Cine / Western - Crítica

“3:10 a Yuma”: Entre John Ford, Sergio Leone y Clint Eastwood
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("3:30 to Yuma", EEUU, 2007) Dirección: James Mangold. Elenco: Russell Crowe (Ben Wade), Christian Bale (Dan Evans), Logan Lerman (William Evans), Dallas Roberts (Grayson Butterfield), Ben Foster (Charlie Prince), Peter Fonda (Byron McElroy), Vinessa Shaw (Emma Nelson), Alan Tudyk (Doc Potter), Luce Rains (Weathers), Gretchen Mol (Alice Evans). Guión: Halsted Welles, Michael Brandt y Derek Haas; basado en un relato de Elmore Leonard. Producción: Cathy Konrad. Música: Marco Beltrami. Fotografía: Phedon Papamichael. Montaje: Michael McCusker. Diseño de producción: Andrew Menzies. Vestuario: Arianne Phillips. Duración: 122 minutos
El cuento original es de Elmore Leonard, publicado en la Pulp Magazine, en 1953. Un sheriff debe llevar al forajido Ben Wade al tren que habrá de transportarlo hasta la cárcel de Yuma.
El primer film es de 1957, y tenía a Glen Ford como Ben Wade. Los personajes se modificaban, y un granjero de poca monta, Dan Evans, era convencido de participar de la aventura.
En 2007, con una larga historia de westerns en el libro de Hollywood, James Mangold volvió a traer al cuento de Leonard a la pantalla. La diferencia es que, acá, el granjero está acuciado por la falta de dinero, una lesión que lo ha dejado rengo, y con la necesidad de reconstruir su imagen de padre frente a sus hijos (el mayor de los cuales, frente al estado de cosas, ya siente mayor predilección por los bandoleros que por el pobre pero honesto pasar que su progenitor intenta brindarle).
En los westerns de otrora, el oeste era el lugar de la colonización, de la conquista del desierto por el granjero que buscaba forjarse una nueva y más prometedora vida. Desde hace ya tiempo, pero, sobre todo, en los últimos quince años (desde “Los Imperdondables”, que, ya de por sí, tomaba la posta de lo propuesto por Sergio Leone y le daba un giro más), el oeste retratado ha sido, en general, un lugar bastante poco hospitalario con sus habitantes. Crimen, suciedad, absoluta ambigüedad moral, crueldad tanto de la naturaleza como de los hombres entre sí. “3:10…” no es la excepción.
Ben Wade es una suerte de Jesse James (casualmente, el film aparece el mismo año que “El asesinato de Jesse James a manos del cobarde Robert Ford”), venerado por la literatura de folletín y por los niños como un Robin Hood contemporáneo. Dan Evans, en cambio, es la imagen de la derrota por no querer disparar su arma contra aquellos que agraden a su familia.
Momentos de desesperación llevan a medidas desesperadas. Ben Wade es capturado y hay que llevarlo al tren, pero hay que ver quién se anima, sabiendo que su pandilla habrá de venir a buscarlo. Evans se ofrece…
El trayecto va construyendo la mitología de sombreros blancos (los buenos) y sombreros negros (los malos), con la cual se juega, haciendo que los sombreros cambien varias veces de cabeza. No hay realmente blanco o negro armado desde afuera, sino que los personajes terminan teniendo que decidir por ellos mismos, y en el momento, la posición a tomar. El juicio moral se imparte desde arriba, pero abajo, los códigos son distintos, ni tan absolutos, ni tan restrictivos.
Las figuras del padre como imagen, de la pobreza como norma igualadora (en lugar de la esperanza de éxito), de la Ley como una implantación ideal que no tiene en cuenta a los hombres de carne y hueso (un agente de los Pinkerton, los detectives mercenarios de la época, es tan cruel como el propio Ben Wade); figuras, siluetas, que se van desdibujando, dándole al film una atmósfera cada vez más enrarecida (y que, sin embargo, se sigue moviendo por la estructura del western de aventuras). Mangold le agrega un tinte psicoanalítico al hacer que las biografías de los personajes pesen sobre sus acciones.
La tensión va, igualmente, en subida. La estructura, la norma (de la Ley, pero también del cine como relato moral) se pone en crisis, se dobla para terminar oficiando de moraleja. Una absolutamente forzada, utópica, que hasta pareciera transformarla en un sueño, irreal, por su característica poética.
En esencia, Ben Wade, el Superman de los criminales, acompaña a Evans cuando podría haber huido, o haberlo matado. No lo hace, no lo intenta. ¿Por qué?
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4/03/2008 |