durante años implicaría a enfrentarse a sí mismos, hacerse cargo de lo que han hecho (o se han hecho) y dejar de apuntar el dedo a los demás. La conexión de todas estas mujeres tan dispares es esa, la de que para ser, necesitan finalmente soltar lo que fueron o fantasearon.

Es que, en definitiva, todas son la fantasía frustrada de la otra. Atrapadas en ese lugar, giran casi en falso. Es cuando sueltan y se aceptan el momento en que crecen.

Ciertos diálogos y situaciones que rozan lo disparatado hacen recordar el estilo de Pedro Almodóvar, y esa poética se cruza con la historia de un país (el nuestro) en el que las generaciones se han perdido y en el cual sigue habiendo cicatrices abiertas, así como una continua dificultad para construir hacia delante.

Es Eugenia, el personaje sobre el cual gira y se apoya el film, quien condensa el conflicto desde su mirada de niña. No debiendo ser responsable por los adultos, lo es como puede. Es niña y juega a ser mujer, pero, cuando eso “ocurra”, dirá que no lo quiere. Por eso el final del film no cae en el facilismo, ni en algo edulcorado, sino que abre la puerta para entenderlo como cierre de un ciclo y apertura de otro, que implicará necesariamente sus crisis (la distinción está en la diferencia de las crisis). No hay un “llegar” último, sino que siempre cuando se “llega”, se está partiendo de nuevo.

www.imaginacionatrapada.com.ar
13/4/2007

     
     

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