Cine / Drama
- Crítica

“Transamerica”: Ser o no ser,
y qué ser
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
(EEUU, 2005) Dirección y guión:
Duncan Tucker. Elenco: Felicity Huffman (Bree),
Kevin Zegers (Toby), Fionnula Flanagan (Elizabeth), Elizabeth Peña
(Margaret), Graham Greene (Calvin), Burt Young (Murray), Carrie
Preston (Sydney), Venita Evans (Arletty), Jon Budinoff (Alex), Raynor
Scheine (Bobby Jensen). Producción: Linda
Moran, Rene Bastian y Sebastian Duncan. Música:
David Mansfield. Fotografía: Stephen Kazmierski.
Montaje: Pam Wise. Dirección artística:
Mark White. Vestuario: Danny Glicker. Duración:
103 min.
Bree (diminutivo de Sabrina) está a
pasos de concretar su operación de cambio de sexo. En las
primeras escenas de “Transamerica”, Duncan Tucker se
detiene brevemente en detalles mientras la voz de Bree (modificada
a través de la práctica y de las hormonas que debe
consumir diariamente) se describe; “bajo perfil”, “volar
por debajo del radar”. El médico que debe firmar la
autorización la escucha y, cuando ella duda en responder
sobre si “es feliz”, el le responde preguntándole
si ella es conciente que en Estados Unidos el sólo hecho
de solicitar un cambio de sexo se considera un desorden de la conducta.
Bree, a su vez, ofrece su punto de vista “que curioso, doctor,
que una cirugía estética pueda solucionar el desorden
de la mente (´mental disorder´, traducido de forma tal
que se entienda el juego de palabras)”.
Ser, qué ser. Normalidad. Anormalidad.
Freak.
En esos primero cinco minutos, Duncan Tucker
define el conflicto de su relato. Bree quiere dejar de ser por completo
Stanley. “Stan the man”, “Stan el hombre”,
otro juego de palabras que se menciona en el film, casi como una
ironía – Stanley Kowalski, el paradigma de “Macho
Brandiano”, que impusiera Marlon Brando en la versión
de Elía Kazan de “Un tranvía llamado deseo”.
De hecho, Bree/Stanley juegan casi como una dupla paródica
de los opuestos de la obra de Tennessee Williams, Stanley y Blanche
(Bree viste y se comporta de manera muy similar a los modales de
“dama” de Blanche). Lo masculino y lo femenino, y el
transexual como… y ahí es donde Bree, tras su aparente
seguridad y deseo, no logra terminar de responder la pregunta.
En su existencia invisible (Bree trabaja en
un restaurante mexicano y de telemarketer desde su casa, limitando
lo más posible su exposición a las miradas), Bree
recibe la llamada de un hijo producto de una lejana aventura, que
le pide lo ayude a pagar una fianza… en la otra punta del
país.
Pese a que la protagonista desestima la llamada,
su terapeuta ve ahí la posibilidad de forzar a su paciente
a hacer las pases con su mitad masculina, unir su vida en vez de
escindirla. Por ende, decide no firmar su parte de la autorización
para la operación hasta que Bree no vaya en busca de ese
vástago perdido.
Acá, en definitiva, es donde comienza
el relato propiamente dicho de “Transamerica”. Duncan
Tucker, sin embargo, articula su road movie en reverso. En vez de
un viaje de ida, es un viaje de retorno. Bree viaja a New York en
avión, para regresar por tierra - retornar, reconciliarse,
al menos hacer las pases con aquel aspecto de su vida que considera
ajeno y que, por ende, la deja partida en dos -.
Su hijo es un adolescente de vida sufrida.
Otra vez, la noción de transformación, de sexualidad
normal o anormal (Bree, conflictuada en su núcleo, en definitiva
no se siente ni mujer ni hombre, despojada de esta manera de toda
sexualidad). El adolescente, que no es ni niño ni adulto
(y que ha sido violado), regresa con el ser transexual asexuado
que no se siente hombre ni mujer, a través de una país
que se debate entre el machismo más exacerbante y sus debilidades
intrínsecas negadas. Lo normal y lo que queda afuera, y la
mirada sobre ello, que se ve puntualmente en el trabajo de cuerpo
cubierto y cuerpo desnudo para Bree.
Como toda road movie, “Transamerica”
está plagada de anécdotas simpáticas, cuando
no sensibleras, y personajes y situaciones pintorescos. En este
sentido, el film avanza sin problemas ni altisonancias. Si bien
la presencia permanente de los dos protagonistas (madre/padre e
hijo), obliga a tomar noticia del trabajo y esfuerzo actoral de
Felicity Huffman, la forma que va tomando la narración permite
que la sumatoria de esos detalles “virtuosos” no se
impongan por sobre la trama y el conflicto. Cada personaje está
construido con cuidado, de forma tal que engranen unos con otros.
Lógicamente, el film se apoya sobre
la premisa de “todo el mundo de alguna manera está
un poco fuera de lugar”. Todo el mundo tiene secretos, pasados
que quisiera olvidar, todos son más o menos bizarros a su
manera. Es el trayecto de la road movie (asociado siempre con la
transformación, la sexualidad y la puesta en conflicto),
respetado y adaptado por Duncan Tucker.
“Transamerica” intenta ser sensible
a los problemas de Bree, sin dejar de lado la comedia (pudiendo
enmarcarse en algo así como una comedia dramática
queer). Todas las situaciones, sin embargo, no apelan a lo exaltado,
a las plumas y lo kitsch (asociado usualmente a relatos de personajes
similares). Bree, curiosamente habremos de descubrir, se comporta
como la señorita conservadora que su madre hubiera querido
de haber nacido mujer. De hecho, todo el relato, desde el aspecto
técnico, está realizado desde un lugar de normalidad
(la fotografía se mantiene siempre en un balance realista
y natural, lo mismo que los encuadres – por más que
se detengan permanentemente en las facciones andróginas de
Bree -, e incluso el vestuario – salvo por el caso de la protagonista,
donde el extremo deseo de no ser notada la llevan, paradójicamente,
a vestirse de manera tan conservadora que resalta-). Dentro de la
comicidad tiene como un aparte propio toda la secuencia del reencuentro
familiar de Bree con sus padres, que a su vez tienen su aspecto
“híbrido”.
El final no cierra, no clausura. El objetivo
alcanzado no disuelve el conflicto, sino que, simplemente, les permite
a los personajes aceptar dicho conflicto como un hecho, como una
parte de sus vidas y no como un cortocircuito con la normalidad
deseada.
El film no entra en la categoría de
producto hollywoodense, aunque el acento puesto en el virtuosismo
de Huffman tampoco la alejan del todo. Se sabe la predilección
de Hollywood por encariñarse con películas que tengan
protagonistas peculiares políticamente correctos (recordando
la igualmente reciente “Brokeback Mountain”), y de ensalzar
dichos films, que a veces termina por jugarles en contra en el mediano
plazo, pasado el efecto inicial generado por una expectativa injusta
y que además impide que se los valore por sus propias virtudes.
En este caso, es posible entender el apoyo “oficial”
debido a la situación de crisis de los derechos civiles que
lentamente se va profundizando en el país del norte (con
otro “machote” del cine como Arnold “Terminator”
Schwarzenegger, actual gobernador de California, como uno de los
protagonistas).
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6/10/2006 |