Cine / Drama - Crítica

“Los Falsificadores”: El precio de vivir
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("Die fälcher", Alemania y Austria, 2007) Dirección: Stefan Ruzowitzky. Elenco: Karl Markovics (Salomon Sorowitsch), August Diehl (Adolf Burger), Devid Striesow (Herzog), Martin Brambach (Holst), August Zirner (Dr. Klinger), Marie Bäumer (Aglaia), Dolores Chaplin (mujer pelirroja), Veit Stübner, Sebastian Urzendowsky (Kolya), Andreas Schmidt (Zilinsky), Tilo Prückner (Viktor Hahn). Guión: Stefan Ruzowitzky; basado en el libro "The devil's workshop" de Adolf Burger. Producción: Josef Aichholzer, Nina Bohlmann y Babette Schröder. Música: Marius Ruhland. Fotografía: Benedict Neuenfels. Montaje: Britta Nahler. Vestuario: Nicole Fischnaller. Duración: 98 min.
¿Cuánto cuesta una vida? Stern, el personaje de Ben Kingsley se hacía una pregunta similar en “La lista de Schindler”. Él era el contador judío que Oskar Schindler había elegido para, a través de argucias, poder ir confeccionando la famosa “Lista de la Vida”. Ese mismo personaje, en vida real, había sido acusado por otros prisioneros del campo de concentración de operar como un negociante de vidas, eligiendo quién sobrevivía y quién moría. Independientemente de la veracidad o no de las acusaciones, lo cierto es que los campos de exterminio regulados por los nazis lejos estaban de ser una mera construcción lineal. No se eliminaba, simplemente, una vida y ya…
Primera toma, Solomon Sorowitsch bebe solo en una playa. La imagen, utilizada por tantos otros films, es entre melancólica y poética. Se levanta y se dirige hacia las escaleras que lo llevan lejos del mar (recuerden el mar). En el camino, unos soldados caídos (probablemente ebrios, en otro momento hubieran estado muertos). “Solly” se registra en un hotel. Descubriremos que está en Montecarlo. Primera noche, el hierático Solly es un éxito. Con él también se va una bella mujer. Desnudos, revolcándose, ella descubre un número. “¿Estuviste en un campo de concentración?”. Él calla. Ella lo acaricia, acaricia el número, como si con ese gesto dulce pudiera disolver lo que no puede serlo. Al día siguiente, Solly deja un dinero; le paga, la aleja.
Corte. Flashback. Solly es la estrella en un cabaret donde hace negocios con todo el mundo. Es 1936, pero ya, cuando una mujer descubre que su nombre es el diminutivo de Solomon, lo mira con asco. Hitler está en el poder desde hace tres años. Solomon Sorowitsch es el mejor falsificador de toda el área, y eso termina con él en un campo de trabajos forzados.
Al llegar al campo, confronta a un Kapo (usualmente criminales, cuando no directamente asesinos convictos, que eran nombrados supervisores de los demás internos, a los que trataban muchas veces incluso peor que la SS), para luego, frente al comentario de otro prisionero sobre que no debería haber hecho eso, él contesta “Hay que mantener el respeto por uno mismo”. Solly mismo está marcado; él también tiene el estigma del forajido.
15 minutos. Introducción de personaje y atisbos del conflicto. El film se llama “Los Falsificadores”, pero qué es lo que calla Solly ante la pregunta de la mujer, ¿es su gesto vergüenza o el mero deseo de borrar la memoria de lo que no puede ser borrado ni explicado? El gesto hierático del inicio contrasta con la seguridad del flashback, y el primer punto y aparte es su frase tajante. En el medio, un pasado ruso que funciona desde la opacidad. Es 1936, Stalin en el poder desde antes que Hitler, la asociación libre permite hacer posibles conexiones. Solly prefiere hablar alemán, renegando de su idioma. Pero no importa que idioma decida hablar. Es una época, es algo más.
Múltiples discursos se cruzan. Cada personaje opera desde un lugar simbólico, casi como en una pieza de Brecht. Cada uno lleva en sí mismo algo más que sí mismo.
El mar del inicio, único espacio abierto amigable, la oscuridad sin posibilidad de ubicación geográfica del flashback (porque ya no importa, es parte de un pasado que ya no retorna, limbo previo al infierno). El mar del inicio y los campos, donde predomina el gris y la luz que no se apaga, o los claroscuros que son sombras que aplastan, disfrazadas de refugio.
Mantener la humanidad. El campo deshumaniza; es su objetivo. Acá el objeto se llama “judío”, pero el nombre es intercambiable. El campo de exterminio es sinécdoque del sistema que lo engendra. El campo como racionalización de la matanza, pérdida de la identidad. Destrucción del ser y la contraposición de todo tipo de recursos por parte del sometido para que la operación sobre él no termine nunca de triunfar.
Solly nunca posee demasiado cabello, por eso su transformación ocurre desde la corporalidad. Sus hombros se van hacia adentro y hacia arriba: tensión, temor, vulnerabilidad. La mirada siempre hacia ningún lado, prohibida. En los demás, el cabello, gesto ínfimo, les devuelve algo, al menos como máscara. En definitiva, la única realidad que queda es la del campo, por más que estos especialistas hayan sido reclutados como prisioneros Premium para llevar a cabo una de las operaciones más ambiciosas del régimen nazi: hundir a las economías británica y estadounidense inundándolas de divisa falsa imposible de identificar. Lo monstruoso acá no es el plan, la idea, sino el elemento de racionalización: los prisioneros son mano de obra esclava que debe sentirse orgullosa de servir a intereses superiores: los de aquellos que se están ocupando de exterminarlos.
La palabra “Holocausto” refiere a un sacrificio realizado voluntariamente en pos de un algo superior. Por eso el Genocidio no es Holocausto… ¿o sí? El campo no sólo elimina al prisionero, no sólo lo marca y le quita su identidad para otorgarle otra (la del ser que “pertenece” al campo), sino que le pide, en este caso, que sacrifique, que entregue voluntariamente su vida y lo festeje.
Lo curioso es que los propios prisioneros se vuelven aquello que persiguen. ¿Para qué permanecer vivos? Están a metros de los demás prisioneros, que mueren todos los días, que no comen; sólo los separa una valla, que eligen no saltar, así como eligen no escuchar ni ver aquello qué ocurre detrás. Detrás de la valla, el sin sentido del aniquilamiento sistemático, la disolución planificada y llevada a cabo maquinalmente de toda significación existencial; de este lado, la máscara, el artificio, la representación que permite a los especialistas convencerse de que deben vivir un día más, porque el mero hecho se convierte en algo simbólico.
¿Qué es lo que están falsificando, aparte de dinero? ¿Hasta dónde es posible juzgarlos? Sin embargo, el campo no es más que una magnificación del sistema que lo ve nacer, ¿o acaso la situación, en esta versión extrema, no resulta familiar? El horror no acaba en la anécdota.
Por eso, quizás, Montecarlo al final (que es el principio); ir a la tierra del derroche y apostarlo todo; ser invitado champagne y tratado como invitado de lujo, precisamente, por ese gasto absolutamente inútil que es jugar algo que sólo tiene valor como convención a la ruleta. ¿Qué es lo que ve Solly cuando mira el mar?
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20/6/2008 |