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“Manchester 1970-1990: La fiesta
interminable”: Tócala de nuevo, Sam
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("24 hour party people", 2002,
Reino Unido, Francia y Holanda) Dirección:
Michael Winterbottom. Elenco: Steve Coogan (Tony
Wilson), Shirley Henderson (Lindsay Wilson), Paddy Considine (Rob
Gretton), Sean Harris (Ian Curtis), Danny Cunningham (Shaun Ryder),
Andy Serkis (Martin Hannett), Chris Coghill (Bez), Lennie James
(Alan Erasmus), Ralf Little (Peter Hook), Paul Popplewell (Paul
Ryder). Guión: Frank Cottrell Boyce. Producción:
Andrew Eaton. Fotografía: Robby Müller.
Montaje: Michael Winterbottom y Trevor Waite. Diseño
de producción: Mark Tildesley. Dirección
artística: David Bryan y Paul Cripps. Vestuario:
Stephen Noble y Natalie Ward. Duración:
115 min. Web: http://www.partypeoplemovie.com/
- incluye player con temas de la banda de sonido
“Ya lo dijo John Ford: si tienes
que elegir entre la verdad y la leyenda, siempre elige la leyenda”
Tony Wilson, según Michael Winterbottom en “Machester
1970-1990: La fiesta interminable”
¿Por dónde empezar? Un periodista
mirando a una cámara (cámara no visible, así
que mira al espectador, a nosotros), se lanza en aladelta; se eleva,
comienza a caer, se da varios tumbos y finalmente aterriza. Se acerca
a la cámara, pero esta vez es un aparte, habla directo al
espectador, a nosotros: “esto realmente ocurrió, es
literal, pero también es metafórico”. Comienza
el film.
Tony Wilson es real, y fue una figura central
de la movida musical desde fines de los ´70´s hasta
la reciente década del ´90. Del punk nofuturista al
dance y al house, posmodernismo puro, todos los relatos se atraviesan
y se entrelazan; la música como metáfora, el film
como su transporte audiovisual.
La última década ha visto la
orgía de los géneros, con las categorías que
tanto trabajo ha tomado a críticos, historiadores, investigadores
e industria construir fornicar de forma absolutamente impúdica.
La proliferación y riqueza del documental se debe no solamente
a que el mundo y sus sociedades son felices de producir material
en abundancia, sobre todo del negativo, sino también a su
desarticulación como relato objetivo. En otras palabras,
admitir que el documental es una forma más de ficción
lo ha enriquecido. Winterbottom produce un documental que no es
un documental y desde el comienzo lo explicita; es literal, pero
también es metafórico.
Tras
escuchar a los Sex Pistols en escasamente concurrido recital, Wilson
decide iniciar un programa de televisión donde presente a
aquellas bandas que todavía no tienen difusión. Cuando
eso no le alcanza, se asocia con el dueño de un bar de dimensiones
generosas para crear lo que se conoció como The Factory,
primer templo musical del protagonista. Posteriormente, suma la
labor de productor y arma un equipo de socios con los cuales producen
a las nuevas bandas (peculiar contrato de sangre mediante). Más
adelante, pasarán de The Factory a The Hacienda, lugar esta
vez propio, más grande aun, que pasará de ser un rotundo
fracaso a un éxito legendario de público y tendencia,
no obstante lo cual nunca dejará de ser un rojo a la hora
de las cuentas. Cuando finalmente ya los números no cierren,
todo se acabará (más o menos), dejando atrás
más de una década de… bueno, de vida vivida…
Wilson, el protagonista (al menos aparente)
del relato, es una forma de héroe adolescente. No sólo
concreta su sueño y logra producir cambios, sino que, junto
con sus socios oníricos, se dan el lujo de hacerlo sin venderse
(lo que, eventualmente, los lleva a la quiebra, pero no es ese el
punto). La rueda de la fortuna sube y baja, lo que da hoy lo quita
mañana, pero saber que es así, también implica
la esperanza de que ningún mal es eterno. Vivir el sueño
es surfear esa ola y vivir con ello. Curioso, el mundo posmoderno,
entre sus aspectos negativos, puede contar con la disolución
del sueño; todo es igual, todo es ironía, todo termina
siendo de plástico y efímero. Winterbottom y el guionista
Frank Cottrell Boyce, desde un relato posmoderno, le devuelven la
pasión a sus personajes.
A través de la música, Winterbottom
recorre la ciudad y sus épocas. De la brutal crisis económica
y el thatcherismo a la transformación socio-económica
de fines de los ´80´s. La ciudad respira, vive, y la
música con ella. Tony Wilson narra su historia como en una
burbuja, permitiéndose todos los excesos narrativos posibles,
dejando siempre en claro, de todas maneras, que él es simplemente
el guía designado. De la oscuridad y el super 8 de los ´70´s
a las drogas, la violencia y los nuevos templos de fines de los
´80´s. Los sonidos cambian, los cuerpos cambian. De
los colores apagados a las luces, los colores hipersaturados y los
megaespectáculos; texturas, todo texturas (apoyados en la
fotografía del gran Robby Muller y del retoque digital en
posproducción). Y el montaje; el relato avanza corriendo
mientras habla, como bajar una montaña rodando en vueltas
carnero; ácido visual. Y, en medio de todo esto, el realizador
insiste permanentemente con la idea de relato construido (Wilson,
en sus apartes, hace referencia a las tomas que no van en el corte
final – y que se muestran de todas maneras – o a los
personajes reales – el propio Wilson original incluido –
que aparecen a lo largo del film); el film se deconstruye y, precisamente,
es así que se construye como identidad.
El protagonista mantiene siempre su trabajo
diurno de menospreciado periodista (trabajo que mantiene hasta el
día de hoy), casi como el adolescente que estudia de día,
tiene su trabajo part time por la tarde, y por la noche es héroe
tocando con su banda. También la televisión le permite
a Winterbottom unos muy pequeños relatos secundarios, miniaturas
de la existencia que va cambiando junto con las aventuras del pícaro
narrador.
Los
temas pueden ser un llamado a la nostalgia, un recorrido romántico
por una época que ya no es, pero Winterbottom se encarga
de plagar su film de citas y más citas. La nostalgia y el
romanticismo, entendidos en este sentido, son conceptos modernos,
que implican un antes, un durante y un después. Si quitamos
la linealidad temporal, sólo quedan los hechos sin solución
de continuidad. El tiempo transcurre, es inevitable, pero es la
metáfora de la rueda de la fortuna una y otra vez. Manchester,
la gran ciudad industrial del siglo XIX, se hunde en la depresión
económica de 1970, para renacer 20 años después
con otro rostro. La nostalgia, en este sentido, hace añorar
lo que ya no es, impide poder pensar en un posible ahora. Winterbottom
hace que su film respire siempre en presente, como una cinta de
moebius, todo se entrelaza, presente, pasado y futuro, funcionando
como el mar y sus corrientes. El final puede ser el principio, el
principio el final, la verdad la mentira, la mentira como verdad.
No es una banalización, un vaciamiento de sentido, sino,
en este caso, todo lo contrario, una relectura del nihilismo posmoderno
que encuentra en estos personajes una mirada optimista, incluso
en la derrota.
El mundo real no deja de ser real, y la historia
no frena porque nosotros lo queramos (pareciera ser lo que recuerda
siempre el Tony Wilson de Winterbottom). Al director le fascina
esa mutabilidad, pero también la capacidad de adaptación
de sus personajes para, a pesar de perder la inocencia (como implica
por esencia el relato posmoderno), no dejar de intentar jamás.
www.imaginacionatrapada.com.ar
13/10/2006 |