Cine / Drama
/ Wong Kar Wai / Trilogía - Análisis

Wong Kar Wai y su trilogía no habrá
más penas ni olvidos
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
En todos sus films, Wong Kar Wai reincide
temáticamente sobre el amor. Su aproximación consiste,
en general, en que la historia en cuestión conforme parte
de un pasado (con lo cual se transforma en una memoria y el film
entero en una forma de recuerdo). La narración siempre es
un intento de volver, de recuperar lo ocurrido desde el contarlo.
El amor se encuentra, de esta manera, tematizado a partir del tiempo.
En “2046”, Chow, el protagonista, dice que “encontrar
el amor de tu vida es inútil si lo encontrás demasiado
temprano o demasiado tarde”. Es la angustia que produce el
amor en la era de la razón, que le escapa a la lógica
y a la planificación. El escritor, presunto dueño
de las palabras y los personajes, encuentra imposible escribirse
a sí mismo en el momento exacto en el lugar indicado.
La trilogía en cuestión está
unida, de manera más o menos libre por el conflicto de los
personajes de estar atrapados dentro de una temporalidad que sienten
ajena o injusta. Sólo cuando aceptan que el pasado se vuelva
memoria (es decir, cuando dejan de vivirlo como un presente activo)
son liberados.
La forma en que Wong Kar Wai resuelve el relato
de sus personajes va variando de forma específica de película
en película, pero conserva una generalidad. Los tres films
funcionan como largos flashbacks, que sólo son últimamente
actualizados al final en una escena que aparecería como presente.
Es siempre en ese momento que el narrador en off desaparece, una
marca fuerte que señala un cambio en la forma de vivir la
temporalidad.
Trilogía falseada
("Days of Being Wild", "A Fei
zheng chuan", Hong Kong, 1991)
Dirección y Guión: Wong Kar Wai Elenco:
Andy Lau, Maggie Cheung, Leslie Cheung, Carina Lau, Rebecca Pan,
Jacky Cheung, Tony Leung. Fotografía: Christopher
Doyle Montaje: Kit Wai Kai y Patrick Tam Duración:
95 min.
“Days of Being Wild” aporta la
base de conflicto inicial, así como también elementos
del universo narrativo y de personajes. De todos modos, mientras
que la conexión entre “In the mood for love”
y “2046” es directa, la relación con “Days
of Being Wild” es más “por elevación”.
Wong había planeado realizar una trilogía, de la cual
el film en cuestión sería la primera parte (de ahí
que termine con un plano secuencia de Chow, completamente fuera
de lugar con respecto a lo que acaba de ocurrir, y que funciona
estrictamente como anticipo de la segunda parte), pero el poco éxito
comercial derivó en el corte de fondos. Años después,
Wong, a través de “In the mood for love”, decidió
“cocer” la película de 1991 dándole una
suerte de continuación apócrifa que, con “2046”,
dio como resultado la trilogía deseada originalmente.
Yuddy es un joven rebeldón y seductor
con aire de gángster. Ha descubierto hace ya un tiempo que
la copera alcohólica que había creído era su
madre no lo es y que, además, se niega a revelarle la identidad
de su verdadera progenitora. Su relación conflictiva con
su madre adoptiva y la sensación de perdida y abandono de
su madre biológica, lo llevan por una espiral autodestructiva
donde aleja a toda mujer (particularmente dos) que se acerca demasiado
(las seduce como coperas, las abandona sin remordimiento aparente).
En esta búsqueda destinada al fracaso, está rodeado
por personajes que, a su vez, también están a la espera
de un otro perdido, de alguien que los recuerde.
(“In the mood for love”, “Con
ánimo de amar”, “Fa yeung nin wa”, China
Taiwán, Francia, 2000) Dirección y Guión:
Wong Kar Wai Elenco: Tony Leung (Chow Mo), Maggie
Cheung (Li-Zhen), Siu Ping Lam (Ah Ping), Rebecca Pan (Señora
Suen). Fotografía: Christopher Doyle y Ping
Bing Lee Música original: Michael Galasso,
Shigeru Umebayashi Montaje, Dirección de Arte y Vestuario:
Wiliam Chang Duración: 94 minutos Web:
http://www.wkw-inthemoodforlove.com/
En “In the mood…”, Chow
(Tony Leung) y Su Li Zhen (Maggie Cheung, cuyo personaje de igual
nombre era una de las mujeres de Yuddy) se mudan simultáneamente
a dos pensiones contiguas en un edificio de departamentos de Hong
Kong. El día de la mudanza se conocen porque quienes les
traen sus muebles equivocan las puertas. Al poco tiempo, ambos se
enteran, también de manera simultánea, que sus respectivos
esposos los engañan y se han convertido en amantes. El dolor
los une y comienzan un juego, donde representan los papeles de sus
parejas como forma de entender el camino que los llevó a
la cama. Chow y Su Li Zhen no los confrontan, primero porque parecieran
sentir que salir de la representación lo haría real,
pero después porque comienzan a descubrir ellos mismos la
nueva relación que surge; no pueden evitar los sentimientos
que nacen, pero tampoco los pueden llevar a concreción porque
sería repetir la historia. Se han encontrado demasiado tarde
o demasiado temprano, y el juego, como todos, está destinado
a terminarse. Aquella sincronización que al inicio los llevó
a encontrarse, al romperse, funciona al revés… al dejar
de compartir el tiempo, se han perdido el uno para el otro.
("2046", China, Francia, Alemania, Hong
Kong , 2004) Dirección y guión: Wong
Kar-Wai. Elenco: Tony Leung (Chow Mo Wan), Gong
Li (Su Li Zhen), Takuya (Tak Kimura), Faye Wong (Wang Jing Wen),
Zhang Ziyi (Bai Ling), Carina Lau (Lulu/Mimi), Chang Chen (CC 1966),
Wang Sum (Sr. Wang/Jefe del tren), Siu Ping Lam (Ah Ping), Maggie
Cheung (SLZ 1960), Dong Jie (Wang Jie Wen). Producción:
Wong Kar-Wai. Música: Peer Raben y Shigeru
Umebayashi. Fotografía: Christopher Doyle,
Lai Yiu Fai y Kwan Pun Leung. Montaje: William
Chang Suk-Ping. Diseño de producción:
William Chang Suk-Ping. Dirección artística:
Alfred Yau Wai Ming. Vestuario: William Chang Suk-Ping.
Duración: 120 min. Web
(recomendable la visita): http://www.wkw2046.com/
En “2046”, Chow no logra superar
su mal de amores. Igual que Yuddy, se ha convertido en un mujeriego.
Como no puede reponerse de su pasado, lo repite una y otra vez;
cada mujer es Su Li Zhen y no lo es. Las seduce, porque extraña
el cuerpo ausente, pero luego las abandona, cuando comprueba irremediablemente
que son la piel perdida. En el ínterin, escribe dos cuentos,
“2046” (cuyo título hace referencia a la habitación
de hotel donde se encontraban con Su Li Zhen) y “2047”
(que escribe para una amiga pero que, al poco tiempo, se da cuenta
que en realidad es para él mismo). Estos títulos se
ven a su vez duplicados por las habitaciones del hotelucho donde
se instala. Chow está varado en su propio relato, al que
reescribe compulsivamente, y del cual podrá salir únicamente
cuando entienda que no puede recuperarlo como una presencia presente.
“Days of Being Wild”, la pérdida
fundacional

Acá, Wong ensaya los conflictos que
habrá de desarrollar de forma más detallada en los
siguientes dos films. La búsqueda de Yuddy (Leslie Cheung)
por recuperar a su madre y a su amor perdido alguna vez, como forma
de restablecer un hipotético orden primigenio igualmente
extraviado (como la inocencia de Charles Foster Kane). Una burda
interpretación psicoanalítica conectaría esto
con los próximos dos films, haciendo del protagonista un
simple Edipo no resuelto que busca el amor de la madre ausente.
Si bien es probable aplicarlo a Yuddy, no es extensible a los personajes
que lo reemplazan. Y no sólo eso, sino que incluso el propio
protagonista de “Days of Being Wild” en realidad experimenta
lo que suelen sufrir todos los personajes de Wong: están
atrapados en una historia que sienten como inconclusa y que no les
permite avanzar. Por eso Yuddy es el personaje espejo de Chow en
“2046”. Siendo “Days…” un gran flashback,
el relato ya ha acabado antes de comenzado el film. Yuddy ya está
muerto antes de empezar. No poder salir del círculo vicioso
es, simbólicamente, dejar de vivir. El joven gangster está,
detrás de su conducta arrogante y violenta, dirigiéndose
hacia su final. Detrás de toda su agresión física,
lo que hay es una gran impotencia, la de no poder continuarse. Todos
los demás personajes también son afectados por el
contacto con el otro, pero cambian, se mueven, accionan, recuerdan,
olvidan; él no, Yuddy es siempre el mismo, igual. Toda su
vida es un esperar el momento de completar el dibujo, de agregar
a su madre biológica (¿por qué lo abandonó?
Jamás lo sabemos, porque ella no tiene voz, es sólo
un fantasma). Cuando eso se disuelve, no queda nada, porque no hay
Yuddy sin la búsqueda, y es incapaz de construirse otro relato
diferente. Chow descubre, en “2046”, que es este el
riesgo que corre y por eso decide clausurar su relato (clausura
que es, en realidad, el final abierto que es vivir).
La primera secuencia, donde Yuddy visita dos
veces a Su Li Zhen a la misma hora y la seduce, nos es mostrada
como un presente y finaliza con el personaje de Su Li Zhen (Maggie
Cheung) diciendo que “a partir de ese momento” se vieron
todos los días un minuto(1), y después una hora y
así, y que ella siempre lo recordó, aunque no tiene
la certeza de que él lo haya hecho. Pasado, presente y futuro,
por un lado, se atraviesan. Por otro, si bien el protagonista es
Yuddy, el recuerdo pertenece a Su Li Zhen. El mismo recurso volverá
a ser utilizado, con lo cual el film quedaría permanentemente
oscilando entre un falso presente de focalización interna
variable, donde pareciéramos estar viendo a través
de los ojos de un personaje, que espera ser actualizado eventualmente
por la voz narradora identificable, que siempre es de otro (salvo
para el caso de Lulu – Carina Lau -, que no aparece como narradora).
“Days…” parece funcionar como una sola línea
narrativa, cuando en realidad es una conformada a partir de fragmentos.
El relato único, el de Yuddy, se vuelve imposible, porque
él mismo es una memoria para los demás; él,
como esencia “verdadera”, es irrecuperable, como su
propia historia fallida, la cual no puede evitar perseguir de forma
autodestructiva.
Este coro de narradores y laberínticos
tiempos que retroceden y avanzan aparecen, otra vez, en la primera
secuencia, Wong introduce un insert de un travelling por un frondoso
paisaje selvático; en el momento lo tomamos por un sueño
de Su Li Zhen (que un plano siguiente nos muestra durmiendo), pero
es en realidad un plano extraído del tiempo. Cuando ese travelling
reaparezca en el viaje final en tren, todo el film, en sí
mismo, habrá de convertirse en un gran pasado envuelto como
una muñeca rusa por las diversas voces que lo conforman.
El
tiempo aparece tematizado también desde la continua aparición
de relojes, la relación con la hora (3) y el slit staging
(planos donde tanto la posición de la cámara como
diferentes objetos dentro del cuadro, producen un reencuadre interno
que fragmenta, troza, la imagen), que apunta permanentemente a una
realidad incompleta (que habrá de reformular Chow de forma
más explícita al final de “In the mood for love”).
Lo pasado no vuelve en la forma de una visualización limpia,
sino deformada por la subjetividad. Cada personaje se encuentra
conflictuado con lo que pierde, con lo que jamás podrá
ser ni lo que podrá recuperar; pero todos coinciden en la
necesidad de y la preocupación por ser recordados. Ser olvidados
implica quedar fuera del relato, como si necesitaran el recuerdo
del otro para corroborar su propia existencia.
Sin
embargo, es la posibilidad de sublimar esa angustia por el olvido
en la forma de la narración (lo que ya ocurrió, lo
que ya no es “ahora”) lo que les permite construir hacia
delante. Es la imposibilidad de concretar eso lo que termina matando
a Yuddy. Por eso los otros personajes pueden seguir viviendo al
final del film y él no, porque él “ya ha ocurrido”.
“In the mood for love”, el momento
equivocado y los dobles

En “In the mood for love”, comienzan
a proliferar los carteles tipo intertítulo (elemento literario
que remite a la calidad de escritor del protagonista). El film comienza
con un texto poético en el cual una mujer da la señal
a un hombre para que él la seduzca, pero él no se
acerca. Ella se va. El momento se fue. Wong persiste en su obsesión
con las fechas y el tiempo que pasa. En este caso, se refuerza todo
lo referente a la oportunidad perdida, que habrá de ser replanteado,
a su vez, por el propio Chow en “2046” (“llegar
demasiado temprano, demasiado tarde”). Hacia el final del
film, un último cartel habla en nombre de Chow: él
recuerda esos años pasados como a través de un vidrio
oscuro, como algo borroso e indistinto (recordar los slits); el
pasado era algo que podía ver (imágenes-recuerdo),
pero no tocar (el recuerdo, en ese fracaso, aparece como tiempo,
inasible). Con este sencillo y poético texto, el film entero
se vuelve memoria. Al relato cerrado y suturado del cine clásico,
el film de Wong le opone la humanidad de la memoria y la ambigüedad
e incertidumbre de la misma.
La desesperación de los personajes
es esta cuestión de que el tiempo no vuelve. Otra vez se
multiplican los relojes y los encuadres trizados, de manera aun
más enfática que en “Days…”. El
marido y la esposa de Chow y Su Li Zhen aparecen de espaldas o en
ángulos imposibles – siendo las figuras “legales”
del amor son los que quedan fuera del recuerdo nítido, mientras
que todos los detalles son para los amantes imposibles, a lo que
Wong suma unos sutiles ralentis cuando estos últimos se cruzan
en el espacio. ¿Son los momentos desaprovechados? ¿Son
aquellos preciosos momentos rescatados por la memoria? El ralenti
y la música los resaltan; son los momentos dentro de ese
pasado en que el tiempo parece querer detenerse, corregirse, pero
que es irreversible. Cada oportunidad aparentemente predestinada
a la unión se va desvaneciendo hasta convertirse en desencuentro.
Simultáneamente,
Wong introduce el tema de los dobles. Los esposos no tienen rostro,
y son construidos sólo a través del contar auditivo
y visual de Chow y Su Li Zhen. Estos dos, en su intento por comprender
cómo aquellos han llegado al engaño, terminan por
replicarse. La persona correcta, en el momento equivocado, demasiado
tarde y demasiado temprano, todo en un mismo lugar de tiempo. El
film es la representación que está en el lugar del
pasado ocurrido (de ahí también la proliferación
de espejos). Dentro del film, a su vez, representan (ponen en escena
para ellos mismos) el amorío ausente, el inicio traumático,
la historia que les es vedada. Lo curioso para Chow y Su Li Zhen
es que en ese re-presentar, traen para sí otro presente,
enlazan otro relato: el propio. Y ahí hacen crisis, porque
el juego implicaba buscar el drama para entenderlo, no para vivirlo.
Cuando esta posibilidad se les presenta, la chance de experimentar
su propio amor impensado, le huyen por no querer convertirse en
dobles de lo que los ha lastimado.
En “In the mood for love”, Wong
ya introduce el juego de la escritura también de forma explícita
en la trama (anunciando el principal artilugio de “2046”).
Chow decide escribir una historia de artes marciales, para lo cual
convence a Su Li Zhen de que lo ayude. No es la historia en sí
que ponen en el papel, sino la acción de escribir una trama
juntos. Esto se volverá central en “2046”, en
donde el universo ficcional y el real se entrecruzan y se alimentan
mutuamente, resignificándose.
Lo
triste para los dos protagonistas es el haberse hallado, haber estado
tan cerca, y no haber, sin embargo, podido estar en el mismo lugar
al mismo tiempo. El desencuentro final, donde Chow decide irse de
Hong Kong y le pide a Su Li Zhen que se vaya con él, cuando
ella primero dice que no y ensayan (de nuevo, representar para que
ocupe el lugar de lo otro, de la vivencia) la despedida, cuando
ella eventualmente cambia de opinión pero llega tarde y él
ya se ha ido… el final, cuando la vemos entrar al cuarto 2046,
donde compartieran una especie de tiempo alterno (el tiempo de la
representación y de la felicidad), es, sin embargo, meramente
una hipótesis, otra ficción. ¿Por qué?
Porque todo el film, en definitiva, está narrado por Chow,
es su voz la que rememora y llena los huecos. Es su necesidad de
otorgar sentido a algo que de otra manera sería demasiado
angustiante… angustia por incertidumbre (el no saber si Su
Li Zhen realmente estuvo enamorada) que, sin embargo, lo persigue
hasta transformarlo en el personaje que nos recibe en “2046”.
Hacia el final, también, hay un insert
de un noticiero de la época, donde el general De Gaulle visita
Camboya. Después de la historia de amor, es chocante encontrarse
con eso. Está dando un peculiar y fuerte anclaje histórico
a una puesta que permanentemente instaló a sus personajes
como en un universo propio (de espacios intercambiables, sobre todo
en la calle). Eso también apunta al tiempo y a la memoria…
lo curioso es que, frente a esa historia Macro, gran memoria, Wong
elige que su personaje sufra y recuerde principalmente a su amor.
El noticiero da la idea, en imágenes, de un tiempo Grande,
digno de ser remarcado, aunque tan pasajero como el amor de dos
personas porque, inmediatamente, cambia por la imagen de un monje
apoyado tranquilamente sobre los escalones de un templo.
El final, ya sin la voz over de Chow, cuando
él va a sepultar su secreto en un agujero de un edificio
de un templo camboyano, es un travelling melancólico del
templo, del edificio y la naturaleza, las únicas que parecen
atravesar el tiempo que, en el caso de Chow, sólo el recuerdo
en imágenes puede recuperar. Tiempo… la tensión
y la desesperación por asirlo, por un lado, la paz del despojo
y la permanencia, por otro.
Lo curioso, en todo caso, es que, probablemente,
de haber concretado la historia amorosa, no existiría el
recuerdo nostálgico, guardado como un frágil cristal
y, por ende, no existiría el film. Porque la historia de
Wong se apoya exclusivamente sobre la elusividad del amor, su característica
inasible y efímera. Y esta, a su vez, como expresión
de la angustia humana por el paso del tiempo y la mutabilidad de
las cosas.
“2046”, el círculo vicioso
del escritor

El film comienza, en realidad, antes de empezar.
Una imagen fantástica de aquel agujero del templo (imagen-sueño,
“movimiento de mundo” que habrá de ser ese “aparte”
del cuento de Chow) (2), aparece en un travelling de alejamiento;
la tipografía del título que sigue a continuación
remite a algún film de ciencia ficción (que era la
intención original) y, simultáneamente, al rótulo
de un archivero. Luego de los créditos iniciales, entramos
al mundo ficcional de 2046, un cuento de sci-fi escrito por Chow.
Una voz over en japonés relata y explica, mientras las imágenes
digitales y con iluminación peculiar transcurren. Mucho después
nos enteraremos, en realidad, que este primer relato en cuestión
es “2047” y no “2046”. El detalle no es
menor, porque “2047” es el relato con el cual el escritor
mismo(Chow) responde las preguntas que lo persiguieron durante años
y decide, finalmente, dejar su propio y real 2046.

El cuento “2046” original era
la búsqueda de un grupo de amantes renegados (ataviados y
maquillados con estilo entre punk y glam), por hallar la manera
de llegar a 2046, un lugar mítico donde el tiempo no avanza
y nada cambia, donde las memorias y nuestro pasado se almacenan,
donde van a parar los amores perdidos. Cómo es, nadie sabe,
porque nadie ha retornado para contarlo. El problema, como en todos
los films de Wong, es que 2046 es una utopía, y el 2046 real
es un lugar doble (otra vez la duplicidad, físico y espiritual),
donde Chow se haya encallado.
Es sutil la referencia a “Days…”.
El educado y tímido Chow de “In the mood…”
se ha transformado en un mujeriego seductor, como si fuera un personaje
de ficción inventado para sí mismo y actuado a diario
para los demás. El personaje de Bai Ling (Zhang Ziyi) pregunta
en dos ocasiones “¿Tratás a todas las mujeres
igual?” (a Chow) y “¿Siempre fue así?”
(a un amigo suyo). En ambos casos, las preguntas quedan sin respuestas
y aluden, silenciosamente, al pasado. La primera pregunta era la
que permanentemente recibía Yuddy de parte de sus mujeres
antes de ser abandonadas, quien moría por no poder desprenderse
de su pasado. La segunda apunta precisamente al conflicto originado
en “In the mood…”.
En el film anterior, ya Wong no utilizaba lentes angulares, con
lo cual las líneas de fuga terminaban “más acá”
y el horizonte no se expandía. En otras palabras, fotográficamente
(siempre de la mano de Chris Doyle), la imagen, hasta cierto punto,
se aplanaba, los personajes se mostraban como encerrados dentro
del encuadre. Eso también contrastaba con el travelling final,
amplio y abierto. Este efecto claustrofóbico se intesifica
en “2046”. En “In the mood…”, los
personajes mencionaban esto de ir a un árbol lejano, escarbar
y dejar en ese agujero un secreto, para luego taparlo con barro.
Es el desprendimiento del pasado, el ponerlo en lenguaje. De ahí
Chow en Camboya llevando a cabo el agridulce ritual de narrarse
en ese lugar. Pero, en “2046”, eso de dejar el secreto
guardado es, en realidad, simplemente para que nadie se entere…
es decir, no hay liberación, sino, incluso, el inicio de
un círculo vicioso. El árbol alejado, el agujero,
se transforman en “2046” en el propio film. El propio
relato cinematográfico es donde Chow se narra una y otra
vez, aunque cambien las caras y los nombres. El problema que descubrirá
el escritor es que puede contarse y entenderse desde la narrativización
(simple o compleja) del pasado, pero para encarar el presente y
el futuro sólo puede hacerlo fuera del relato (por ende,
fuera del film).
Chow se muda a un hotel modesto y vive su
vida entre el trabajo (que desaparece de la visual, a diferencia
de “In the mood…”, donde las oficinas oficiaban
de hogares alternos), los bares y el hotel. Los ambientes cerrados
se potencian. No existen los planos de referencia, como si la cámara
estuviera inmersa ella misma en un laberinto. Todos los caminos
conducen a que los personajes se encuentren o se choquen, salvo
por la terraza, el espacio donde parecieran ir a buscar sus sueños
e intentar ver más allá. El resto se asemeja al universo
de 2046 del cuento de Chow, poblado por corazones rotos y desesperanzados.
El otro polo de 2046 no es Bai Ling, sino Wang (Faye Wong), quien
condensa en sí misma a la dupla Chow-Su Li Zhen y su conflicto.

Wong limita en “2046” los slits,
conserva los espejos (muy presentes en “In the mood…”
y que parecieran aludir a una multiplicidad de sentidos: la representación,
la mirada devuelta, la duplicidad, el encuadre, etc.), y elimina
casi por completo los relojes. Es que acá, en realidad, el
tiempo no corre. Todas las navidades (el signo de puntuación
a nivel temporal del paso del tiempo, sólo marcado a partir
de intertítulos) son iguales y los encuentran igual (o peor).
En “2046”, el tiempo se ha estancado y toda acción,
en realidad, gira en vacío sobre sí misma (Chow se
acuesta con todas y no se compromete con ninguna, ellas deambulan
como fantasmas por el Hotel Orient – Hotel Orient que pareciera
remitir al Orient Express, otro tren mítico, como el que
se dirige a 2046 y no llega nunca). Los carteles marcan el tiempo,
que pasa por fuera, inexorablemente; el problema es que los personajes
parecen exiliados del tiempo, que necesitan reinsertarse en él
(y la única manera es accionar, lidiar con el dolor y accionar,
dejando de ser espectadores).
A diferencia de en los otros dos films, acá
Wong introduce el blanco y negro para unas escenas en un taxi. El
taxi juega, de esta manera, como imagen que refiere al film anterior.
En “In the mood…”, el taxi era el espacio donde
Chow y Su Li Zhen comenzaban a vivir momentos de intimidad. Confinados
a la cabina, próximos el uno al otro, en una dulce sucesión
de planos iniciaban el nimio contacto físico de una mano
sobre la otra, de los dedos de ella que, finalmente, aceptan cerrarse
sobre los de él (la piel que hace el amor). Memoria dolorosa
y pasada (sobre todo pasada – “ha ocurrido”),
Chow busca recuperarla en la repetición. Así será
con Bai Ling, repitiendo los encuadres primigenios del viaje en
taxi, buscando hallar lo perdido. Por eso también el blanco
y negro, porque es, desde un presente, la invocación fallida
de lo que no lo es.
Contrario a “In the mood…”,
y como falso reflejo de “Days of Being Wild”, “2046”
se multiplica en sus personajes. En la historia del amorío,
eran dos los protagonistas, mientras que el primer film había
una estructura coral con varios narradores. En “2046”
hay un solo protagonista que se multiplica a sí mismo en
las relaciones que entabla con las otras mujeres. Su voz es la única
línea directriz obsesiva; ya no son las otras voces que jamás
terminarán de completarlo, sino su propia voz buscando la
salida del encierro del pasado.
También es interesante el hecho de
introducir el cuento de ciencia ficción: la ciencia ficción
apunta a un futuro probable en base a conocimientos presentes. En
esa fantasía, Chow imagina un lugar donde el tiempo se detiene
y se puede vivir indefinidamente en el recuerdo escogido. De ahí
el misterioso conflicto del protagonista, que tanto se ha esforzado
por llegar a 2046, por volver de ahí, incluso si eso implica
lastimarse en el camino. Quiere volver, pero no termina de tener
del todo claro por qué ni cómo. Intuye que la respuesta
que busca no está en 2046, pero sólo puede acabar
su viaje (el que dura toda la película) en el momento en
que se da cuenta que su viaje ha terminado, ni antes, ni después
(como el amor, que sólo se concreta cuando aparece en el
momento justo para las dos personas).
Las substitutas

Chow ha devenido gigoló, o sea, cientos
de mujeres a sus pies, pero el relato se detiene sólo en
cuatro mujeres. La primera (que inicia y termina el film), es prácticamente
una réplica de Su Li Zhen, se parece tanto que hasta comparte
el mismo nombre. La segunda, una vieja amante venida a menos (Lulu,
traída de “Days of Being Wild”). La tercera (Bai
Ling), una joven sin historia que, efectivamente, se enamora de
él. La cuarta (Wang), una joven en medio de una historia
en apariencia imposible que “quizás en otro tiempo,
en otro lugar”. Chow fracasa con cada una de ellas por el
sólo hecho de que no es el momento… los diversos dobles
no pueden recuperar el pasado, y el dolor no se acaba con un substituto.
Por eso también todas las frases hechas de los films anteriores
vuelven una y otra vez.
Bai Ling es el cuerpo, la piel sin sublimar.
Es, también, la venganza. Ella quiere estar con él,
pero Chow la insulta pagándole por cada vez que tienen sexo.
Sabe el poder que tiene sobre la joven y lo aprovecha. Juega a ser
insensible, viendo, por una vez, el corazón de otro romperse.
Pero, ¿se está tomando revancha de Su Li Zhen? ¿o
este duro gigoló deposita al débil y enamorado Chow
en el envase de Bai Ling para humillarlo?
Wang es la hija del dueño del hotel,
enamorada de un joven japonés. El viejo no quiere tener nada
que ver con japoneses, con lo cual se interpone permanentemente
entre los dos amantes. Lo que fascina a Chow es que, pese a los
desfasajes (no hablan el mismo idioma, no están en un mismo
lugar físico más que por breves instantes), su relación
persiste e insiste. Cuando todo parece terminado, Wang y Chow se
acercan e incluso comienzan a escribir juntos. Esto último
replica la relación que tuviera con Su Li Zhen. Al comenzar
a trabajar sobre un cuento para Wang, ubicando a su novio japonés
como protagonista con la intención de narrar una historia
de amor, se da cuenta al poco tiempo que en realidad él es
el protagonista, enmascarado tras el joven nipón. Ese descubrimiento
lo lleva a ayudar a Wang para concretar su amor. El “dejar
ir” al doble, en lugar de abandonarla, lo que comienza a reconciliarlo
con su persona. La chica deja de ser un doble, una substituta, y,
por eso, también queda fuera del relato, fuera de 2046 (cuando
se casa, es el padre quien lo comunica).

Es al transcribirlas a todas en el cuento
que Chow entiende que no escribe sobre ellas, sino sobre sí
mismo (¿quién soy? ¿dónde quiero ir?,
ella, ¿me amó realmente? ¿quién era?),
que es él mismo escindido y explicado desde todos los personajes
al mismo tiempo. No es casualidad que, cuando Wang se lo pida porque
le parece muy triste, Chow no pueda reescribir el final de “2047”
hasta que no clausura su propio ciclo. Este corte que necesita producir
es, necesariamente, el final del relato… es el momento en
que Chow se corre de la ficción y decide accionar. Casualmente,
el escape es con otro plano del taxi, pero esta vez, finalmente,
Chow viaja sólo, no huye sino que viaja, hacia algún
lugar desconocido (ya no el pasado, sino el futuro).
Memoria
El efecto de memoria fragmentada está
acentuado por las bruscas elipsis o los cambios de tiempo avisados
retroactivamente (sobre todo en “2046”, donde se pasa,
por ejemplo, de abril de un año al año siguiente,
sin aviso, para luego insertar un flashback recuperando la cronología
perdida), así como no siempre respeta el raccord o la continuidad
de las imágenes (cuando se espera un contracampo, puede seguirle,
en realidad, otra imagen). La cronología responde al capricho
de la memoria, que no funciona de forma lineal, sino transversal.
Continuando esto, en todos los films, el encuadre
resultante de los slits trabaja sobre el desbalance, expresión
de la propia falta de estabilidad de sus personajes.
El cuento “2047” aparece una y
otra vez, en “2046”, insertado como un elemento transicional
o de racconto, pero también como una suerte de imagen-sueño,
un lugar donde el personaje, que ya de por sí está
relatando en forma de recuerdo, se permite reflexionar desde la
metáfora sobre su pasado volviéndolo un presente eterno
(el del lugar 2046).
El film hace del pasado un presente, el que
vive el espectador, como la lectura para el lector. Lo mismo ocurre
con la acción de narrar. Mientras uno narra, el pasado se
vuelve presente en la voz. Los personajes de Wong tienen el conflicto
de confundir ambos tiempos. Mientras narran, sienten que recuperan
el pasado. Pero confunden “darle vida” con “vivir
en”. La memoria da cuenta de nuestras vidas, es nuestro registro
personal. Los personajes de Wong sufren cuando piensan en que pueden
haber sido olvidados, o que las cosas pueden no haber sido como
ellos interpretaron. Porque recordar no es como proyectar un documental
(como sí son las imágenes de De Gaulle en “In
the mood…” o las imágenes de las revueltas en
Singapur en “2046”), sino que es un reencuadre y un
montaje permanente de nuestro paso por el mundo y nuestra relación
con los demás. El amor, algo que necesita ser experimentado
de a dos, cuando se termina, o parece terminarse, cruza al otro
lado del vidrio traslucido y algo sucio de la memoria. Algo que
se hace cuerpo, como el cuerpo del otro en el amor, de golpe ya
no está, y eso se vuelve inexplicable; ¿qué
pasó? ¿lo estuvo alguna vez? ¿es recuperable?
¿cómo construyo ahora mi cuerpo al que pareciera faltarle
un pedazo? ¿habré de olvidarme de su rostro y ella
del mío? ¿él me recuerda? ¿ella me recuerda?.
El problema con estas preguntas es que no tienen respuesta, sólo
posibles lecturas (lecturas transformadas acá en relatos).
La misma imaginación que permite esta vivencia intensa del
recuerdo se estanca y muere si no consigue seguir adelante. El relato
que vive dentro de la película es pasado, es un “ya
ocurrió” irrecuperable. Lo que no todos los personajes
entienden (Yuddy, Lulu) es que seguir adelante no es olvidar o matar
el pasado, sino simplemente (lo que es tan difícil de aceptar)
comprender que recordar remite al pasado con uno como “recordador”
ubicado en presente. Es precisamente el momento en que el fracaso
por resucitar el pasado “ocurrido” es total, que el
tiempo aparece como vivencia y que Chow puede separarse de sus dobles
y sus fantasmas.
Paradójicamente, es a través
de la vivencia del presente como acción y del pasado como
relato que el pasado permanece vivo y el presente no muere angustiado.
(1) Yuddy le muestra un reloj a Su Li Zheng,
deja correr un giro completo, para luego decirle “16 de Abril.
Faltando un minuto para las 3pm del 16 de abril de 1960, estás
aquí conmigo. Por vos, voy a recordar este minuto. Desde
ahora en adelante, somos amigos de un minuto. Es un hecho. No lo
podés negar. Ya ha ocurrido”
(2) “El mundo se hace cargo del movimiento que el sujeto ya
no puede o no es capaz de realizar. Es un movimiento virtual pero
que se actualiza al precio de una expansión del espacio entero
y de un estiramiento del tiempo”, Gilles Deleuze, La imagen-tiempo,
Barcelona: Paidós, 1989
Bibliografía:
Deleuze, Gilles, “La imagen-tiempo”,
Paidós, Barcelona,1989
Ricoeur, Paul “Tiempo y narración”. Siglo XXI.
México, 1995
www.imaginacionatrapada.com.ar
8/6/2007 |