Cine / Film Noir - Crítica

“Luces del atardecer”: Film noir, Rejtman, Kaurismaki
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("Laitakaupungin valot", Finlandia, Alemania y Francia, 2006) Dirección y guión: Aki Kaurismäki. Elenco: Janne Hyytiäinen (Koistinen), Maria Järvenhelmi (Mirja), Maria Heiskanen (Aila), Ilkka Koivula (Lindholm), Sergei Doudko, Andrei Gennadiev, Arturas Pozdniakovas, Matti Onnismaa, Sulevi Peltola, Antti Reini, Heikki Heimo.Producción: Aki Kaurismäki. Fotografía: Timo Salminen. Montaje: Aki Kaurismäki. Dirección artística: Markku Pätilä. Vestuario: Outi Harjupatana. Duración: 80 min.
“Luces del atardecer” presenta a un prototípico perdedor, Koistinen, empleado en una compañía de seguridad. Los primeros planos lo siguen en su ronda nocturna usual por los pasillos de un enorme shopping finlandés. Lo acompaña un tango. Atraviesa pasillos, todos tan distintos como iguales. Él, perdido en esa caminata repetida todas las noches. Como todas las noches, deja sus cosas en la oficina de los guardias y realiza un pequeño acto de rebeldía, mínimo, inútil. Koistinen está solo, es solo, como un salmón nadando contra la corriente. A diferencia de un héroe de otro estilo, Koistinen no posee, en realidad, ninguna cualidad que lo diferencie ni lo resalte.
Todas las noches terminan en un puesto de panchos, donde la puestera escucha pacientemente los sueños del guardia de poner su propia empresa y destruir a sus actuales empleadores. Durante el día, toma cursos acelerados de marketing y administración de empresas. Sus intentos son loables, aunque absolutamente infructuosos. El director, desde la imagen, no diferencia una visión de otra, todo se mueve en una pesada monotonía. Líneas geométricas, marcadas por la arquitectura de líneas duras y luces que entran cortando los ambientes. Espacios abiertos que amenazan con tragarse a los personajes, o aquellos cerrados e inhospitalarios.
El solitario, el perdedor, es el target ideal para el plan criminal de un mafioso local. El idiota de Koistinen es seducido por una bomba rubia que, detrás de su aspecto inocente y su paciencia sin límites a los escasos encantos del protagonista, sólo desea llevarlo por el mal camino y dejarlo ahí.
Los personajes se mueven en la decadencia oscura del film noir, pero recuerdan a los modelos actorales que usa Martín Rejtman para sus films. La diferencia es que Rejtman (o Jarmusch, por llamar a otro nombre familiar) se apoya en el humor, mientras que acá Kaurismaki recurre a él de una forma ácida y patética. La coincidencia abusiva de la que es víctima Koistinen termina por tapar toda posibilidad de luz. No hay contrapunto de ningún tipo, sino sólo una cada vez más empinada pendiente en dirección al abismo.
Pero incluso en el descenso de su protagonista, Kaurismaki no altera el plan visual. Los espacios no han cambiado, siguen siempre la lógica del fracaso y la humillación del protagonista; el final está cantado desde el inicio, con ese tango melanco que llora su poca fortuna.
El montaje parece “laggeado”, quedándose en planos incluso después que estos han muertos. Se arrastra, igual que el protagonista. Los atisbos de luz sólo alcanzan para mostrar una ciudad que no se detiene a mirar a sus habitantes. En contraposición, los cuerpos aparecen pesados y lentos en sus movimientos, cansados desde un inicio. La paleta de colores no es reducida, pero sí apagada. Es una realidad en la cual el concreto pareciera absorber cualquier energía que pudiera provenir de la fuente lumínica. Lo mismo que los vanos intentos de Koistinen por querer ser algo más.
Figura chaplinesca, en ese sentido, pero donde el vagabundo no tiene nunca un respiro, un premio. La única razón por la que el personaje no se suicida es por el nivel de autoengaño en que se encuentra. Corre siempre tras una hipotética zanahoria que sería la posibilidad de cambiar, mientras que la puesta en escena donde Kaurismaki lo coloca habla desde un comienzo de la imposibilidad de que este cambio ocurra realmente
www.imaginacionatrapada.com.ar
28/9/2007 |