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Argentino / Pablo Trapero - Crítica

“Nacido y Criado”: El Dolor
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
(Argentina, Italia, Inglaterra, 2006) Dirección:
Pablo Trapero Guión: Pablo Trapero y Mario
Rulloni Elenco: Guillermo Pfening, Federico Esquerro,
Martina Gusman, Tomás Lipán, Victoria Vescio, Nilda
Raggi Producción ejecutiva: Martina Gusman
Productor asociado: Marc Sillam y Walter Salles
Producción: Pablo Trapero y Douglas
Cummings Coproducción: Rossana Seregni y
Rocío Freire-Bernat Asistente de Dirección:
Oscar Godoy y Natalia Smirnoff (segunda parte del rodaje)
Fotografía y Cámara: Guillermo Nieto
Dirección de arte: Pablo Maestre Montaje:
Pablo Trapero y Ezequiel Borovinsky Dirección
de sonido: Federico Esquerro Sonido directo:
Guillermo Picco Jefe de Producción: Matías
Miller Casting: María Inés Teyssié
Vestuario: Marisa Urruti Asistente de vestuario:
María Teresa Riveras Maquillaje de efectos:
Sebastián Molchasky Duración:
100 minutos
Nacido y criado, dijo Trapero
en algún lugar, es como se llaman a sí mismos los
habitantes de Turbio Viejo, esa suerte de pueblo fantasma en donde
sucede gran parte del filme. Turbio Viejo era lo que luego fue Río
Turbio, que ahora está a varios kilómetros. Pueblo
olvidado, memoria desplazada, poblada a su vez no por “nacidos
y criados”, sino por exiliados; purgatorio de almas perdidas.
Unas
fotografías familiares, el paraíso a perderse, el
color blanco omnipresente, el tema que será el leit motif
(“Sangre”, de Palo Pandolfo), un anuncio de lo que vendrá.
Santiago es un joven profesional en ascenso, con una vida llena
de aspectos felices, de su mujer Mili (mujer, socia, compañera)
a su hija Josefina. Esas primeras imágenes también
lo muestran buscando artefactos en desuso, rotos o averiados, a
ser reparados y reciclados. Trapero anuncia el resto de su film
en estas primeras pistas. Todo tan difícil de conseguir,
tanto más fácil de perder.
Un accidente. Gritos. Un auto que se incendia.
Apagón. Gritos que no reciben respuesta. Fundido a blanco.
Más blanco, nieve, paisaje andino.
Una vista aérea, seguida de un travelling terrestre. Son
los caminos que llegan a Turbio Viejo. Hemos llegado al purgatorio.
La luminosidad de Buenos Aires es reemplazada
por los altos contrastes. Turbio Viejo pasa velozmente del sol a
la lluvia y la nieve, y, sin embargo, el tiempo parece no pasar.
Estar ahí es, precisamente, como estar varado en ningún
lugar.
Santiago ahora trabaja de las pocas changas
que el pueblo permite, andando siempre junto al Cacique y, sobre
todo, Roberto. Día tras día, todo siempre igual. Todo
blanco. Por las noches, sin embargo, en la oscuridad, imágenes
que no vemos inundan a Santiago. Por más que se haya exiliado
al lugar del olvido para olvidarse a sí mismo, no tiene descanso.
En el brillo enceguecedor del blanco, la memoria se calma, la negrura
nocturna, trae consigo las pesadillas. Blanco y negro, alto contraste,
división cromática, así como el propio cuerpo
de Santiago, marcado por el accidente, dividido en dos. Por más
lejos que se vaya un hombre, los recuerdos y las culpas viajan con
él.
Por eso, no es extraño que esa realidad
se vaya apoderando también de los días. Hasta el final,
no sabemos con certeza cuál ha sido el resultado del accidente.
Lo intuimos, pero las pistas son incompletas. Es tal la focalización
sobre Santiago, y tal su culpa, que su percepción del mundo,
al ocuparse de ese pasado reprimido, aparece difusa. La culpa ha
llevado a Santiago a irse (literal y metafóricamente), pero
no sabemos si es capaz de volver.
Como “El Aura”, de Bielinsky,
o “El dulce porvenir”, de Atom Egoyan (con la que incluso
comparte un parecido en el afiche), “Nacido y Criado”
pone al paisaje como un protagonista más (donde la mano de
Guillermo Nieto en la fotografía deja nuevamente su firma).
A la nieve se suma el bosque, espacio iniciático; uno se
pierde en el bosque para encontrarse con lo desconocido, para Santiago
es volver encontrarse a sí mismo. Es su propio trayecto iniciático;
no hay redención, sino el comienzo de otro camino.
Trapero se detiene en los pequeños
y repetitivos detalles de la existencia de sus personajes. Pero
lo que puede parecer lento es, en realidad, un increscendo en la
tensión. Esa exasperación es la del propio espacio,
¿cómo se vive en la nada?
Si algo ha caracterizado a Trapero es un mayor
dominio de la imagen que del guión, y en este, de la estructura
que de los diálogos. Esto se evidencia en algunos textos
que pueden aparecer como “de más”, o en la resolución
un poco forzada llegando al final. Como contrapunto a este aspecto,
la fuerza visual y expresiva de cada plano compensa la otra falta,
comunica lo que el texto parecería no alcanzar. Hay una búsqueda
de precisión en los tiempos que cada plano es mantenido y
sustituido, en la velocidad de cada paneo o travelling, en la presencia
o ausencia de sonido.
También acá está la presencia
de la familia. Santiago termina rodeado de espejos de sí
mismo; padres e hijos, quienes pierden y duelan, quienes reciben
(con las figuras femeninas ausentes visualmente, como la propia
Mili, negada en la memoria aun más que Jose). Festejo y muerte,
principio y fin. Film circular en este sentido. Santiago es como
aquellos objetos viejos y rotos del inicio, esperando el momento
de ser reparados. Turbio Viejo es como el depósito que recorría
el protagonista. Sólo en el final, y quizás tampoco
ahí (porque Trapero elige dejar abierto ese lugar), es posible
saber si Santiago es capaz de encontrarse.
El pausado devenir del film no implica calma,
sino lenta tensión. La amplitud patagónica se contrapone
con los claustrofóbicos ambientes interiores. La inclemencia
del frío al ahogo del hacinamiento. “Nacido y Criado”,
es argumento, pero también, sobre todo, clima, atmósfera.
La densa sensorialidad audiovisual del film es complementada por
un grupo de actores que, al margen de alguna sobreactuación,
dan humanidad a sus personajes y se manejan con soltura delante
de la cámara. El costumbrismo es acá utilizado como
herramienta y no como fin: los personajes se muestran, sus detalles
los describen, pero sin hacer que su pintoresquismo se imponga y
sirviendo a un objetivo del guión que los excede.
Es curioso el salto de “Familia Rodante”,
un film más simpático luego de la dura “El Bonaerense”,
a una película de tintes tan viscerales como “Nacido
y Criado”. No sólo la construcción precisa de
la obra, sino las preguntas que se realiza sobre la pérdida
y cómo volver de ella. En teatro, los personajes de Daniel
Veronese permanecen varados en el momento de la pérdida,
no pueden continuar. En “El dulce porvenir”, como en
todos sus films, los personajes de Atom Egoyan sólo consiguen
seguir adelante precisamente a partir de la memoria, de aceptar
el recuerdo como parte constituyente. Trapero seguiría esta
línea, pero mientras que Egoyan en sus finales muestra un
principio de sosiego para sus vástagos, para Santiago sólo
existe un inicio sin destino preciso. Es por eso que es posible
experimentar bronca, porque el dolor no se acaba, no recibe clausura
en el relato; porque el relato no puede darla, sino la experiencia,
y esta se encuentra fuera del film.
www.imaginacionatrapada.com.ar
17/11/2006 |