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Ficción / Monstruos / Fantástico / Terror - Crítica

“The Host”: Cuando el villano
no es el monstruo
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("Gwoemul", Corea del Sur, 2006)
Dirección: Bong Joon-ho. Elenco:
Song Kang-ho (Park Gang-du), Byun Hee-bong (Park Hee-bong), Park
Hae-il (Park Nam-il), Bae Doo-na (Park Nam-joo), Ko Ah-sung (Park
Hyun-seo), Lee Dong-ho (Se-ju), Lee Jae-eung (Se-jin). Guión:
Bong Joon-ho, Hah Joon-won y Baek Chul-hyun; basado en un argumento
de Bong Joon-ho. Producción: Choi Yong-bae.
Música: Byeongwoo Lee. Fotografía:
Kim Hyung-goo. Montaje: Kim Sun-min. Diseño
de producción: Ryu Seong-hee. Vestuario:
Cho Sang-kyung. Duración: 119 min.
La fórmula no es un secreto:
un grupo de personajes debe huir de un misterioso monstruo. El resto
del film consiste en la manera de eliminar a la bestia sin morir
en el intento. La trampa es, en todo caso, saber utilizar los obstáculos
y las peripecias que los protagonistas deben sortear para llegar
a destino, sin olvidar el humor (ácido, satírico,
paródico) como parte del entretenimiento.
Godzilla, se recuerda, era resultado de una
mutación producto de los numerosos experimentos nucleares
sobre el Océano Pacífico. No es novedad, entonces,
esto de achacar a la irresponsabilidad del hombre la creación
de una criatura que no debería existir. La bestia en “The
Host”, ni siquiera llega a ser bautizada, pero lleva más
allá la herencia reptiliana. Godzilla era un monstruo que
significaba peligro en tanto su capacidad física de destrucción.
Este más nuevo, en cambio, en época de amenaza de
guerra bacteriológica, suma otro más invisible, proveniente
de otra de las ramas del subgénero, que es la del monstruo
parásito (ver “Alient, el octavo pasajero”, de
Ridley Scott, o “La Cosa”, de David Carpenter, la primera
de 1979, la segunda de 1982, con un antecedente antiguo en Drácula),
que, sobre todo en el caso de los vampiros, apuntaba metafóricamente
a la idea de “peste”.
La secuencia inicial es casi inocentemente
brutal: en un laboratorio militar, el científico en jefe
(del ejército de los Estados Unidos), se enoja con su subordinado
coreano y lo obliga a verter una enorme cantidad de químicos
tóxicos por el drenaje. Con esta pequeña introducción,
se le da un rostro humano al desastre. Una escena contigua muestra
a dos pescadores metidos en el agua hasta la cintura, cuando descubren
una mutación en un pez (con tres colas, como los tres ojos
del pez mutante de “Los Simpsons”). Esta secuencia de
inicio prepara lo que vendrá de forma simple, directa y con
pocas palabras: toda acción tiene su consecuencia. Así
como Godzilla era la radiación nuclear que volvía
para castigar a los irresponsables humanos, ahora es la amenaza
invisible de la contaminación del agua y del aire que habrá
de hacer lo mismo.
En “Alien, el octavo pasajero”,
Ridley Scott escondía al monstruo en las sombras, evitando
mostrarlo entero. En “Tiburón”, la falta de presupuesto
hizo que Steven Spielberg tuviera que optar por limitar las apariciones,
utilizar muchos primeros planos y reemplazar la presencia física
por la música amenazante de John Williams. Godzilla o King
Kong, por su parte, fueron siempre las estrellas de la pantalla
en las películas que llevan sus nombres en el título.
En “The Host”, el título mismo juega de forma
tramposa, porque lo lógica es apuntar al ser horroroso. Un
“host”, en el caso de un virus, es quien lo porta y
lo contagia. Entonces, ¿quién es la fuente del terror,
el "host" no humano del que provendría la enfermedad
o el "host" humano, capaz de esparcirla?
En ciertos films de este subgénero,
sobre todos los tradicionalmente más ligados al “Clase
B” (que en este caso se da por una ligadura estilística
y no por el presupuesto), los héroes no son los seres idóneos
como la Ripley de la saga “Alien” o el sheriff Brody
de “Tiburón”, sino aquellos como Ash, de la serie
“Evil Dead” de Sam Raimi. Antihéroes, torpes,
egoístas, cuando no directamente idiotas, incompetentes,
perdedores. La familia Park está conformada por eso: un estudiante
crónico dedicado a la bebida, una arquera profesional (que
compite en arquería, no confundir con la arquera de fútbol)
que sufre de track escénico en los momentos decisivos, una
niña lista que todavía tiene esperanzas, un patriarca
venido a menos que vive de su puesto ambulante de comida rápida
y el protagonista principal Gang-du, el más inútil
de todos (supuestamente, falta de nutrición adecuada en su
infancia lo dejó en este estado). Son estos “inadecuados”
personajes los héroes eventuales de esta historia, cuando
el monstruo en cuestión secuestre a la niña, hija
de Gang-du.
Luego de su imponente aparición inicial
(el monstruo, siempre un centro de atención en estos films,
es creíble y fue cuidadosamente construido en CGI), el monstruo
permanece como amenaza, y es la amenaza la que se pone en primer
plano. Sobre todo porque, además, se esparce la paranoia
del contagio de aquello que el monstruo pueda estar propagando a
través de aquellos que tocó.
La idea de persecución, entonces, se
desdobla y se invierte. Lo que impera es el misterio y la desinformación,
tan peligrosa como la mutación indeseada. El suspenso es
generado en base a las reglas del género, que piden determinados
eventos y el público los espera, y en base a sus dilaciones
y rupturas sumadas al humor absurdo del Clase B y del cine coreano
de este subgénero (otro tanto ocurría con la delirante
“Save the green planet” (2003, Joon-Hwan Jang).
Partiendo de una anécdota real (la
escena inicial es, esencialmente, una dramatización de lo
protagonizado por Albert Macfarland, un civil que trabajaba para
el ejército norteamericano en Seoul, Corea, y que ordenó
a un subordinado local que arrojara formol por el drenaje. Macfarland
fue protegido y retirado de Corea por el aparato militar para el
que trabajaba, pese a las quejas del gobierno coreano. El escándalo
llevó primero a una condena in absentia y luego la apelación,
en la que sí estuvo el acusado y en el que fue nuevamente
condenado a dos años de sentencia en suspenso; sin embargo,
así y todo Macfarland sigue trabajando en la morgue), que
pareciera sacada de “Los Muertos Vivos” (1968, George
Romero), el director Joon-ho Bong construye un relato que reivindica
el siempre necesitado de ella cine Clase B de monstruos y de paso
parodia y se ríe un poco de la figura militar norteamericana.
En una entrevista, cuando se le preguntó sobre ese tema,
el responsable de “The Host” respondió: “Si
Hollywood puede constantemente retratar a otras naciones como villanos,
¿por qué no pueden los Estados Unidos convertirse
en objeto de sátirización en los films de otras naciones?”.
Por lo pronto, por suerte, nadie ha avistado al monstruo en las
inmediaciones del río Han.
www.imaginacionatrapada.com.ar
20/7/2007
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