Cine / Drama
/ Thriller / Steven Spielberg - Crítica

“Munich”: La desesperanza
del dueño del final feliz
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
(USA, 2005) Dirección:
Steven Spielberg. Guión: Tony Kushner y
Eric Roth; basado en el libro de George Jonas. Elenco:
Eric Bana (Avner), Daniel Craig (Steve), Ciarán Hinds (Carl),
Mathieu Kassovitz (Robert), Hanns Zischler (Hans), Geoffrey Rush
(Ephraim), Ayelet Zurer (Daphna), Omar Metwally (Ali), Ami Weinberg
(General Zamir), Michael Lonsdale (Papa), Valeria Bruni Tedeschi
(Sylvie), Yvan Attal (Tony), Lynn Cohen (Golda Meir). Producción:
Kathleen Kennedy, Steven Spielberg, Barry Mendel y Colin Wilson.
Música: John Williams. Fotografía:
Janusz Kaminski. Montaje: Michael Kahn. Diseño
de producción: Rick Carter. Vestuario:
Joanna Johnston. Duración: 164 min.
Steven Spielberg se ha caracterizado siempre
por su apego a los finales felices, al punto de forzar la trama
de sus propios films para poder evitar los finales oscuros. Parecía
una necesidad casi patológica de otorgar en la ficción
lo que en la realidad es más esquivo: el final perfecto,
la justicia poética, etc, etc. Sin embargo, desde “La
lista de Schindler” en adelante (curiosamente su etapa más
productiva), algo se fue filtrando en sus películas, quizás
de forma inconstante y paulatina, pero persistente de todas maneras.
El maestro del final feliz iba siendo invadido por el desencanto.
De formas diferentes, sus films fueron aproximándose cada
vez más a un intento de visión sobre el mundo. Cuando
los ojos de Steven Spielberg finalmente perdieron su ingenuidad
(ingenuidad entendida en cuanto a visión profunda del mundo),
lo que vieron los llenó de desesperanza.
Desde el punto de vista estrictamente cinematográfico,
“Munich” cuenta con la fotografía de Janusz Kaminsky,
quien logra diversos climas a través de las diferentes texturas
visuales que utiliza a lo largo del film. Cuenta con el montaje
de Michael Kahn, otro habitual colaborador de Spielberg, quien logra
un montaje “invisible” cuando la narración debe
fluir y “visible” cuando la narración se detiene
en momentos específicos (en los cuales el ritmo y el tiempo
de los planos requieren de rigurosa precisión). El relato
en sí trabaja en gran parte al estilo de una novela de intriga
política y espionaje, apoyándose sobre la base de
un conocimiento discutible y un avance a partir de la evolución
del héroe. En este trayecto, el centro del desarrollo parece
extenderse innecesariamente, varando el ritmo, pero el final permite
razonar sobre la necesidad de ese extenso camino intermedio como
filtro cansador pero necesario para poder llegar “correctamente”
al desenlace.
Pero “Munich” se ha convertido
en un film maldito, repudiado esencialmente por todos. Una aproximación
a la teoría de Jacques Lacan permite proponer que el paciente
mantiene un estado de negación con respecto a su síntoma
en tanto encuentra placer en ese síntoma, así como
la real elaboración y explicitación de este pondría
en peligro toda la estructura que lo sostiene. El síntoma
que ve “Munich” es el de la autodestrucción de
la humanidad (que en el camino se lleva al resto del mundo consigo).
La respuesta que el film ha encontrado internacionalmente habla
de un disfrute de ese síntoma; “Munich” no busca
ofender gratuitamente, sino preguntar lo que prefiere negarse.
Steven Spielberg, obviamente, no es el primero
en hacerse este tipo de preguntas, pero el alcance en cuanto a masividad
y difusión de sus films lo convierte en un evento distinto.
En un mundo al que los nuevos dirigentes de derecha (cualquiera
sea su “bando”) han buscado polarizar a fuerza de violencia,
la imposibilidad de encontrar buenos o malos claros en el film de
Spielberg es perturbadora. No sólo por el simple hecho sino
por su forma: los diálogos aparecen espejados (eventualmente
el mismo argumento es esgrimido por todos, perdiendo su valor absoluto
original), así como las acciones de los protagonistas (la
violencia presente carece del “glamour” del cine de
acción). Frente a un hecho puntual y trágico como
la masacre de los Juegos Olímpicos de Munich de 1972 (que
da pie a la historia), “Munich” toma la tragedia como
un ejemplo catalizador de la narración en vez de ser el punto
central real, y que le permite a Spielberg cuestionarse sobre el
círculo de sangre en el que ve inmersos a todos los personajes.
Avner (el protagonista) hace el trayecto inverso
del héroe. En vez de evolucionar, involuciona (se pierde
a sí mismo en el camino), y su objetivo heróico es
una falacia oculta detrás de la ambigüedad del vocabulario
patriótico. La pregunta más angustiante que genera
el film (acentuada sobre todo en dos o tres escenas clave) es sobre
la posibilidad de habitar todos juntos el planeta; su respuesta
(tanto a través de la estética como desde las palabras
en boca de los personajes) es desalentadora, y la película
termina comportándose como una carta de despedida.
Recursos web:
http://www.lanacion.com.ar/entretenimientos/nota.asp?nota_id=774913
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-2748-2006-01-19.html
http://www.clarin.com/diario/2006/01/22/espectaculos/c-00811.htm
www.imaginacionatrapada.com.ar
3/2/2006 |