Cine / Thriller
- Crítica

“Perfume”: Thriller sensorial
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("Perfume: The story of a murderer",
Alemania, Francia y España, 2006) Dirección:
Tom Tykwer. Elenco: Ben Whishaw (Jean-Baptiste
Grenouille), Alan Rickman (Antoine Richis), Rachel Hurd-Wood (Laura
Richis), Dustin Hoffman (Giuseppe Baldini), Simon Chandler (mayor
de Grasse), Jessica Schwarz (Natalie), Sian Thomas (madame Gaillard),
Sam Douglas (Grimal), Corinna Harfouch (madame Arnulfi). Guión:
Andrew Birkin, Bernd Eichinger y Tom Tykwer; basado en la novela
"El perfume" de Patrick Süskind. Producción:
Bernd Eichinger. Música: Tom Tykwer, Reinhold
Heil y Johnny Klimek. Fotografía: Frank
Griebe. Montaje: Alexander Berner. Diseño
de producción: Uli Hanisch. Vestuario:
Pierre-Yves Gayraud. Duración: 147 min.
Grenouille siguió a la joven por las
calles hediondas de la París iluminista. El Siglo de la Razón
lo era sólo para unos pocos. En las calles parisinas abundaba
la gente, apiñada, pringosa del sudor acumulado y de la mugre
que ya constituía capas. El ser humano tarda unos diez minutos
en acostumbrarse a los olores desagradables, el cuerpo, simplemente,
intenta desconectarse. Una persona actual quizás se hubiera
desmayado del shock. Grenouille era la mejor nariz de París.
Nacido en condiciones patéticas, creció como un extraño
al mundo. Grenouille, con todas sus limitaciones, podía,
sin embargo, oler. El mundo, para él, eran texturas de aromas
y olores, y los nombres no alcanzaban para definir lo que sentía
en su presencia. Ahora, en el momento clave de su vida, Grenouille
seguía a la joven, hechizado por su piel, sus labios, el
cabello que le caía sobre los hombros y la fruta que llevaba
en las manos. Habiendo nacido y crecido sin nada, Grenouille no
sabía lo que era la pérdida ni la muerte, aunque más
no fuera porque era todo eso lo que siempre había tenido
cerca. Su pasión por el mundo era la de esta eternidad, la
de la naturaleza, que se le colaba por los sentidos. En la vida
de toda persona, ocurre un momento en que se vuelve conciente, de
sí mismo, de su mortalidad, de lo efímero de la existencia,
Grenouille estaba a punto de descubrirlo.
Cuando
se le acercó, entre las penumbras de una callejuela, no supo
qué decir. Jamás había hablado con una mujer
(y en sus años de orfanato había sido un solitario).
Cómo expresarle, sin parecer un enfermo, que su olor era
lo que lo cautivaba. La joven, como es de esperar, se alejó
alertada por la conducta de Grenouille. El sonido de sus pasos,
el trazo de su presencia como la cola de un cometa, la esencia de
su cuerpo; Grenouille la siguió, hechizado, sin percatarse
– o sin que le importase – lo extraño de sus
acciones. Grenouille había descubierto a la mujer y a su
cuerpo y la seguía, fascinado, como quien descubre a un ser
maravilloso. Había aprendido a filtrar las texturas, los
perfumes hediondos o agradables. Deseaba bañarse en ese cuerpo,
pero cómo decírselo.
Caminando por entre laberintos, calles oscuras
de una París para nada luminosa, reverso de Versalles, la
encontró. Sentada en una mesa, iluminada suavemente en medio
de la negrura de la noche, un escenario esperando al actor principal.
Ella
limpiaba ciruelas amarillas, las desmembraba, fusionando el olor
del espacio circundante con el dulce de la fruta fresca y el salado
de su propia transpiración. Sin que ella se diera cuenta,
Grenouille se acercó. Nosferatu involuntario, bebiendo su
esencia a la distancia. Pero Grenouille no se conformaba con la
distancia, fragancia embriagadora. En el capuchón de luz
que amparaba a la joven, por su espalda se acercó el vampiro.
Ella, sin embargo, no pudo percibirlo hasta que giró la cabeza
y se encontró con el rostro de Grenouille. Quiso huir, pero
¿cómo dejar escapar la Belleza? El vampiro, aborto
del Siglo de la Razón, había descubierto la Belleza,
era eso, se sentía en su presencia. Su miserable existencia
volvería al pozo lamentable de siempre y jamás volvería
a sentirla. Quiso calmarla, explicarle.
Pasos. Ruidos. El olor del sexo, un hombre
y una mujer salen a la noche. Grenouille teme la denuncia, sabe
que seres como él reciben automáticamente la horca
por la mera presunción de monstruosidad. Ella está
por gritar, pero él la calla. Así como ella no lo
percibiera llegar, tampoco la pareja parece prestarle atención.
El omnisciente, condenado a ser invisible. Se van. Aliviado, suelta
a la Belleza, desea tranquilizarla, explicarle, pero es tarde. Le
ha tapado la boca con tanta fuerza que la ha matado.
Horrorizado la deposita en el suelo. ¿Qué
ha hecho? Se ha condenado de antemano. Pero, simultáneamente,
la fascinación. Ahora la puede observar, sentir, tocar, oler,
sin que ella lo vea con ojos asustados. Sus rizos color de fuego
se esparcen por el duro suelo de París. Su piel, antes enrojecida
por la agitación y el sudor, colmada de pequeñas y
amorosas pecas, se va tornando pálida. Su esencia se va escapando,
algo se ha cerrado definitivamente. Grenouille, aterrado, la desnuda
con pasión. La observa, arrastra sus manos por el cuerpo,
por el sexo. Testigo de la Belleza, momento sublime de su existencia,
desea conservarla, eternizarla, pegarla a su piel para poder llevarla
con él por siempre. No importa que su cuerpo, el de Grenouille,
sólo esté cubierto por harapos y por la roña
de no bañarse y trabajar limpiando la ropa sucia de París.
El sabe distinguirla. La joven ha muerto, pero la Belleza persiste
en la transferencia de su esencia a la propia piel de Grenouille,
el invisible vampiro.
Con el correr de los días, el perfume
recolectado se irá, y otra vez se quedará solo. Las
vueltas del destino, irónicas siempre, han querido que Grenouille
sobreviva de las formas más curiosas. El perfume como
alquimia, y él como el Alquimista (literal y metafóricamente).
Para él, que puede percibir la Belleza, lo efímero
es el vacío insoportable, y su obsesión lo llevará
por lugares que ni él mismo podría sospechar.
Frente
al realismo de un mundo pretendidamente racional, Grenouille es
el quiebre, lo que no encaja, la anomalía sensorial del deseo
sumado a la pasión científica por aprehender el mundo.
El omnisciente invisible, una paradoja.
La pregunta de Grenouille está condenada
a no tener respuesta, por eso, cuando consiga su objetivo, éste,
de todas maneras, no será suficiente. Porque Grenouille es
símbolo, y el símbolo es para los otros, no para él.
Grenouille, en definitiva, señores,
no existe…
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16/2/2007 |