Cine / Drama
- Crítica

“María Antonieta”:
Todas las lecturas y ninguna
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("Marie Antoinette", EEUU y Francia,
2006) Dirección: Sofia Coppola. Elenco:
Kirsten Dunst (María Antonieta), Jason Schwartzman (Luis
XVI), Rip Torn (Luis XV), Judy Davis (condesa de Noailles), Asia
Argento (madame Du Barry), Marianne Faithfull (emperatriz María
Teresa), Danny Huston (Joseph), Molly Shannon (tía Victoria),
Steve Coogan (conde Mercy D'Argenteau), Rose Byrne (duquesa de Polignac).
Guión: Sofia Coppola; basado en el libro
"María Antonieta: La última reina" de Antonia
Fraser. Producción: Sofia Coppola y Ross
Katz. Producción ejecutiva: Francis Ford
Coppola y Fred Roos. Fotografía: Lance Acord.
Montaje: Sarah Flack. Diseño de
producción: K.K. Barrett. Vestuario:
Milena Canonero. Duración: 123 min.
Sofía Coppola es la hija de Francis
Ford Coppola, y es un estigma con el que deberá convivir
el resto de su carrera. Pero su producción fílmica
nada tiene que ver con la narrativa de su padre. Coppola padre ha
sido principalmente, en sus films, un narrador de relatos (se podrá
discutir el cómo, pero no el qué). Coppola hija es
una creadora de climas desde un minimalismo narrativo. Es como si
insistiera en tocar pequeñas notas que, en apariencia, nada
dicen, hasta que la extraña melodía termina. Ahí
ocurre que hay quienes ven, sienten, algo (de mayor o menor potencia),
difícil de poner en palabras y quienes, simplemente, no…
Es esta cuestión, lo que muchas veces
hace que uno se pregunte cuánto hay en las películas
de Sofía Coppola, y cuánto uno deposita en ellas.
El arte de la pintura taoísta consistía en pintar
no desde el “lleno” (cómo cubrir el lienzo),
sino desde el vacío. Dejando espacios sin rellenar, el artista
creaba una ilusión que el espectador completaba desde su
mirada. La bruma que cubría el río que corría
entre árboles y montañas sólo existía
en el espectador… ¿significaba eso que no existía?
En los films de Coppola parece siempre haber varios espacios de
ríos y brumas…
Sin embargo, cuando la directora cambia la
tranquilidad y los climas abúlicos por la exaltación
de “María Antonieta”, encontrar el mismo estilo
parece complicarse, aunque en realidad no lo sea. Quizás
es como el juego de pliegues de los vestuarios rococó, herederos
decadentes del barroco, que seducen desde el ornamento, prometiendo
lo que puede o no estar tras las finísimas telas.
“María
Antonieta” es, en la superficie, una extendida, superproducida
película adolescente. En Estados Unidos, el mayor éxito
se ha producido precisamente en esa franja, sobre todo entre las
chicas. Ayuda también el aspecto estético, donde la
figura de María Antonieta aparece en toda su fuerza como
el ícono de la moda que fue en su época. Estilización
desde la dirección de arte y la fotografía, pero que
parten principalmente del maquillaje y el vestuario. En este sentido,
María Antonieta es un personaje encerrado en una trama igualmente
superficial y que se presenta como para ser consumido en su estilización,
porque las acciones no abundan, y la trama se reitera sobre unas
problemáticas escuetas y centralizadas.
Pero el final deliberado, donde la ausencia
de la directora desaparece y se hace presente me lleva a repensar
el film, así como el río y la bruma de la pintura
taoísta. Y vuelvo a mirar, y en el vacío comienzan
a aparecer figuras y significados que antes parecían no estar.
El envoltorio del film adolescente, que va
del título a la inclusión de temas de rock y pop junto
a la música de época, pasando por la postura corporal
y el acento de Kirsten Dunst, se vuelve traslúcido. En las
convenciones aparece resaltado el hecho de que los personajes centrales,
Luis XVI y la propia María Antonieta, han crecido entre las
convenciones de su clase y que, en Francia, prácticamente
no dejan Versalles. El resto es un afuera desconocido, lejano, el
“pueblo” apenas una mención necesaria que completa
y coherentiza el discurso de la monarquía. Luis XVI es un
niño atrapado en un cuerpo de joven hombre que se ve enfrentado
a las responsabilidades de una adultez precoz y luego a la obligación
de reinar lo que desconoce por completo. El artificio de su posición
es complementado por la inocente burbuja en la que vive María
Antonieta, que derrocha en un alarde de opulencia frente a la crisis
económica que asota su país adoptivo. Y ahí
encuentro una posible metáfora de otro gobernante más
contemporáneo y de una sociedad basada en el consumo y la
vivencia del resto del mundo como un afuera extraño.
Cuando llega el pueblo a Versalles, aparece
en forma de sonido fuera de cuadro. Cuando la cámara lo enfoca,
no se ven sus rostros. El pueblo carece de él. María
Antonieta sale al balcón y agacha la cabeza, casi como una
reverencia. Pero jamás tenemos el contraplano; el pueblo
no importa…
Lo que lleva a otra lectura... el relato de
la celebridad, que se casa con otra celebridad. Ambos encerrados,
encorcetados en los roles que les han sido designados, diseñados
de antemano, condenados a repetir el ritual de ser lo que se supone
que deben ser. Personajes que son puesta en escena de otros personajes.
Versalles es la burbuja, el escenario de su repetitiva representación.
Ejercen su rol en la ficción, para el “pueblo”,
pero también para las adolescentes que están en la
sala (¿acaso ese plano del balcón no es el equivalente
de una mirada desde la platea? La falta de contraplano, ¿no
es el film que nunca devuelve la mirada del espectador?). Son lo
que se espera que sean, detrás no queda nada.
Montañas y árboles, y en el
medio… ¿cuánto es el film de Sofía Coppola?
¿cuánto es lo que se escribe sobre él?
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31/1/2006 |