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“Los Crímenes de Oxford”: Construcción, reconstrucción, deconstrucción
por Sol Santoro
sols@imaginacionatrapada.com.ar
(“Los crímenes de Oxford”, España, 2008) Dirección: Álex de la Iglesia. Elenco: Elijah Wood (Martin), John Hurt (Arthur Seldom), Leonor Watling (Lorna), Julie Cox (Beth), Anna Massey (Sra. Eagleton), Alex Cox (Kalman), Dominique Pinon (Frank), Jim Carter (inspector Petersen). Guión: Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría; basado en la novela de Guillermo Martínez. Producción: Gerardo Herrero, Mariela Besuievsky, Álvaro Augustin, Kevin Loader, Frank Ribiere y Verane Frediani. Música: Roque Baños. Fotografía: Kiko de la Rica. Montaje: Alejandro Lázaro. Diseño de producción: Cristina Casali. Vestuario: Francisco Delgado. Duración: 110 min.
Todo comienza con un crimen, una muerte. A partir de allí comienza una carrera lógica por saber cual será la próxima víctima. Una lucha mental con un desconocido y la pregunta que subyace en el filme ¿podemos conocer la verdad?
El filme esta basado en "Crímenes Imperceptibles", libro de Guillermo Martinez publicado en el 2003 y ganador del premio Planeta de novela. Alex de la Iglesia es quien realiza la transposición cinematográfica de dicha ficción y, siguiendo una estructura dramática similar a la que caracterizó las novelas de misterio de Agatha Christie, lleva a sus espectadores a seguir el recorrido de los protagonistas que buscan resolver la situación como si fuese un cálculo matemático.
Como espectadores nos hallamos sorprendidos desde el comienzo. Alex de la Iglesia no aborda éste filme desde lo brutal, lo sangriento, el humor negro; faltarían para ello una buena cantidad de sangre, personajes marginales o desagradables y el característico acento español.
Sin embargo, los personajes que interpretan Elijah Wood y John Hurt tienen, tal vez un poco más oculto, algo que los aleja del “hombre común”. A pesar de ser ambos, cada uno con su carrera y su desarrollo particular, destacados estudiosos de la lógica matemática, no logran descifrar el enigma de los asesinatos. La respuesta está allí, frente a sus ojos, un crimen imperceptible; una secuencia lógica, su propia especialidad, y sin embargo, las soluciones tardan en aparecer. Al salir de la sala encontramos en los personajes algo de patetismo.
Por un lado tenemos a Martín, joven norteamericano, que viaja con el propósito de contactar a Seldom, casi obsesionado con lo que estudia busca en ello la seguridad que solo los números podrían ofrecerle, hay en él una intención constante por comprobar que todo es por algo, todo lo que ocurre responde a un patrón. En tal caso nada quedaría librado al azar, habría una verdad unívoca que no permitiría filtraciones, un cálculo, exacto. Es una idea que tiene algo de terrible, ¿podríamos realmente pensar que todo lo que hacemos es responder a patrones?, ¿sería posible aceptar que cada suceso esta en función de un anterior y condicionando el siguiente? y la mayor de las dudas, ¿si descubrimos ese patrón podríamos manejar la realidad?.
Por el otro lado, Seldom, profesor consagrado y respetado a nivel académico. Un personaje más adulto y en algunos aspectos más sólido, si bien la lógica y las matemáticas son sus objetos de estudio, para él hay inexplicables y es posible convivir con ello; hay razones que no son lógicas, o simplemente puede vivir sin buscarlas. Se presenta como un personaje que no se maneja desde lo impulsivo, que carga con una gran experiencia y con un contacto con la realidad más cercano a lo concreto. A pesar de estos permisos es un hombre que confía profundamente en sus estudios y sus teorías.
Son hombres que se van construyendo a si mismos, buscando las verdades en las secuencias, en las leyes de probabilidades; todo, o casi todo, es factible de ser calculado, todas las acciones pueden organizarse en patrones, pero ¿qué sucede si la relación se invierte y en lugar de buscar el patrón en los hechos, hay hechos que buscan un patrón?, ¿qué pasa cuando alguien quiere echar mano a una fórmula para aplicarla a una serie de crímenes? ¿Es posible quebrar la secuencia una vez que ya ha empezado? Es una pelea contrarreloj. Se trata de una contienda despareja en la que hay que adivinar el próximo símbolo antes de que se concrete una nueva muerte.
Los personajes entran en un juego detectivesco, una práctica que no parece encajar perfectamente con las teorías, las respuestas no son únicas, los escenarios posibles son muchos; y ellos “los que saben del tema”, no hallan respuestas, son engañados en repetidas oportunidades por su propio objeto de estudio; cada vez que parecen acercarse a una solución esta se desdobla y aparecen otras, tan factibles con esa.
El filme mantiene alerta al espectador y lo lleva a elucubrar una amplia gama de posibilidades. Hay algo desesperante, llega un punto en el cual, al no poder señalar un culpable, todos pueden ser sospechosos. Es posible hallar para cada uno de los personajes de la película alguna razón, por mínima que sea, que los señale como culpables. Inseguridad, celos, miedo, algo del orden de la locura, resentimiento, venganza. Si, es cierto, suponemos que un asesino en serie cumpliría, por lo menos, con algunos de esos requisitos, pero también se hace evidente que de la razón al hecho en sí hay una brecha importante. Aquí es donde nos desestructurados como espectadores, ninguna razón parece suficiente, ninguna es más fuerte que la otra. Sobreviene un sentimiento casi de paranoia y una desconfianza absoluta a todos los niveles de enunciación.
Es posible preguntarse qué pasaría si no existiese la solución al enigma, tal vez el planteo mismo del enigma sea poco pertinente. Y otro interrogante, ¿dónde radica realmente la culpa?, si pequeños acontecimientos pueden desembocar en grandes hechos; y si juzgamos la gran catástrofe, ¿no tendríamos que juzgar también al aleteo de la mariposa? La idea de “culpable colectivo” no nos deja tranquilos, y tal vez por ello busquemos en todo el filme poder responsabilizar a alguien de todas las muertes acontecidas.
En definitiva, pone en duda la capacidad humana de alcanzar una verdad única. Porque tal vez la verdad no sea única, o tal vez sea el ser humano el que no puede llegar a la respuesta verdadera. Es incomodo pensar que flotamos en la incertidumbre.
El profesor Arthur Seldom sugiere en el filme que el crimen perfecto no es aquel que no se resuelve, sino aquel que se resuelve con un falso culpable. Se presentan diferentes escenarios, diferentes posibilidades que se anulan entre si, hay una especie de juego entre lo verdadero y lo falso. Martin pretende entenderlo todo desde la estructura, descifrar un código le ofrecería la certeza de una solución. Cuestiones lógicas, pero sin dejar de tener en cuenta que la lógica también permite la falacia.
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14/05/2008 |