Cine / Comedia Dramática - Crítica

Motivos para no enamorarse - Mariano Mucci

“Motivos para no enamorarse”: El paradigma de las relaciones descartables

por Carolina Sol Miori csmiori@imaginacionatrapada.com.ar

(Argentina, 2008) Dirección: Mariano Mucci Guión: María Laura Gargarella Elenco: Jorge Marrale, Celeste Cid, Mariana Briski, Rodolfo Ranni, Esteban Meloni, Irene Sexer, Laura Azcurra Producción: Diego Dubcovsky y Daniel Burman Producción ejecutiva: Daniel Botti Dirección de producción: Sebastián Ponce Jefe de Producción: Bárbara Sarasola-Day,  Federico Eibuszyc Asistente de Dirección: Antonio Barrio Fotografía: Andrés Mazzon Dirección de arte: Valeria Jusid Vestuario: Florencia Cegatti Montaje: Alejandro Brodersohn Jefe de locaciones: Andrés Kurfirst Maquillaje: Marisa Amenta Peinados: Etel Verón Sonidista: Jésica Suárez, Enrique Segura

El consumo masivo de cosas. Cosas que se compran, se usan, se consumen, se tiran, se descartan. Pasan y no se quedan, transcurren en nuestras vidas  fugazmente, entran y desaparecen. Quizás la materialidad perecedera de los objetos de la época ayuda a este ritmo de consumo veloz.  Hoy los objetos tienen poca vida útil, se usan y se tiran. La era del “todo por dos pesos” ha invadido las costumbres y quizás la franja de adultos jóvenes y no tan jóvenes que vivimos en las grandes ciudades sufrimos el desplazamiento de este fenómeno hacia las relaciones afectivas sexuales.

La era de lo Light, del no interés de conocer a la otra persona, el miedo a perder la libertad individual, - de pensar, inventar, motivos para no engancharse, para no enamorarse, para no jugarse, para no perder, para no sentir cualquier pérdida posible en caso de algún paso en falso, algún desenlace no esperado - es atravesada  por las campañas de publicidad donde los productos son vendidos con una  idea de  egoísmo, de no darle nada al otro, de no compartir con nadie lo que uno consume.

El modelo de consumo de cosas  se traslada al modo de relacionarse con otro. Al otro lo consumo, y consumido, luego lo descarto.

Con un rostro tan Nouvelle Vague, tan etérea y delicada, Celeste Cid le da vida a Clara, un heroína tan frágil y tan sensible como los sujetos que no pueden, ni quieren  adaptarse al medio en que viven, medio que vende los objetos como sujetos amorosos, como objetos animados, y a  los afectos los desecha o los  muestra como traicioneros, como algo temible y peligroso de lo cual hay que cuidarse.

Clara, de 28 años, vive un ciclo  de relaciones que no perduran, una rueda de chicos que no se juegan por ella, una serie de vínculos en donde   cada uno  vive en su mundo, desde donde no la escuchan, donde cada uno vive en su burbuja de narcisismo. Un sumario de planos logra contar las relaciones y sus desenlaces, siempre el fin viene después de las preguntas “¿qué somos?, ¿me querés o me amás?, ¿somos novios, amigos?” y ninguno dice un “te amo”, ninguno le da importancia o huyen de la consigna. Entre el plano secuencia, giros de cámara  y los cortes directos, se logra contar esta experiencia de la protagonista dentro de un mismo espacio, su casa, donde cada novio se encuentra en un lugar distinto mientras ella camina, se traslada de una habitación a otra o de un sector a otro, de una cama a una alfombra, de la cocina al living, y se los va cruzando, encontrando y enfrentándolos con preguntas o pequeños diálogos. De ésta manera, un mismo espacio es hilo conductor de distintos tiempos de relaciones.
 
Laura Azcurra, la amiga que vive con ella y que luego que la traiciona con su último novio, le hace un interrogatorio sexual indagando la cantidad de orgasmos que logra con su chico. Ante la curiosidad de su amiga, Clara se siente invadida en su intimidad, y no le contesta porque le dice que es “algo privado”, su amiga (Azcurra) le dice que ella siempre cuenta los orgasmos y que eso es importante. Acá vemos otra cara de la época en que vivimos, lo importante es el goce sexual y no tanto los afectos. Pareciera que para ser feliz hay que tener sexo y un tipo de sexo que satisfaga de determinada manera, y si no se tiene,  uno  sufre  una carencia.  Esteban Meloni,  interpreta a su último novio, a quien lo único que le importa es tener buenas relaciones sexuales y la actividad la  vive como un desafío de goce. A Clara no le alcanza,   espera compartir otras cosas además de sexo, y él no tiene otra cosa para darle. Una imagen que intensifica este rasgo es el momento que la palabra Kamasutra invade la pantalla. Vemos de esta manera como el film manifiesta el bombardeo sexual que hay en los medios masivos y la venta desbordada de prácticas sexuales. La imagen después vemos que corresponde a la pantalla del celular del joven. Otra manifestación de la saturación de estímulos y que nunca logra satisfacerse de verdad y que a su vez se aburre fácilmente.

Luego de que la amiga traiciona a Clara cuando ésta la descubre teniendo relaciones con su chico en el departamento que comparten, decide mudarse al edificio de Andy (Irene Sexer),  su amiga del trabajo. Allí conoce a Teo (Jorge  Marrale), un “señor mayor”, que vive solo y tiene una tortuga.

Teo tiene sus mañas y  terminan enamorándose a pesar de las edades tan distantes (algo que se adivina ya desde el afiche). La película opta por proponer la idea de jugarse por el otro, de jugarse a amar, a entregarse al otro, a arriesgarse afectivamente en un mundo y específicamente un país en donde las ciudades sufren el pánico y el miedo a amarse, a perder afectos, a perder el afecto, a perder al otro, o quizás a perder el amor del otro o el desgaste amoroso.

El afuera aparece en la forma del mar. Silencio, calma, contraposición con la velocidad de los estímulos dirigidos   al ciudadano.

El film de Mucci propone que haya motivos para enamorarse, que no se los reprima, que no se los niegue, que los motivos para huir del otro sean los motivos para acceder al otro, para llegar al otro, para querer a otro.

www.imaginacionatrapada.com.ar
1/9/2008

     
     

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