Cine / Thriller / Joel & Ethan Coen - Crítica

“Sin lugar para los débiles”: Cuando la cultura crea monstruos
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("No country for old men", EEUU, 2007) Dirección: Ethan Coen y Joel Coen. Elenco: Tommy Lee Jones (sheriff Bell), Javier Bardem (Anton Chigurh), Josh Brolin (Llewelyn Moss), Woody Harrelson (Carson Wells), Garrett Dillahunt (agente Wendell), Kelly Macdonald (Carla Jean Moss), Tess Harper (Loretta Bell). Guión: Joel Coen y Ethan Coen; basado en la novela homónima de Cormac McCarthy. Producción: Joel Coen, Ethan Coen y Scott Rudin. Música: Carter Burwell. Fotografía: Roger Deakins. Montaje: Roderick Jaynes. Diseño de producción: Jess Gonchor. Vestuario: Mary Zophres. Duración: 122 min.
En 1983, Joel y Ethan Coen filmaban “Simplemente sangre”, un policial negro independiente que, probablemente lo desearan pero no lo imaginaban realmente, sería el comienzo de una fructífera y, eventualmente, exitosa carrera. El tema en aquel entonces era sencillo. Dos amantes quedan entrampados por un tercer personaje que, posteriormente, comienza a perseguirlos. En definitiva, el film consistía en el suspenso y la tensión producto de la persecución más psicológica que física, lo que, a su vez, hacía a los propios protagonistas entrar en conflicto hasta el final lógicamente trágico.
En “Sin lugar para los débiles” (“No hay lugar para viejos”, en España, y ambos títulos, en realidad, terminan siendo interpretaciones de la trama – en inglés, el título resulta más ambiguo porque, precisamente, puede ser leído en ambas acepciones -), un asesino contratado por un cartel anda suelto y busca lo que otro hombre encuentra: mucho dinero. Es decir, los Coen vuelven a sus orígenes, en este caso partiendo de una adaptación de la novela homónima de Cormac McCarthy.
Como en “Simplemente Sangre”, la acción toma lugar en Texas. Como en aquel film, un narrador en off introduce no sólo la acción, sino el espíritu del lugar. Se suceden los planos de un amanecer; algo está por suceder. El narrador, el sheriff Bell. El paisaje, tan poético como desolador, sin presencia humana alguna. De esa nada, emerge la primera escena, aquella que coincide con la expresión del sheriff sobre la angustia que le produce enfrentarse con aquello que no entiende, porque este mundo, para él, ya no tiene sentido.
Los eventos ocurren en los ´80s, década reaganista del cowboy Marlboro. Los Coen siempre han elegido personajes fallidos. Suele ser el paradigma de algo que no anda, de un estereotipo que se muestra en falta, pura cáscara, y que termina atravesando un calvario para terminar aprendiendo – usualmente demasiado tarde -, que el modelo que querían reproducir no funcionaba. Al macho alpha de la era Reagan, en este caso, los Coen eligen por mostrar tres versiones, la más perfecta de las cuales es, precisamente, el asesino: poderoso físicamente, frío, implacable, eficaz.
Los otros dos personajes principales “fallan” por dos motivos distintos. Lewellyn Moss, un ex combatiente de Vietnam que se encuentra dos millones de dólares de un intercambio muy accidentado entre narcos, es Marlboro. Es el cowboy prototípico, con su camisa, sus botas, sus rifles y una innecesaria compulsión de mostrarse corajudo. No sólo se arriesga y así es como encuentra la valija con el dinero, sino que vuelve por la noche para traerle agua a uno de los heridos que todavía está vivo, incluso explicitando a su mujer que está a punto de cometer una idiotez que, seguramente, acabe con él muerto. No es casualidad que así es como es descubierto y comienza la persecución.
El sheriff, por su parte, con mucha menos presencia escénica, representa el conflicto. Quisiera poder salvar al inconsciente de Lewellyn, pero no termina de entender lo que es el asesino. Aparecido en medio del desierto, éste es la personificación del mal. En otras palabras, el extremo de la visión sobre lo viril es el monstruo, que mira a sus víctimas como si fueran hamsters en un laboratorio, y a las que mata con un rifle de aire comprimido para sacrificar ganado. El sheriff, reverso del personaje de Marge en “Fargo”, acá se ve permanentemente superado por ese Mal al que ya no entiende, que no tiene nada de humano.
Oculta detrás de un thriller, hay una dura crítica a una visión del mundo que podría ser hasta tildada de fascista. Los hombres de “Sin lugar…” van directo hacia la muerte impulsados por valores que, en definitiva, se muestran vacíos y carentes de sustancia. En contraposición con los hogares cálidos, los personajes se mueven por noches despobladas, hoteles cada vez más anónimos y replicables (en lugar de aquel que era el infierno en la tierra en “Barton Fink”), y los rodea la muerte.
Los Coen, sin embargo, no pueden ofrecer una solución a ese universo absurdo que homenajea tanto al relato noir como al pulp, porque la solución aparente tampoco resulta suficiente. El Mal, representado en ese perfecto asesino que se asemeja al T-100 de “Terminator” (de hecho, hay una secuencia donde se cura una herida que resulta extrañamente similar a una de idéntica situación en el film de James Cameron), pero también por continuos actos de violencia sin sentido que aparecen tanto en escena como a través de los diferentes relatos que introducen los personajes (viejas narraciones, noticias policiales, etc.) se muestra omnipresente, así como igualmente capaz de desaparecer.
En “Simplemente sangre”, los Coen eran todavía jóvenes. Su cinismo, podría decirse, tenía una mayor rabia destructora para con sus protagonistas. En “Sin lugar…”, aquella juventud va siendo reemplazada por una mayor contemplación y reflexión, presente acá en las observaciones del sheriff Bell. La Marge de “Fargo” tenía una posición mucho más pragmática frente a la vida; entendía lo terrible del mundo, y eso no la conmovía demasiado. Bell no es ya así; el contexto que lo rodea lo altera, la cada vez mayor crueldad y frialdad de esa violencia le producen angustia. A diferencia de ocasiones anteriores, quizás sea por esto último que los Coen deciden terminar en un tono opuesto, sencillo, luminoso, cálido; no anula, no combate lo anterior, pero, de forma pequeña, muestra que no es lo único que habita ese paisaje duro de vientos que silban, llevándose, más rápida o lentamente, todo a su paso.
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25/3/2008 |