Cine Hacia Atrás / Drama - Crítica

“Pixote”: Más de 400 golpes
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("Pixote: A lei do mais fraco", Brasil, 1981) Dirección: Héctor Babenco Guión: Héctor Babenco & Jorge Durán (Novela: Jose Louzeiro) Música: John Neschling Fotografía: Rodolfo Sanches Elenco: Fernando Ramos da Silva, Jorge Juliao, Gilberto Moura, Edilson Lino, Zenildo Oliveira Santos, Marilia Pera Duración: 127 min.
En 1981, Héctor Babenco, argentino que vive en Brasil desde hace más de dos décadas, filmó “Pixote: La ley del más débil”. El tema eran las vidas de esos niños y adolescentes provenientes de las favelas, que tenían casi por seguro destino la criminalidad, y cómo el sistema, a su vez, convertía el circuito en una espiral de violencia ascendente.
El propio Babenco realiza una introducción, en las puertas de una favela paulista, donde tira cifras espeluznantes desde los márgenes de una de las capitales industriales de Brasil. Los menores de 18 años eran inimputables, lo que daba a la utilización de ellos como mano de obra para determinados fines, y que, a ellos mismos, les facilitaba reincidir hasta la mayoría de edad, cuando pasaban a ser juzgados como adultos. Su prólogo finaliza cuando enfoca a una familia, indicando que los jóvenes protagonistas del film son niños de la calle.
Pixote, que es el personaje principal del film que lleva su nombre, comienza atrapado. La primera secuencia es, precisamente, en una comisaría. Veinte años antes, Francois Truffaut había convertido al personaje central de “Los 400 golpes” también en un púber problemático que pasa por un sistema que no tiene cómo darle real contención. Pero la diferencia es que aquel Antoine Doinel es que él proviene de cierta pequeña burguesía aburrida y sin rumbo, mientras que Pixote es del fondo. Doinel termina encerrado por una estructura que no sabe bien qué hacer con él, Pixote está enjaulado desde el comienzo porque esa misma estructura lo quiere ahí.
Desde un punto de vista foucaultiano, la primera mitad del film se detiene sobre la vida en el reformatorio, donde todo un grupo de jóvenes es mantenido ante la posibilidad de que alguno de ellos haya cometido un crimen. El discurso es el de normalización: están ahí para poder “corregirse” y reinsertarse en la sociedad como individuos productivos. La realidad es que están ahí, bien para violentarse entre ellos o para ser finiquitados por la represión de los celadores, supuestos vigilantes y supervisores de su recuperación como individuos. De la vida previa, aquella fuera del reformatorio, no hay demasiadas pistas, salvo las que aparecen desde los silencios. Los padres de muchos de los detenidos son desconocidos, o han muerto ya, y varios tienen ya más de una entrada. Desde la mirada de la los ejecutores de la ley, ya son culpables, y ellos asumen ese rol. Nadie se pregunta si realmente hay otra salida.
Pixote no está exento de todo esto. Así como si fuera un rito iniciático en una escuela pupila, Babenco filma y monta la experiencia del reformatorio como la de alguien que va aprendiendo. La sexualidad desbordada, en la cual la mujer aparece como algo distante, una fantasía o un objeto. La violación como catarsis, la violencia como norma, la muerte como compañera permanente. Para los personajes, la seguidilla de shocks se asimila casi de inmediato; la indignación dura poco, y es, casi de manera automática, reemplazada por un deseo de revancha que aparece refractado en la palabra “respeto”.
En ese ambiente opresivo, relatado de manera lineal, a veces incluso con cierta cruel inocencia, van apareciendo los protagonistas. Luz y oscuridad son intercambiables, porque la violencia no discrimina ni se preocupa por ocultarse demasiado. Un periodista bien intencionado denuncia, pero la cosa llega hasta ahí. El mundo que los detenidos conocen es siempre presente, tanto cronológica como geográficamente. En algún momento aparecen las drogas, que se plantean como un escape u otro corruptor, una anestesia, pero ni siquiera eso. El efecto de la marihuana o del pegamento no hacen que la pesadilla se termine, la imagen permanece sobre los rostros de los personajes; el placer que sienten dura poco, es una ilusión, a veces un descanso de la realidad, pero no más que eso. Todo es, en definitiva, una gran carrera hacia la muerte (de los demás, de ellos mismos).
La segunda mitad del film ocurre afuera, en la ciudad, cuando los protagonistas escapan del reformatorio y buscan hacerse de un lugar propio en el nivel del mundo que “les corresponde”.
Pero en este “afuera”, no se sabe si la situación no es incluso peor. Las reglas se cambian diariamente, resaltando la necesidad de sobrevivir. La soledad se hace más patente. Este es el mundo donde no hay espacio para los niños. A diferencia de Doinel, que se dirige finalmente hacia el mar, como buscando un nuevo y desconocido horizonte, el Río de Janeiro de “Pixote” ofrece a los protagonistas una diversión, la ilusión temporal de jugar a ser niños, púberes, adolescentes. Pero, inmediatamente, el relato los devuelve a la jungla, donde todo es mucho más difícil y confuso.
En la segunda mitad del film, los protagonistas se relacionan con una prostituta, Sueli, con quien conforman una suerte de familia disfuncional. El líder es una figura paternal corrida, la puta una madre que no puede ser, un niño que quisiera poder serlo, y otro personaje, Llica, al borde de la mayoría de edad, travesti. Son esperpentos, por los cuales el espectador puede sentir simpatía, sublimarlos al convertirlos en una trágica y patética ficción. Pero el relato es cruel con ellos, no tienen redención, como en el grotesco. Continuando el discurso foucaltiano, de la escritura de cuerpos, de la normalización, de la vigilancia, de la discriminación estructural, están destinados al margen.
Ironías del destino, Fernando Ramos da Silva, el intérprete de Pixote, saltó a la fama gracias a la fama cobrada por “Pixote”. De la noche a la mañana, de la favela al estrellato. Pero Fernando no sabía leer, con lo que tenía una gran dificultad para aprenderse los guiones. Finalmente, su incipiente carrera acabó antes de comenzar. Estrella caída, Fernando creció, tuvo familia y mujer, su trabajo diurno no era suficiente, así como tampoco la frustración de haber podido ser… como Pixote, Fernando recaló en el crimen y terminó ejecutado por la policía.
Antoine Doinel terminaba en el mar, mirando hacia delante, desconcertado, pero libre. “Pixote” acaba con un plano de su pequeño protagonista caminando, sin rumbo, por las vías del tren.
Recursos Web:
http://www.elpais.com/ - Artículo en El País sobre la muerte de Fernando Ramos da Silva
http://arteycultura.sagrado.edu/PRIFF/Pixote.htm - Información sobre "Quién mató a Pixote", el film de 1996 de José Joffily
http://www.truffaut.eternius.com/Les_Quatre_Cents_Coups_1959.htm - Información sobre "Los 400 golpes", de Francois Truffaut
www.imaginacionatrapada.com.ar
7/01/2008 |