Cine / Drama
- Crítica

“Paradise Now”: Desde el
otro lado
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
(Palestina, Holanda, Francia y Alemania, 2005)
.Dirección: Hany Abu-Assad. Elenco:
Kais Nashef (Saïd), Ali Suliman (Khaled), Lubna Azabal (Suha),
Amer Hlehel (Jamal), Hiam Abbass (Madre de Saïd), Ashraf Barhoum
(Abu-Karem), Mohammad Bustami (Abu-Salim), Mohammad Kosa (Fotógrafo),
Ahmad Fares, Oliver Meidinger (Abu-Shabaab).
Guión: Hany Abu-Assad y Bero Beyer. Producción:
Bero Beyer, Roman Paul, Hengameh Panahi, Amir Harel y Gerhard Meixner.
Música: Tina Sumedi. Fotografía:
Antoine Heberlé. Montaje: Sander Vos. Diseño
de producción: Olivier Meidinger. Vestuario:
Walid Maw'ed. Duración: 90 min.
“Paradise Now” fue rodada en parte
en Nablus, zona de conflicto, de la que eventualmente tuvo que moverse.
Para sectores occidentales, el film es una justificación
de los ataques suicidas palestinos, para sectores palestinos, el
film no los deja suficientemente bien parados. En lo único
que todos parecen acordar es en su desacuerdo. “Paradise Now”
no es, en cualquier caso, un film fácil de digerir, ni pretende
serlo.
Si ocurriera en Estados Unidos, el comienzo
encontraría a dos personajes dignos de Richard Linklater,
Kevin Smith, o algún otro director independiente de climas
parecidos, donde dos amigos desilusionados de la vida se siente
a fumar, beber, y hablar de esa vida con desapasionado interés.
Si fuera acá, serían personajes salidos de esos films
de personajes abúlicos de finales de los 90´s. Pero
no, Said y Khaled viven en Nablus, donde todos los días puede
caer un misil, donde todos los días puede ser el día
para morir como mártir.
En esos breves primeros minutos, Abu Assad
presenta a Said y a Khaled, por un lado, y a Suha, por otro. Ella
es la hija de un mártir palestino histórico, y recién
ha regresado de vivir en Europa. Definitivamente, Suha es, con respecto
a los demás personajes, un poco una outsider, que viene con
una visión cuando menos diferente del mundo y de su propia
situación. En estos primeros minutos, sin embargo, sólo
juegan las seductoras miradas entre Said y Suha; un chico y una
chica, nada más.
Esa misma noche, Said y Khaled reciben la
noticia de que han sido seleccionados para ser los próximos
bombarderos suicidas, los próximos mártires. Todo
cambia, repentinamente.
Abu Assad presenta este universo de hombres
y mujeres, de madres, de aquellos que mueren y de los que quedan
atrás. Y ningún planteo aparece como sencillo o lineal.
El director no apela al didactismo ni a la simplificación,
tampoco a la justificación. No puede evitar que sus personajes
hablen de ello, pero tampoco los fuerza a sacar conclusiones definitivas.
La misma escena, el mismo plano de los primeros
minutos, ahora aparece resignificado al albor de los próximos
acotencimientos. La idea de Suha ya no es para Said el cortejo prolongado,
sino lo que no será. Esa noche acude a su casa, una suerte
de tácita despedida que ella no debe intuir. Pero sus planteos
sobre la posibilidad de otra salida frente a la ocupación
israelí habrán de quedar repicando en la cabeza de
Said.
En las palabras de sus personajes, Abu Assad
no apela a lo religioso como causa (la idea del fanático
que se inmola), sino que busca un poco más allá. Frente
a la violencia, siempre ocurre la reacción, frente a la invasión,
la resistencia (territorial, pero también humana). Cada resistencia
toma formas diferentes, sin que por ello siempre se las pueda justificar,
pero sin que tampoco implique que no es necesario intentar entenderlas.
Cada una tiene su propia historia, su propia génesis. Acá
el invasor es el israelí, invisible pero omnipresente. En
cualquier caso, surge tozudamente la pregunta de por qué
ninguno de los dos puede detenerse.
Lo que sigue a esa noche se transforma en
thriller. El plan, inicialmente sin fisuras, sufre complicaciones,
y Said y Khaled son dos bombas ambulantes a la deriva. El resto
del film transcurre en sí ambos habrán de detonarse
en destino o no, si decidirán llevar a cabo su designio,
o si cederán a la voz de la razón que parece traer
Suha.
En el medio, Abu Assad introduce elementos
que agregan capas a la mirada. Los futuros mártires filman
un video dramático para despedirse de sus familiares. El
director se detiene en mostrar la puesta en escena, todo implica
una puesta en escena, una construcción. La cámara
falla y es necesario una segunda toma, la espontaneidad inicial
desaparece. Es necesario cambiar la mirada, nada es del todo como
parece, y en todo el conflicto hay algo de absurdo horror.
Posteriormente, Suha descubre asqueada que
un comerciante del centro de Nablus vende y alquila los videos de
los mártires. Hecho verídico (es decir, no es un invento
de Abu Assad), lleva aquella puesta en escena al lugar de consumo.
Son historias, como peculiares reality shows, ¿Qué
significa? ¿para qué lo incluye el director? Otra
vez, es la mirada que se carga de capas; nada es tan sencillo ni
tan lineal. La vida cotidiana es una forma de resistencia, la vida
cotidiana transforma lo extraordinario en común. Sus deformaciones
y perversiones son el comentario de sí misma.
Abu Assad convierte en protagonista a aquel
con el cual, como occidental, es imposible identificarse, y por
eso lo vuelve incómodo. Deseamos que eventualmente escuche
a Suha y se quede con ella. De hecho, Abu Assad nos provee precisamente
de Suha como aquella con la cual podemos dialogar y coincidir, pero
quien es, dentro del relato, ella misma una outsider. Entendemos
las palabras y los motivos de Said desde la construcción
del relato, pero no podemos justificarlo. Abu Assad pone en crisis
las posibilidades de identificación, reafirmando su permanente
elaboración: nada es tan simple, nada es tan lineal.
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18/8/2006 |